De cocinero, salonero y forrajero a encargado del Escuadrón Escolta Presidencial en los tiempos de Velasco Ibarra, vivió 30 años dedicados al
servicio militar.
Las paredes de su casa son la prueba de un viaje temporal. Allí consta aquella fotografía en la que Víctor está detrás, a un costado, de un hombre delgado y alto, de mirada dura y directa, que parece interpelar a la cámara. El hombre es José María Velasco Ibarra y Víctor Álvarez está más joven y con un discreto bigote que le da un aire a Pedro Infante. Es una de las tantas imágenes que mezclan el blanco y negro con el color, así como con el tono amarillo que todo recuerdo debe tener.
De esta manera deja en claro su paso por Carondelet, cuando como suboficial se convirtió en el encargado del Escuadrón Escolta Presidencial por cuatro años, y refleja su pasión, su sentido de responsabilidad con el cargo... "Uno debía estar muy, muy atento a lo que pasaba con la tropa, con la disciplina del personal y con las alteraciones políticas del momento”.
Así, entre guardias rotativas, entre visitas a los distintos almacenes que había en Carondelet, entre tomar la lista de los soldados presentes y las vueltas que debía hacer para revisar que todo estuviera pasando acorde a lo planeado, Víctor vivió cuatro años (1968 – 1972) en los que la turbación de la época produjo un momento decisivo: La salida de Velasco Ibarra del poder, debido al golpe de Estado del general Rodríguez Lara. Dos meses más tarde, Víctor se retiraría de la vida militar, aunque no del todo. Y si bien estuvo en el instante de la transición, su memoria no le juega una buena pasada: "Con honor de soldado le puedo decir que no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que todo se volvió más frío para los que estábamos en la Escolta. Fue muy triste y se lo extrañaba mucho al Doctor".
"Uno debía estar muy atento a lo que pasaba con la tropa y con las alteraciones políticas del momento”
30 años atrás el camino se abría de otra manera. Era 1941 y en pleno conflicto con Perú, Víctor decidió viajar al sur, con 16 años, e integrarse a las fuerzas del Ejército. La sangre marcial cruzaba por él: el padre, que falleció cuando Víctor era un niño de 4 años, había sido sargento y esa era una realidad frente a la que no podía mostrarse ajeno. Tampoco pudo negar el llamado de defensa por el territorio y se lanzó a la aventura. Una paradoja le permite iniciar una carrera militar: Llega un poco tarde para su objetivo, pues el problema con Perú, cuando pone un pie en un cuartel, se había terminado. Pero estando ahí no tuvo problema en mantener la vida que había buscado en la unidad de Caballería del Ejército (en una de las paredes descansa la imagen en que Víctor, con su traje de gala y sobre un caballo, está cerrando un desfile en Quito).
Pasando la mayor parte del tiempo en destacamentos de Loja, empezó como soldado y se dedicó a ser cocinero ("En ese tiempo éramos 3, que debíamos cocinar para 400 hombres", confiesa), salonero y hasta era uno de los forrajeros (encargado de los caballos, de su alimentación como su limpieza). Lo hizo por algunos meses hasta que no pudo más. "Le dije al Mayor, con todo respeto, que lo que había ido a hacer era a recibir instrucción y le pedí que me sacara de la cocina. Pero lo que sí le quedó inoculado, como afecto sensible, fue la música marcial: durante años enseñó trompeta, incluso, hasta después de salir de la vida militar. La trompeta y los sonidos marciales permanecen en su casa como objetos de la memoria.
El paso del tiempo marca una serie de desplazamientos, de funciones, de encargos. El rango, en plena carrera militar, sube, sube, y como sargento se relaciona con los jóvenes conscriptos. Llega, por primera vez, a Carondelet, en 1958, durante la Presidencia de Camilo Ponce. Cursos y pruebas para subir de rango y la vida militar prosiguieron hasta llegar con su última asignación, como el segundo mando de la Escolta Presidencial. Y así entró a la dinámica de comprender y valorizar su labor en una cadena de defensa.
El cariño por Velasco Ibarra no sólo es discursivo, es un hecho. Muestra una de las fotos y se ve la portada de una revista, de abril de 1979, y el cuerpo del ‘Doctor’, como le dice, descansa dentro de un ataúd. Dos mujeres indígenas se ven dolidas. Habla con cariño de él -no le importa la parte controvertida de la figura pública, él conoció su trasfondo humano- y hasta parece que a momentos se le quiebra la voz: "Él bajaba y se acercaba a preguntarnos si estábamos bien o si necesitábamos algo. Le pedí algunas veces mejoras en el rancho y en los sueldos y siempre nos ayudó…", confiesa con ligera nostalgia. Dos meses después del golpe, Víctor salió del Ejército y recibió de Rodríguez Lara una placa por su trabajo. No sólo que la aceptó, sino que la muestra con orgullo. Era un reconocimiento a los años de servicio, legítima, viniera de donde viniera... pero hubiera preferido, en el recuerdo, la imagen de Velasco. Pero los recuerdos son los que son, y de nada se arrepiente. Los ve avanzando, uno tras otro, al son de la trompeta marcial.