Cuando más le afectó el mal de Parkinson, cuando la depresión se volvió una aflicción espesa, abrió un taller de costura, desde donde sigue creando y soñando.
Cuando canta pasillos y boleros, uno piensa que pudo ser un referente de la música nacional... Aunque, doña Marthita dice: “no crea… mi verdadero sueño fue graduarme de secretaria. Y mi talento fue bailar…”. Hace unas cuatro décadas, su familia no pudo comprarle una máquina de escribir y por eso no ingresó al colegio Gran Colombia. El dinero solo alcanzó para un curso de corte y confección, que más tarde se convirtió en la profesión de su vida. Martha Toledo hoy diseña ropa de trabajo, en su reconocida microempresa del barrio La Floresta. Es capaz de copiar a la perfección un modelo europeo. Y, a pesar de que enfrenta una enfermedad progresiva y degenerativa como el mal de Parkinson, su talento para crear permanece intacto.Tiene el cabello corto, manos delicadas y la tierna mirada de una madre. Tiene tres hijos varones y cuatro nietos, que son, por decir lo menos, el estímulo de todos esos días largos de trabajo.
Hace algunas décadas se casó con su esposo Fabián. Antes, trabajó en algunas fábricas de alta costura. Cuando supo que estaba embarazada de su primer hijo, renunció a los empleos fuera de su hogar. Quería ser madre de tiempo completo y desarrollar su profesión en los ratos libres. “Lo bueno de la costura es que me permitió trabajar en mi casa y a la vez criar a mis hijos. Siempre los acompañé en sus tareas, en sus juegos. Y nunca fui dependiente del sueldo de mi marido…”. Vivió en su Tola querida del centro de Quito y ahí arreglaba algunos vestidos y creaba otros, hasta que su marido llegó con la propuesta de unas empresarias colombianas, que necesitaban unos 30 uniformes de empleadas domésticas.
“Me dije a mí misma que no quería deprimirme. Quería hacer algo especial hasta el último día de mi vida…”
- ¿Puedes confeccionarlos?, le preguntaron, y Martha respondió “claro que sí”.
Desde ahí imitó modelos. También cumplió con pedidos de señoras que gustaban de vestidos similares a los que vieron en revistas o detrás de grandes vitrinas de París o Roma. Colaboró siempre con su hogar. A sus hijos no les faltó nada. Y en medio de esa tranquilidad “llegó a mi vida una enfermedad horrorosa, me deprimí mucho. Tenía vergüenza cuando los niños preguntaban: ¿Por qué se mueve tanto?”. Solo con el tiempo he dejado todo eso y alguna fuerza me impulsa a seguir adelante…”. No podía evitar que su cuerpo pierda el control y desate una serie de movimientos bruscos. Pasaba el tiempo y la situación siempre empeoraba. Ya no podía comer o tomar agua sin que alguien la ayudara. Y a pesar de que el mal de Parkinson avanzaba indestructible en su mente y en todas sus extremidades, Martha decidió abrir un local de costura. “Mis dos hijos ya eran adultos y el tercero me apoyaba en mis decisiones. Me dije a mí misma que no quería deprimirme. Quería hacer algo especial hasta el último día de mi vida…”. Abrió su pequeña empresa, hace tres años, bajo el nombre de Doña Martha. Ahora dirige a otras dos costureras. Ha diseñado varios uniformes de un estilo sobrio y cuidados estéticamente al máximo, para empleadas domésticas, cocineros, meseros.... En este tiempo no acumuló muchas ganancias, solo lo necesario para su hogar y costear el arriendo. “Eso sí, vi que con mi trabajo la enfermedad es más tolerable…”. La televisión nacional consideró a su vida como ejemplo de superación. Y desde ahí algunas personas visitan su local y al menos compran un pequeño mantel para conocerle y charlar unos minutos con ella. Una anciana le confesó que la estimuló a volver a salir a la calle, llamaron a su casa a preguntarle cuál era su secreto… Escuchó muchas historias de ese tipo y trató de estimular a la gente que decía tener problemas graves.
Todo eso, hasta que una mujer –que también sufría del mal de Parkinson- la citó en un centro comercial y ella acudió, pero “cuando nos vimos, enseguida nos abrazamos y lloramos mucho. Me di cuenta de que las dos terminamos en una depresión aún más dolorosa… no puedo ser una sicóloga ni un referente.
Apenas puedo decir que voy a luchar con todas las fuerzas...”. Marthita quiere seguir creando. Ver a su hijo Byron graduarse del colegio. No tiene envidias ni rencores, solamente le pide a la vida bailar una vez más.