Tomada de la edición impresa del 20 de enero del 2010

FOTO: JOSÉ MORÁN / El Telégrafo

Alfredo Robalino.

Alfredo Robalino: La minúscula tropa

Datos

Nació en el barrio del Salado un 2 de junio de 1949. “Era el tiempo guayaquileño de las galladas que se reunían para pelotear; para el índor que nos gustaba a todos, pero había una gran diferencia con los tiempos actuales: nos convocaba un anhelo por jugar, descubrir cosas sanamente”.

La bicicleta era uno de los caprichos   para todos los amigos. Ese caballito metálico se convirtió en compañero leal e infatigable para los muchachos de la época. Los llevaba donde querían sin más esfuerzo que pedalear. Más tarde, llegó el momento, inevitable, desde luego, de fijarse en las chicas.

Sus padres fueron Eudoro Robalino (+) y Carmela Patiño (+). Estudió en el San José, de los Hermanos Cristianos. En sus aulas pasó uno de los mejores segmentos de su existencia, desde la preparatoria hasta que se graduó de bachiller. “Junto a mi familia, me formaron su disciplina y sus valores”.

“La formación en medicina de nuestros profesionales está a la par con la  que se puede hallar en otros países como México; quiero decir en tratamiento de patologías, pero debemos trabajar en cuanto a las maestrías y posgrados”. Añade que la investigación debe tener, siempre, prioridad.

Está casado con Marta Guevara Martínez y tiene tres hijos: Alfredo, Javier y Ricardo, todos profesionales. “Mi esposa ha tenido una paciencia de santa, porque hay que tenerla mucha para ser la compañera de un médico”. La familia es insustituible, afirma y llena de pasión cada palabra.

La medicina, como sinónimo de excelencia y solidaridad, siempre estuvo entre sus sienes. Fue un excelente alumno, profesor, becario y pediatra.

 
“Vaya suerte la mía”, dijo para sus adentros el “recién” médico, su instrumental a un costado y ajustando una enorme luminaria hasta enfocar la zona a intervenir. Tragó saliva, y le invadió la garganta el sabor de un sorbo de arena seca. Comenzaban los setenta. Se trataba de la primera paciente de su carrera. La apendicitis, devenida en peritonitis, amenazaba con llevarse a la niña que había venido desde Chone y que le fue encargada por su colega, el doctor Luis Sarrazín. Tenía apenas cinco días de haber regresado a su país y guardaba la esperanza de que los casos difíciles tardaran en llegar cuando, de repente, se hallaba de bruces ante aquella emergencia. “Me temblaban las canillas, pero con el máximo cuidado resolvimos la situación y hoy esa pequeña es ya toda una señorita”, sonríe, y al hacerlo, unos minúsculos surcos le van invadiendo el iluminado rostro.    

Siempre tuvo, entre sien y sien, la certeza de lo que estudiaría tras el colegio. A quienes le preguntaban, les respondía que seguiría medicina, y que se dedicaría a la pediatría, que de seguro haría un posgrado en México. Y tal cual  lo planificado, sus sueños se fueron cumpliendo uno a uno: cuando se graduó, siguió medicina en la Universidad Católica. Se embutió un mandil desde el primer día de sus estudios universitarios.

Destacó por sus calificaciones y, cuando cursaba sus primeros años, fue profesor de biología en el colegio San José, donde se graduó y, luego, ayudante de cátedra en la universidad. Obtuvo una beca que cubría casi en su totalidad la pensión de sus estudios. Asimismo, cuando renunció el doctor José Ignacio Gómez Lince, ocupó su puesto... “Primero fui profesor visitante y luego principal; experimentar la docencia te posibilita compartir conocimientos y preparar a los jóvenes para hablar el mismo idioma con ellos”. Cree que no hay que marcar divisiones entre los que “se creen genios” y los demás. Que todos salen ganando cuando el maestro se vuelca por completo. “De esa forma, tendremos cada vez más gente preparada. Además, te obligas a investigar lo último en tu rama y estás en contacto permanente con una fuerza desafiante: la de la juventud”.

“Siempre me gustaron los niños y esta es una manera de garantizar, con mano propia, que van a estar bien”


A siete años de la carrera, sumó los de especialización en el Hospital Infantil de México y en el Hospital de Pediatría del Instituto Mexicano de Seguridad Social. Hizo dos años de clínica e inmunología, y pensaba seguir infectología infantil en la Escuela Politécnica de México, pero recibió la noticia del fallecimiento de su padre. Ni siquiera quiso imaginar que le pudiera ocurrir lo mismo con su madre, así que cortó sus planes y a la primera oportunidad que se le presentó, tomó un avión que lo condujo a Guayaquil.

Ya instalado, se ha hecho cargo de las asignaturas de bacteriología práctica y es jefe del departamento  de pediatría en el hospital clínica Kennedy. Además, elabora cada año una lista de los congresos más importantes en pediatría para acudir a ellos. Ha estado en México, Estados Unidos, y prepara maletas para el encuentro mundial en Sudáfrica (no el de fútbol, claro, ese quizás ni lo apasione tanto). “Obviamente, no puedes asistir a todos, y resignarse al lucro cesante, pues cuando estás allá no ganas porque no recibes pacientes; somos como los taxistas”, nuevamente los surcos expresivos se apoderan de su rostro.

“¿Que por qué la pediatría?, siempre me gustaron los niños y esta es una manera de garantizar, con mano propia, que van a estar bien”, gesticula, ambos brazos extendidos.

“Casi nada me llama la atención, porque cuando estuve en México, la ciudad tenía dieciséis millones de habitantes, y casos que te dan un gran background”, reflexiona y guarda la esperanza de que las instalaciones  hospitalarias del país también lleguen a ser de gran nivel, como allá.

En su consultorio, las paredes saludan al visitante con sonrientes personajes de caricaturas. Afuera,  una bulliciosa multitud de niños, con sus juegos y cabriolas, aguarda su turno.

“Vaya suerte la mía”, se repite, empuñando un estetoscopio decorado con un muñeco que cuelga de su cuello; pero enseguida se regodea con su pasión, su razón de ser: la idea de mantener saludable a esa minúscula tropa.
Luis Carlos Mussó
cmusso@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

Otros