Hijo de una compositora, defiende a ultranza la música nacional, pero en especial al pasillo, del que, asegura, no solamente es música para viejos...
Su niñez transcurrió, como la de todo chico que tiene a sus espaldas los atardeceres suburbanos, en medio de juegos a los trompos, indorfútbol, bolillas chocando furiosas entre sí y unas cometas que, en su intento por cruzar el Estero Salado, terminaban su vuelo entre el cableado público cual mariposas desmedidas.
Hoy, la imagen de caballero de fina estampa, responsable del rescate de uno de los géneros tutelares de la música nacional -a través de muchísimas actividades y el apuntalamiento de un festival internacional convertido ya en tradición-, no refleja las vivencias del tiempo ido; apenas una tenue nostalgia se filtra en sus palabras, dotadas de una delicadeza acorde con las antigüedades que rigen el ambiente de su casa... relojes de bronce, jarrones, prendedores y una foto de alguien que marcó su vida para siempre: su madre, Blanca Ron.
"Mi infancia fue lo más lindo de mi vida, matizada por la presencia fundamental del ser más bueno, generoso y solidario que he conocido, mi madre", dice, mientras precisa que, gracias a ella, a su talento musical, a su dominio de la lírica, emprendió una larga batalla contra el olvido y el discrimen al pasillo.
Asegura que mucho antes de que su madre musicalizara el poema “Encuentros”, durante un contacto íntimo con las pertenencias del poeta Medardo Ángel Silva en el Museo Municipal -donde trabajaba-, él ya había llegado a la conclusión de que su destino sería el mismo de ahora. Claro, su padre gustaba del tango y su madre se había ganado un nombre a la altura de Máxima Mejía, Olimpo Cárdenas y Carmen Rivas, todos salidos de la recordada Corte Suprema del Arte, de radio CRE.
"Mientras hacía las cosas de la casa, ella cantaba sus pasillos. Mi padre, presa de los prejuicios de la época, la había alejado de los escenarios, pero ella siempre creaba, escribía poesía y cantaba".
Haciendo acopio de ese saber de todos los días, su juventud resultó, aunque no del todo, inmune a la influencia pegajosa de los Bee Gees y del cuartero Abba, grupos insignia de la música disco de los 70. Dice que sí, que los bailó y cantó, como todo joven de la época, pero que, a la hora de la elección vital, un Julio Jaramillo del cual tiene la única colección de vídeos cantando muy joven en el exterior, inclinó la balanza de forma irreversible.
"Los alumnos que estudian para concertistas no tienen, en su pénsum, la música nacional como materia. Imagínese..."
Fue entonces cuando decidió, en 1998, rendirle homenaje a ese otro pensamiento triste que se canta: el pasillo. Se propuso crear La Noche de Gala del Pasillo, reeditada varias veces. Para ello debió trabajar, durante seis meses, de 4 y media de la mañana hasta las 11 de la noche, empeñar algunos de sus electrodomésticos y hasta recibir el desprecio de algunas empresas.
"Recuerdo que la gerente de Mercadeo de la tarjeta Diners me dijo que ellos apoyaban cualquier evento artístico, pero que el pasillo, simplemente, no se ajustaba a sus expectativas económicas y que no estaban dispuestos a correr riesgos".
Hacía 10 años que su madre había muerto en un accidente de tránsito, a solo 4 cuadras de su casa, y su recuerdo inmarcesible daba pábulo, día a día, a sus deseos de reivindicar la música aquella que, muchas veces, la escuchó cantar.
Pese a las dificultades, esa noche inaugural, logró reunir a lo mejor del pentagrama nacional, entre ellos, Lucas Montecel, Los Hermanos Miño Naranjo, Fresia Saavedra, entre otros de igual valía. La gente, incluso, parecía querer echar abajo las puertas del Teatro Centro de Arte solo para escuchar, de cuerpo presente, cómo sabe la nostalgia después de haber cumplido los 50.
El espectáculo tuvo que ser repetido y él, debido al estrés acumulado, se ganó una parálisis facial. Sin embargo, había cumplido. Con él y con el pasado, ese pasado que se intensifica cuando revisa, entre sus cosas, una partitura original, de más de 70 años, del célebre compositor Carlos Silva Pareja; cuando recuerda su gestión decisiva para que Maruja Mendoza cobre su pensión y cuando evoca, algo exaltado, que “la gente cree que Medardo Ángel Silva nunca escuchó cantar su poema El alma en los labios. No es así, él sí la oyó de boca de Nicasio Safadi y del popular “Diablo Ocioso”, Luis Valdivieso, quien fue el primero en ponerle música, antes de Pancho Paredes”.
Marcos habla con un conocimiento no exento de vanidad porque sabe que, en su historia, contrariando al viejo pasillo, todo lo que quiso él, no ha tenido que dejarlo lejos...