Tomada de la edición impresa del 18 de enero del 2010

FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

Heriberto Navarrete

Heriberto Navarrete: Pese al muro del dolor

Datos

Heriberto Lino Navarrete Espín nació en 1965, en Guayaquil, pero como su padre era maquinista del ferrocarril vivió sus primeros años en Bucay. Estudió en el colegio Antonio Elizalde, luego en el Vicente Rocafuerte, hasta el accidente; y en la Espol  se graduó como analista de sistemas.

En el río Chimbo, antes del accidente, dos veces se salvó ”de milagro”. La boya en que iba se desinfló en medio de ‘tumbos’ y rocas, lo atrapó un remolino, lo sacudió con mucha fuerza, y cuando ya veía pasar su vida como una película, el mismo remolino lo dejó más allá, a salvo.

Es reiterativo en su afán de servicio a las personas con algún tipo de discapacidad. En su fundación primero les capacita por seis meses en el manejo de Internet e informática. Él sabe que son excluidas por su condición física y ve al Internet como un liberador, además de generar ingresos para su bienestar.

También opina que el Gobierno central debe impulsar fábricas de prótesis en las principales ciudades. Dice que en el hospital del Seguro Social no disponen de esos artilugios y que para los afiliados conseguir una prótesis es tan complicado y demorado como tramitar una jubilación.

Conoce a muchos discapacitados como resultado de accidentes de tránsito bajo los efectos del alcohol. “Es terrible ver a jovencitos parapléjicos o cuadrapléjicos por no haber utilizado el cinturón de seguridad o por manejar ebrios. Deben tomar conciencia. Hay que prevenir para no lamentar después”.

Un accidente, mientras jugaba en un río, inmovilizó su cuerpo, pero no su mente ni su espíritu. No descansa un día en su cruzada personal por generar respeto y solidaridad.


Heriberto  se agacha sobre la taza de café cercana al monitor, la agarra e inclina despacio con su boca, y sorbe la reconfortante bebida. Sus manos no tienen la suficiente fuerza para sostenerla porque es cuadrapléjico y tiene un 94% de discapacidad. Pero su mente está al cien por cien y lo demuestra trazando el futuro con una línea digital bien definida: “Por ahora tenemos para implementar unos cuatro ‘cybers’ con Internet, atendidos por personas especiales”.

El compromiso es que las familias  apoyen. No pagan local porque es en la casa de ellos mismos. “Si generan unos cien dólares mensuales, con esos fondos pondremos unos veinte o treinta en la ciudad”.  Ya tiene el primero en Bastión Popular, un joven ciego de veinte años lo atenderá. Lo llaman por teléfono convencional y manipula el mando con destreza, en su silla de ruedas motorizada. Luego de concertar una cita de negocios habla con doña Margarita, su madre, atiende a otra madre de familia y después da instrucciones a uno de sus colaboradores; gira las ruedas en dirección a su preocupación mayúscula: “Hay varios niveles de discapacidad, por ejemplo, lesionados medulares. Eso es muy severo,  personas que están imposibilitadas para salir de su casa. Les es difícil  relacionarse hasta con sus vecinos y al acceder a Internet se ponen en contacto con el mundo”. Hacen amigos, conversan de sus dolencias... Hay parejas que se han conocido a través de este medio y han viajado para juntarse. Para ellos es una experiencia vital, pero también necesitan ayuda del Gobierno para   subsidiar  Internet, el servicio telefónico, la energía eléctrica... Para algunos es una necesidad el aire acondicionado”. “En fin -sentencia con una esperanzada sonrisa- hemos avanzado en nuestros derechos, pero aún falta”.

“Hay parejas (especiales) que se han conocido a través de Internet. Para ellos es una experiencia vital”


Heriberto no siempre estuvo en una silla de ruedas, recuerda el Bucay de su niñez cuando ir a la escuela “era como un safari”: tenía que cruzar el puente sobre el río Chimbo, después de asegurarse de que no viniera el tren, una quebrada y un cerro, porque su padre creía que la educación era mejor en aquella escuela del otro lado del área provinciana... Cómo olvidar los viajes en tren; la primera pelota de básquet que le regaló su padre y que  lo introdujo en el deporte, pero sin descuidar su atención al estudio. Así, en la época de oro deportiva del Vicente Rocafuerte, estuvo en la selección de básquet hasta ese terrible 8 de abril de 1982.

Fue en el sitio Agua Blanca, cerca de Bucay, aproximadamente a las cuatro y media de la tarde. Se lanzó al río y una piedra cambió radicalmente su vida.

Consciente la mayor parte del tiempo, recién recibió asistencia hospitalaria a medianoche. Como si se tratara de una anécdota casual, alaba la atención que recibió en el hospital del IESS: “Excelente, pero ya no es lo mismo. Había mucho profesionalismo, pero también amor a los pacientes, muy importante”. Estuvo en EE.UU. y Cuba en rehabilitación y a su regreso, en el 2000, creó la fundación. El cuadro en su oficina nos ilustra mejor su misión y visión.

“Este centro de capacitación, POETA (Programa de oportunidades para el empleo a través de la tecnología en las Américas), fue posible gracias a los proyectos  de desarrollo e inversión social financiados por: Microsoft -Potencial Ilimitado BID- Fondo Multilateral de inversiones, con el apoyo de Trust for the America y la Fundación Margarita Enderton”.

Después del accidente conoció la discriminación hacia las personas como él; muchas veces tuvo que abrirse paso con su madre a través de la intolerancia de guardianes, porteros; en el banco, en el comisariato, la carencia de rampas, la incomprensión...

Pero su actitud es clara, positiva, sonríe al ver a los usuarios de su cyber en la ciudadela Ferroviaria. Sus preocupaciones son tan, tan amplias, que van hasta el tema ecológico. Da, por ejemplo, servicio de reciclaje de material electrónico a las empresas. No para nunca. Siempre está trabajando... Lo llaman desde la puerta de su casa y acelera su silla, rauda, como sus sueños.
Gustavo Valle
gvalle@telegrafo.com.ec

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