Con lo que sabe, podría ser un hombre muy adinerado y cómodo, pero ha decidido poner su talento y sensibilidad al servicio de una causa mayor.
Confundido entre la noche, la selva y los animales salvajes, de pronto el cielo se encendió. La Luna y las estrellas le indicaban que no estaba equivocado. Treinta kilómetros de montañas, ríos y un universo vegetal lo separaban de su anhelo de llegar a Chinkian Entza (Río Flaco), una comunidad achuar de Morona Santiago, donde aproximadamente 460 personas necesitaban atención médica urgente.
Las piernas del doctor Byron Argoti, así como las de sus acompañantes, parecían quebrarse cuando se aproximaba la medianoche. Llegaron al fin a una zona donde los habitantes tardaban cuatro o cinco días -en una aventura peligrosa por la selva- para vender su ganado a los poblados más cercanos. Donde muchos niños y niñas morían o sufrían distintos tipos de discapacidades, por falta de atención médica.
“Al primer niño que atendí lo trajeron a rastras. Tenía una infección tal en su estómago que podía morir en pocas horas. Y varios adultos no podían salir a cazar, porque su dentadura sufría de infecciones graves…”. Desde ese día Byron visita Chinkian Entza constantemente. Y hace 18 años trabaja como médico voluntario en los lugares más alejados del país. Por ese sueño -que le da sentido a su profesión y más a su vida- dejó de pintar en lienzo, una de sus más grandes aficiones.
Creció en un Quito diferente al de ahora. Aprendió de la solidaridad de las vecindades. Vivía, los sesenta, en la calle Benalcázar y Oriente, cerca del Palacio de Carondelet. Desde su casa vio a presidentes triunfantes y luego derrocados.
En esos años aparecieron sus primeras aventuras. Tomaba su bicicleta y -acompañado de algunos amigos- llegaba hasta lo que hoy es el norte de Quito. Nunca imaginó que la ciudad crecería hasta Cotocollao, Carapungo, menos aún hasta los valles o Turubamba, al sur.
“Al primer niño lo trajeron a rastras. Tenía una infección tal en su estómago que podía morir en pocas horas”
Byron también jugaba a ser doctor, quizá por la influencia de su padrino, que tenía una larga trayectoria en el hospital de Solca. En otros momentos pintaba paisajes y estaba fascinado por recrear el cuerpo humano desde su propia visión. Por eso enfrentó una difícil disyuntiva cuando terminó el colegio: optar por la medicina o por las artes plásticas.
Conversó con su padrino (Fausto Tafur) y ese mismo día acudió a la Universidad Central del Ecuador con la intención de convertirse en médico, en un futuro cercano. No dio marcha atrás en esa intención, aunque por varios años exploró con sus manos formas abstractas, la pintura naif y el estilo de la naturaleza muerta. “La verdad, no estoy desligado del arte porque la medicina es una forma de expresarse y de defender la vida…”. Antes de culminar su carrera cumplió con prácticas rurales en Santo Domingo, donde estuvo cerca de niños con muchas necesidades. Viajó hasta Lumbaqui y tuvo cientos de pacientes a lo largo del río Agurico.
Con el tiempo se decidió por la especialidad de ginecología y obstetricia y trabajó en prestigiosos hospitales privados de la capital. Ganó un nombre respetado. Estabilidad económica. Y cuando estaba a punto de viajar a México para cursar la subespecialización en cirugía reconstructiva de mamas, sintió “el vacío más grande de la vida. Sucedió algo difícil de explicar. Aunque trabajaba con vidas de seres humanos, necesitaba contribuir de otra manera. Fue un llamado de Dios...”.
Y desde ahí se ofreció como cirujano voluntario para las pacientes del hospital Claudio Benati, de Zumbahua. Organizó caravanas médicas para los afectados por las erupciones del volcán Tungurahua. Trató casos de mujeres adolescentes y adultas, que sufrieron abusos físicos, sexuales y sicológicos.
Fue apoyado por fundaciones, iglesias, ministerios, sobre todo por otros médicos voluntarios y, claro está, por su familia. Su esposa Anastasia, reconocida odontóloga de la capital, lo acompaña siempre en sus propósitos. Las personas que le rodean dicen que su segundo hijo, Byron (de 16 años), sueña con ser médico cirujano, como él.
Alguna vez, un paciente tomó su mano y le rogó que detuviera el paso del cáncer que le aquejaba. Y Byron supo que podía hacer algo al respecto: “encontrar el sentido de mi profesión en los demás”.