Tomada de la edición impresa del 14 de enero del 2010

FOTO: El Telégrafo

Tulio Gálvez Sánchez.

Tulio Gálvez Sánchez: “No ha quedado nada”

Datos

Nació en Zaruma, el 23 de abril de 1966. Es el sexto de ocho hermanos, hijos de Marco Gálvez Ramírez y Aspasia Santos Mosquera. Estudió la primaria y la secundaria en el colegio 26 de Noviembre. Está casado con Ximena Elizabeth Carrión y tiene tres hijos de cinco, diez y quince años.

Vive en una finca de seis hectáreas, en el recinto Santa Marianita de Zaruma, donde mantiene un orquideario.  En la finca hay 360 orquídeas de  las cuatro mil especies que existen. “Las hemos encontrado y las hemos traído un poco haciendo algo de malo, porque estaban en su naturaleza”, confiesa.

Nunca estudió algo relacionado con orquídeas. Todo lo que sabe sobre ellas lo aprendió por los libros y los amigos. “Ya luego uno asiste a exposiciones y va sabiendo los nombres, las familias, los géneros. Claro que es difícil aprenderse los nombres  de las cuatro mil especies”.

Está fascinado con la naturaleza. Trabajó un año para una fundación que maneja ocho reservas en el país.  “Hay una rana que están estudiando para curar el Alzheimer, esquizofrenia y Parkinson. Una neurotoxina que tiene en su lomo posiblemente sea la cura para estas enfermedades”, refiere.

Colabora con la fundación Jocotoco (es el nombre de un ave) en lo que es conservación de bosques para aves. “No tengo sueldo, pero si es que hay algún proyecto que resulte yo gano una comisión de eso. Fui minero, trabajé en un barco bananero, en banco y me gusta mucho la lectura también”, asegura.

Es un ser preocupado por la naturaleza. Considera que la explotación minera desorganizada puede transformar a su pueblo en un desastre.

 
Algunos le dicen que tiene cara de ruso. Que parece extranjero. Pero  Tulio  lo toma con humor. Sus padres querían bautizarlo Yuri en honor al primer hombre que viajó al espacio, el ruso Yuri Gagarin. Ellos lo llaman así. En sus ojos claros y en su voz profunda hay tranquilidad. Quizá eso sea un sello de su raza, de su sangre. Pero en su piel y en sus gestos habita un ser inquieto y preocupado.

Llegó chorreando sudor porque estaba fabricando abono natural. Viste una  simple camiseta descolorida, pantalón y botas negras para lodo. No está a tono con la belleza del paisaje que domina ese pequeño cerro invadido de orquídeas por doquier, y cercano a Zaruma. 

“Tenemos la gallina de los huevos de oro, y no sabemos qué hacer con ella. Zaruma está desde hace nueve años en la lista de la Unesco para ser declarada patrimonio de la humanidad”, dice con firmeza.

Esos procesos no han sido continuos. Gálvez reclama que la población no se involucra. Se levantó el expediente, pero no lo conocen. Ellos deberían ser los primeros en enterarse de lo que tienen.  Sin embargo, muchos no conocen nada.

 La falta de conocimiento le preocupa demasiado para no hablar de ello. En Zaruma se vive desgraciadamente, aún, de la minería. “La historia minera le ha hecho mucho daño a Zaruma, porque de aquí han salido desde la época incásica toneladas de oro, pero acá no se ha quedado nada”, dice.

“...de aquí han salido desde la época incásica toneladas de oro, pero acá no se ha quedado nada”


Según Gálvez, desde su pueblo salió mucho oro para pagar el rescate de Atahualpa. Después llegó una compañía americana que se llevó cientos de toneladas. Para él la riqueza de esa región es interminable e incuestionable. Firme, casi con dureza, expresa que un pueblo que genera tanta riqueza debería quedarse con algo. Es la ley natural  de la compensación. Y no es solo la riqueza que se han llevado, es la contaminación que les han dejado. La pobreza que les han legado.

“Hoy tenemos una demanda a nivel internacional por parte de Perú, en la corte de La Haya, por la contaminación de este río, porque es un afluente que va a la cuenca Puyango-Túmbez”. De pie señala hacia abajo y mira el río Amarillo, un hilo de agua sucia que discurre lento. “Tenemos un río contaminado, lleno de cianuro, plomo, zinc, mercurio, metales pesados y más”.

Desde su lectura hay  alternativas para sacar oro sin contaminar, pero son inversiones muy grandes y costosas. Por ejemplo, hay una bacteria que desarrolló Estados Unidos que se come el cianuro.

Lo que más extraña de su infancia es el río cristalino. “En 1970 se declaró zona de libre explotación y de ahí vino la contaminación. Desde ahí ese río empezó a morir. Yo nací en el 66”. Su voz se deja invadir por la nostalgia y la desazón, pero solo es un momento. Él no va a quebrarse. Reconoce que tiene la sangre necia. Se atreve con un consejo para el Gobierno. Tiene que cerrar la minería y decir: “Aquí está la infraestructura y ustedes la van a trasladar acá y va a haber un solo punto donde se va a contaminar y se van a hacer trabajos para minimizar ese impacto ambiental”.

  Palabras para que el sueño de un pueblo no termine en pesadilla. Gálvez cree saber lo que otros no. Sin embargo, tiene cero arrogancia, cero estupidez, cien en dolor, cien en ganas de cambiarlo todo. Por eso apuesta por el turismo agrícola. 

Un proyecto que involucra la parte alta de la provincia de El Oro. Piñas, con su reserva ecológica, es un lugar impresionante porque ahí se encuentran dos regiones: la del Chocó y la Cumbecina, eso hace que tenga actualmente más o menos  320 especies de las 1.640 que tiene el país. Portovelo con su historia minera. Zaruma con su casco colonial y Atahualpa con unas ruinas arqueológicas impresionantes. Su idea es crear una ruta turística con esos atractivos y convertirlos en productos.

Gálvez tiene su plan. Pero la finca donde funciona su orquideario está cerrada. Tenía un promedio de cincuenta visitantes por mes. “Con cincuenta dólares no se puede vivir con una familia de cinco miembros. Esto era impecable. Muy bonito, pero me decepcioné. Como una forma de protesta yo cerré. Aquí han venido a hacer programas Ecuavisa y Teleamazonas y nada cambió”, dice.
Francisco Santana
fsantana@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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