Ejemplo vivo de ese hombre del pueblo con olfato (y gusto, sobre todo) para los negocios, con tacto y talento para sobrevivir ante la aspereza de la vida diaria.
Aunque nunca había dado muestras de ser alguien distinto, algunos de los que lo veían llegar a diario al hotel donde se hospedaba en la pequeña Esmeraldas de ese entonces se convencieron de que se trataba de un comerciante de oro. No por nada, pensaban, había mostrado interés en la cultura La Tolita y se había dado tiempo para acudir a las intrincadas minas y, también, para comprar alguna que otra pepita dorada. Aquel supuesto convenció a una sombra que ingresó a su habitación y rebuscó las gavetas hasta voltearlo todo. Cuando Jorge llegó, pilló a la sombra, que resultó ser el administrador del hotel. Éste saltó por la ventana y, tras rebotar en el toldo de un mercadillo, se perdió entre unos matorrales. “Supe que era el momento de regresar; ni fui a la Policía porque sabía que no iba a obtener resultados y emprendí camino a Guayaquil”, se señala con el índice la sien derecha para hallar el lugar exacto donde se cobijan los recuerdos.
Un tanto menudo, pero de contextura recia, amasa su remembranza a fuerza de exprimir el aire, manos crispadas. Años atrás se propuso pasar una suerte distinta a la de su madre, dedicada a las ventas a crédito. “Veía a mi madre, que vendía a crédito, y a veces no volvía a ver el dinero, así que pensé en algo que se moviera con efectivo y a diario”. Una palanqueta de corteza dorada tomó forma en sus pensamientos, así que se volcó de lleno a los hornos.
No había por ese entonces nadie en el gremio dedicado a hornear pan, “debido a la gente mala, que siempre ha habido”, que se atreviera a hacer entregas en el barrio del Cristo del Consuelo ni en el cerro Santa Ana. Siguiendo a pie juntillas el consejo paterno, hizo buenas migas con gente de sendos sectores, para hallar personas que condujeran camionetas y tuvieran la confianza de todos, incluso de los “mañosos”. La operación resultó perfectamente, “y nunca nos robaron”, se acoda en su mesa favorita.
Al dar un viraje hacia otra dirección, pensó que los restaurantes no eran su campo y que iba a fracasar. “Me di un mes para intentarlo; si transcurrido ese tiempo me iba mal y no me rendía, me rompería la cabeza para pensar otro negocio”.
Las circunstancias lo llevaron a Bahía de Caráquez, y cubrió a pie Chone, Tosagua, Jama, Cojimíes y otros puntos del mapa manaba. En Bahía administró una hostería y le agarró gusto al mundo del turismo. “Hasta recordé eso cuando estuve en Loja, porque en Guayaquil no había aún la carrera de turismo: parece mentira, pero empecé como estudiante oyente y terminé como profesor del ramo allá, en la universidad”. Para tener un espectro amplio, llegó a ofrecer treinta platos distintos solo de cangrejo, que debía llevar desde el litoral.
“ Mi madre vendía a crédito. A veces no volvía a ver el dinero. Pensé en algo que se moviera con efectivo y a diario”
El crack criollo del 99 lo halló con los bolsillos volteados por completo. Recordó cuando se hallaba rodeado de hornos, y decidió fabricar los suyos. Hizo, entonces, hornos artesanales accionados por motores que adquiría a bajo precio. Se movió tan bien en su nueva actividad, que pronto le hacían pedidos de hornos de mayor tamaño para restaurantes y hoteles.
Al fin, compró un restaurante y le dio un cariz otro. Ofrecería colada morada los 365 días del año. Incluso pintó de morado todo el local. El punto exacto del sabor y las mezclas de harina, naranjillas y demás ingredientes provienen de la observación y la memoria. “En casa comíamos platos destinados a ciertas fechas todo el tiempo, así que no se me hizo extraño”. Para día de difuntos debe hacerse ayudar de por lo menos diez personas más.
Los embates no faltaron. Hace poco regresaba a su negocio, “lo primero que vi fue un carro de bomberos”. Temió lo peor, precisamente cuando debía hacer la entrega de unos bufetes navideños. La válvula de un tanque de gas provocó una fuga que desencadenó un incendio, afortunadamente controlado a tiempo.
Su primera indicación fue cumplir con los pedidos: el deber ante todo, se dijo para infundir fuerzas a sus colaboradores, por quienes siente un profundo agradecimiento. A continuación, se proyectó a deshollinar paredes, arrojar a la basura lo que el fuego había dejado inservible, encargar la pintura del local.
“Lo importante es saber reponerse”, dictamina desde su tímida sonrisa y tras un segundo reflexivo, se lanza a las brasas de la cocina.