Se formó, de manera casi autodidacta, para llegar a ser un importante líder sindical. Un hombre con una mente panorámica y un corazón guerrero.
Como aves domésticas, los ojos se detienen sobre la cariada cornisa de su casa. Don César está graduando, calibrando la memoria. “Sí”, suelta de pronto, “fue mientras trabajaba en esa fábrica de tejidos, en Chimbacalle...”. Y ríe. Es que la historia no es para menos: tenía, apenas, diecinueve años. Lo habían nombrado, en el incipiente sindicato de la fábrica en cuestión, secretario de Cultura y Deportes. Épocas del primer velasquismo. Una tarde, en las instalaciones de un cuartel de policía, el mismo Presidente organizó una especie de recepción para la dirigencia laboral. Inconscientemente -digamos, por un extraño atavismo- se formaron del más viejo al más joven, mientras don José María, flaco y con su disfraz de cuervo, agitando en el aire ese largo dedo que utilizaba como batuta en sus “conciertos” populistas, iba hablando con cada uno. Al llegar frente a César exclamó: “¡Esta criatura!... ¡Lo beco caramba!, lo mando a estudiar afuera”. Un asistente tomó el nombre y los datos. “Han pasado más de cincuenta años y todavía sigo esperando la beca”, ironiza don César. Para esas alturas, y ya veremos por qué, conocía bien esos entusiasmos, esos fogonazos demagógicos del poder.
Nació en Quito, en la esquina de las calles Manabí y Cotopaxi, el 25 de octubre de 1915. A los dos años perdió a su padre... “Nos dejó a todos, éramos seis hermanos... Y ahora todos, hermanos y padre, me están esperando del otro lado”, reanuda su aleteo de carcajadas. Se toma la muerte como hay que tomársela.
En esa época, el estudio, en un hogar pobre, no era prioridad. Se hacía la primaria e, inmediatamente, se salía a trabajar. César comenzó a los ocho años lustrando zapatos, para comprarse su propio par... “en las Cuatro Esquinas, un par de tres suelas, clavados y estacados, costaba cinco sucres cincuenta”. Días en que ni se soñaba con automóviles o camiones, y los repartos de todo tipo se hacían en carretas tiradas por burros o yeguas... “Uno de mis primeros trabajos fue ayudante de carretonero. Ganaba un sucre a la semana, del que sacaba diez centavos para un plato de dulce de higos. El resto se lo daba a mi mamá, que abría un cuaderno y decía: aquí cría el dinero... guardándolo, cría. Tras una hora, apenas me descuidaba, ponía un par de centavos más y me decía: ves, ves cómo crió”. Y “criar” dinero era, al entrar en la adolescencia, obvio, el gran reto. La elemental necesidad.
Al terminar la primaria palpó, en sus adentros, la vocación de ser mecánico. Se convirtió en aprendiz de la maestranza del Ejército... “No nos pagaban un centavo...”. Por eso los militares aprovechaban, y con frecuencia llevaban estudiantes para trabajar, gratis, en sus construcciones. Alguna vez le tocó a César ir a instalar unas tuberías de agua potable. Recuerda al jefe militar, dueño de la casa, siendo muy cordial, dándole palmaditas en la espalda... Pero tiempo después, cuando el muchacho se enteró de que había una vacante, y se vistió con su “ropita más decente de domingo” para ir a pedirle ayuda, el tipo lo recibió con un “apártete y di rápido lo que quieres...”. Muerto estaba el entusiasmo inicial del poderoso. Allí le entró a César esa rebeldía terca, tan suya, contra ese despotismo criollo, tan nuestro.
“Joaquín Gallegos Lara me decía: tú no tienes que golpear. Tú entras nomás... Y daba clase. Era una lumbrera”
Llegó a Guayaquil, gracias a un amigo de su hermano, quien se ofreció a traerlo al puerto y buscarle trabajo. Tenía 23 años. Aquel amigo trabajaba en la Cervecería Nacional. Llegó un viernes y ya el sábado tenía su primera entrevista allí. Llamaron al jefe de mecánicos, quien lo miró de los pies a la cabeza: “ Uuuuuyyy, no, no, no... serrano... no, no, no”. Le dijeron que regresara el lunes, con el mameluco envuelto en un periódico y bajo el brazo. Ese día llegó el gerente, un gringo, y le dijo: “embárquense en la camioneta”. Él ni conocía Guayaquil, no sabía a dónde lo llevaban. Y lo llevaban a la gerencia de la Cemento Nacional. Ahí se quedó, durante mucho.
La empresa hacía trabajar a los empleados, a veces, cuenta don César, hasta las once de la noche, sin pagar horas extra. No había sábado inglés, ni nada por el estilo. El muchacho, con arresto, logró agrupar a un turno, pensando en un sindicato, y empezó a averiguar “dónde se reunían los 'intelectuales'...”. Le dieron los sitios. Empezó a ir en las noches... “Despacito me metía, me quedaba atrás, escuchando atento... y poco a poco me fui haciendo amigo de ellos”. Los intelectuales eran, no poca cosa, Enrique Gil Gilbert y Joaquín Gallegos Lara... “A ese, de aquí para abajo -pone la mano en la cintura- le costaba funcionar. De aquí para arriba, le funcionaba todo. Una lumbrera”. Lo visitaba dos veces a la semana en su casa de la Bahía. “Me decía: tú no tienes que golpear. Tú entras nomás... Y daba clase”. A veces, César le informaba: “voy a hablar de esto al sindicato”, y Gallegos Lara metía mano en el discurso. César fue el secretario general del primer sindicato que tuvo la Cervecería Nacional. Luego, llegó a ser delegado del que agrupaba a los trabajadores de la Cemento y la Cervecería, para los viajes a Quito a “cabildear” en el Congreso.
Y entre tanto, los negocios propios: los talleres mecánicos en que hacía trabajos que casi nadie en la ciudad lograba. Y la familia. Bella Aurora, esa mujer de la que no pudo desprenderse desde que la vio, en esa fiesta en Santa Rosa, bailando cumbia sobre sus diecisiete años. Hermosura como una visitación celestial. “A mis veinticuatro años, ya radicado en Guayaquil, supe que debía abrir ese capítulo: el de la compañía inapelable”. Era una apuesta, claro, y la ganó: siete hijos, más de veinte nietos, incontables bisnietos... Todo el trajín, dice, ha sido por esa íntima dimensión de sus afectos. Y ha quedado satisfecho... “Ya es cosa de ellos el recuerdo, porque yo lo que aspiro es a que cuando muera, me cremen y me esparzan, y terminado el lío. ¿Para qué el compromiso de que vayan a ponerme una flor?”... Es que eso no tiene importancia, parafraseando un dicho de Canetti: aquellos cuyas tumbas se visitan, se ríen resguardados detrás de sus obras.