Tribunal penal absolvió a comerciantes colombianos
Édison Ávila llegó a Guayaquil para negociar con cerámica y fue vinculado en un caso de narcotráfico.
De la mano de su esposa, la colombiana Liliana Gómez, el también colombiano Édison Ávila Rodríguez pasea por las calles de Guayaquil. Los acompaña su coterráneo Álvaro Romero Urzola.
Después de permanecer 22 meses en la cárcel por un delito de tráfico de drogas, que no cometió, pero que le destruyó su vida y negocios que tenía en Colombia, Ávila teme regresar a su país, por la vergüenza que siente ante su familia y amigos.
En septiembre de 2006 -según declaró ante los jueces del Segundo Tribunal Penal del Guayas- llegó a Guayaquil con ansias de expandir sus negocios y para ello tenía previsto hablar con el representante de importaciones de una empresa que fabrica cerámica (para pisos), porcelanato y línea de sanitarios, incluso para tratar sobre descuentos, calidad y el manejo de negocios a través de créditos bancarios. Pero, debió quedarse porque el ejecutivo de esa compañía estaba de viaje por Venezuela.
La pesadilla de Ávila empezó al hospedarse en un hotel en el que conoció al ecuatoriano Harry Ortiz Tello, quien se presentó como experto en asuntos aduaneros. Pensó que le convenía esa amistad -por sus negocios-, pero se equivocó; Ortiz resultó ser un narcotraficante que lo llevó consigo a la cárcel, porque los policías lo fotografiaron mientras almorzaba con él.
En el hotel también conoció a Álvaro Romero, con quien vivió esta odisea.
A las 19:30 del 11 de octubre de 2006, Ávila y Romero salían del centro comercial San Marino y los detuvieron. Los sujetos armados vestían de civil y hasta aretes usaban, por ello pensaron que era un atraco.
Ávila dijo que los tiraron al piso, les pusieron la camiseta por encina de la cabeza y los metieron en el balde de una camioneta. Les quitaron los documentos y dinero que llevaban y tras rastrillar sus armas los amenazaron.
El resto es la historia policial, con excesos y acusaciones de parte de los afectados. Como dijeron ser colombianos, fue peor porque los trataron como parte de una banda de narcotraficantes.
Vino el proceso penal y antes de trasladarlos a la Penitenciaría, dijo Ávila que los alertaron de que debían pagar entre 3.000 y 4.000 dólares por el empeño en la cárcel.
Hasta la celda de la Policía Judicial llegaron abogados a ofrecerles los pabellones de la Penitenciaría. “Nos dijeron que si íbamos a tal parte nos costaba 2.000 dólares, pero que seríamos empeñados y eso era de mucho riesgo; luego, que si pagábamos 4.000 nada nos pasaría”, recordó.
En la cárcel fueron víctimas de un sistema ilegal llamado “cerebro”. “Tuvimos que dar mil dólares supuestamente para el director, mil para los que lideran el interior, mil para estar tranquilos y otros mil para tener celda. Luego, 4.000 dólares más para estar en el pabellón Atenuados Alto. De allí vino la extorsión para licor y tarjetas de celular”, recordó el colombiano.
Édison Ávila, de 29 años, dijo que por tradición familiar, tenía negocios de cerámica. Uno muy rentable en Bogotá y sucursales en Pereira, Cali y Armenia. Tras ser detenidos arrendaron los almacenes pero los inquilinos nunca pagaron y se acabaron los inventarios. Ávila afirma que quedó con demandas por deudas. “Tengo problemas financieros con bancos, la empresa estaba a mi nombre y algunos negocios a cargo de mi esposa pero se perdieron. También 4 camionetas de reparto”.
El patrimonio en activos estaba valorado en más de mil millones de pesos colombianos (540.000 dólares), sin considerar bienes y vehículos, dijo. “El daño es grande porque el gremio de comerciantes -que es como una familia- le dio la espalda a mi padre,
Arquímedes Ávila. Más de una vez lloré como un niño por la impotencia, las humillaciones y el maltrato”, afirmó.
Liliana se vino de Colombia para estar cerca de su esposo y ayudarlo, mientras en Bogotá quedó la hija de ambos, al cuidado de la madre de Ávila.
La cónyuge enfrentó una serie de inconvenientes, incluso dijo que un magistrado de la Corte, que actualmente está suspendido, la acosaba para fallar a favor de ella.
Ávila y Romero afirman que más dinero gastaron en la cárcel y en abogados, que en hospedarse en un hotel.
Álvaro Romero (31) tiene problemas similares a los de Ávila. Dijo que vino a Guayaquil para acrecentar su negocio de venta de celulares y perdió todo lo que tenía en Bogotá, incluso una distribuidora de contratos de publicidad.
Se quedó sin dinero, luego que su madre, Élida Urzola, vendió todo. En diciembre Álvaro debía casarse con Margarita, su novia, pero ella perdió -por aborto- a su hijo y ahora nada quiere saber del colombiano.
José Solís
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