Estuvo de moda, hace poco, en EE. UU., hablar del ‘sesgo ideológico’ de los medios. Esto se dio al final de la campaña electoral estadounidense porque varios de sus medios, de tiraje y lectura importantes, un día publicaron, con argumentos, sus opciones frente a McCain y Obama.
Aquella actitud generó un debate intenso de periodistas y de quienes hacen opinión en los medios (sean éstos impresos, televisivos, radiales, virtuales, etc.).
Tal ‘sesgo ideológico’ es un objeto de estudio forzado y su delimitación analítica radica en detectar la ‘pureza’ profesional con que los medios organizan, explican, escenifican, fotografían o argumentan -a través de los géneros periodísticos- el carácter de las noticias o, más delicado aún, qué es o debe ser catalogado como noticia, y puesta a circular.
Otro filón es el referido a la posición editorial de cada medio frente a los avatares políticos que mueven los hilos invisibles de las sociedades fundadas en el contrato social clásico.
Una de las herencias terribles del neoliberalismo político fue despojar a los individuos de su derecho de pensar la política más allá de los partidos políticos, y, por tanto, de su participación en las cuestiones del Estado. Tremenda labor desideologizadora rindió frutos y la gente –con relativa posición- odia la política.
Y los medios, con conciencia de ello o no, fueron fuente central –en EE.UU. o en cualquier parte del mundo occidental- de ese desligamiento/indiferencia.
El debate norteamericano sobre el ‘sesgo ideológico’ también aludió al ‘mercado lector’ y lo elevó a puntal que sostiene lo que los medios dicen con sesgo o no.
Las cuestiones ideológicas parecen que vuelven a importar luego del desastre de las ideas unívocas del ‘liberalismo final’.
Y afectan más a los medios que ejercieron una profilaxis ideológica –imposible- sin ninguna vergüenza.