Proaño luminoso
En este año del centenario del nacimiento de monseñor Leonidas Proaño, miles de grupos y millones de personas por todo el planeta vamos a recordar este personaje fuera de lo común por su sencillez, su espiritualidad y su compromiso por los pobres y por una Iglesia de los Pobres, en particular de los indígenas.
Los que lo hemos conocido y hemos tenido la dicha de ser sus amigos, conocemos su vida y su trayectoria luminosas para ayer, para hoy y para largo tiempo. Podemos aplicar a monseñor Proaño las palabras del profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en la noche divisó una luz grande; habitaban el oscuro país de la muerte, pero fueron iluminados. Tú los has bendecido y multiplicado, los has colmado de alegría”.
Iluminados, lo fueron los indígenas de Ecuador y de América Latina, lo fueron los pobres de nuestro país y de nuestro continente, lo fueron muchos cristianos de los países del norte, lo fuimos los sacerdotes que buscamos vivir un “Evangelio subversivo”, tal como lo escribió monseñor Proaño después de su apresamiento por la dictadura en 1976.
Más de 20 años después de su muerte, Proaño nos sigue convocando y provocando a vivir el Evangelio en la sencillez y el compromiso. Los indígenas lo recuerdan como aquel que les ayudó a ponerse de pie y en marcha, a imagen de Jesús en su discurso programático de Nazaret: “Ahora vemos, porque antes no veíamos. Ahora hablamos, porque antes nos hablábamos. Ahora caminamos, porque antes no caminábamos. Ahora nos sentimos libres, porque antes no éramos libres…”. Proaño supo valorar la cosmovisión indígena como propuesta para una vida mejor. Soñaba con una Iglesia indígena”. Hoy los protagonistas de una nueva sociedad son los mismos indígenas a lo largo y ancho del continente. Lastimosamente no avanza mucho una Iglesia indígena.
Los pobres recuerdan a Proaño como aquel que los valoró y los ayudó, mediante su organización en Comunidades Eclesiales de Base, a apoderarse del Evangelio y empoderarse de la Iglesia a fin de que sean la Iglesia de los Pobres soñada por Jesús.
Muchos grupos cristianos de los países del norte recuerdan a Proaño como aquel que los provocaba a hacer suyas las causas de los pobres tanto en sus países como en los países del Sur. En sus múltiples conferencias e intervenciones, tanto en parroquias como en universidades, insistía en que “los pobres son nuestros maestros: nos enseñan el Evangelio y nos muestran el camino de una sociedad donde quepamos todas y todas”.
Muchos sacerdotes que nos dejamos guiar por las palabras y el ejemplo de Proaño nos identificamos con una Iglesia que nace y renace de los pobres, que se identifica con sus opciones, que celebra a un Cristo resucitado en las resurrecciones personales y colectivas de ahora, que construye el Reino mediante un proyecto socialista e indígena.
Desde Proaño, hay “un antes y un después”: nadie puede decir que no sabe. Personalmente me identifico con unas palabras que podrían ser de monseñor Proaño porque fueron su opción de vida, de pastoral y de sociedad: “Prefiero correr el riesgo de equivocarme con los pobres que tener la pretensión de acertar sin ellos”.