“Han sido casi 50 años de crueldad y aproximadamente 17 mil 365 días con sus noches de pérdidas incontables para la economía cubana; 416 mil 760 horas de retos, tensiones y angustias en la búsqueda de soluciones a escollos creados… de resistencia heroica…”. Así cuenta Maury Guerrero, de la Agencia Cubana de Noticias, la historia de una ignominia: el bloqueo de EE.UU. a Cuba, que acaba de ser condenado por 187 de los 192 países que conforman la ONU.
Susan Rice, embajadora de EE.UU., resuena insensata, cuando deplora que Cuba haya conservado una retórica digna de la Guerra Fría. Paradójico: la guerra es la que aplica EE.UU. La retórica de “Guerra Fría” –parece que se les han agotado los nombres para los fantasmas y no queda sino recurrir a los viejos- es la que sale de labios de Ian Kelly, portavoz del Departamento de Estado: “nuestra política busca que Cuba haga lo correcto hacia su población. Ellos no han dado los pasos para mostrarnos que quieren abrir su sociedad y su economía”. Así es el imperio, se arroga el derecho de determinar el bien para los otros. Se reserva “la” verdad, la razón y, claro está, invalida la de los otros. Para Kelly, para el Gobierno de EE.UU., la votación en la ONU es “un ejercicio que tiene la inercia de la Guerra Fría”.
“Genocidio es la muerte de cubanos
por falta de fármacos que EE.UU. se niega a venderles”
Así desestiman esta histórica votación. Así desdeñan el clamor del mundo; desde China, Australia, Europa, hasta América Latina. Así dejan en el aire las voces de desencanto, de analistas y medios norteamericanos que no encuentran en Obama el cambio prometido, pues, en cuanto a Cuba, Mr. Obama no ha pisado los talones de sus predecesores demócratas: Carter levantó por completo la prohibición de viajar a la isla –ahora solo se permite viajar a los cubano-americanos-; Clinton apoyó un intenso intercambio en lo académico y artístico –hoy en día se impide a intelectuales norteamericanos viajar a Cuba y se niega el visado a artistas cubanos-.
Retumba con entereza ineludible la acusación del canciller cubano Bruno Rodríguez: además del irreversible daño económico, que ha impedido a Cuba salir adelante, se trata, según la Convención de Ginebra de 1948, de un acto genocida. Genocidio es la muerte de cubanos de todas las edades por falta de fármacos o dispositivos oncológicos, cardiológicos, que EE.UU. se niega a venderles, pese a saberse el único fabricante. Genocidio es haber acorralado a un pueblo, que no puede acceder a insumos agrícolas, a conexiones de Internet, a alimentos y productos de uso diario, pues EE.UU. penaliza a empresas de otros países que comercien con la isla. ¿Derecho internacional, soberanía, defensa de la libertad y la democracia? El imperio –ya caído, quizás- tiene que mantener, hasta el final, su discurso, pues es lo que alimenta los negocios de las transnacionales, lo que mantiene la cohesión y da sentido al sistema. El presidente negro, prematuro e inmerecedor Nobel de la Paz, que llevó un mensaje de esperanza en medio del pánico, no es ese que creímos. Es el capital que montó su campaña, la plataforma política que lo gobierna. Es este discurso. Este imperio autista que aún lanza zarpazos desalmados por defender su razón de ser.