Tomada de la edición impresa del 22 de octubre del 2009

Lo inesperado

 
Con no poca frecuencia creemos controlar el curso de una situación social o política. Pero es ella la que nos devuelve a la realidad… porque “la vida está en otra parte”, decía Kundera.

Habrá que preguntarse la razón que llevó al presidente Correa a autorizar la transmisión, en vivo y en directo, de los diálogos Gobierno-CONAIE. Tal vez pecó de excesiva confianza y creyó que podría controlar los acontecimientos; porque los dirigentes indígenas actuaban movidos por el desconocimiento y la manipulación de los temas en discusión, como frecuentemente aseguraba en sus alocuciones públicas. Lo cierto es que el diálogo y su transmisión provocaron resultados inesperados para ambos lados, por estar fuera de sus expectativas.
 
A pocas horas de iniciado el diálogo, las cosas seguían su “normal” desenvolvimiento: en el salón amarillo de la casa de Gobierno el Presidente y la CONAIE se enfrascaban en acalorada batalla verbal y simbólica, en la Plaza Grande las delegaciones de las organizaciones indígenas, guardando cierto orden, esperaban en medio de gritos de consignas. La inesperada como fuerte lluvia dispersó a todos, quienes no pudieron refugiarse en los edificios circundantes lo hicieron bajo los árboles. Muerto el aguacero nadie volvió a los lugares anteriores, la gente quedó dispersa en grupos de distintos tamaños en todo lo ancho del parque. A esa hora mucha gente salía de sus trabajos y negocios: burócratas, comerciantes, transeúntes, todos se mezclaron entre los manifestantes. Es cuando se produjo una situación bastante curiosa. De manera más o menos generalizada, los transeúntes iniciaron conversación con los indígenas, desarrollándose tres momentos. En el primero, muchos se acercaron con cierto desdén o sentido de superioridad increpándoles el atrevimiento de exigirle al “señor presidente” más de lo que está dando, que lo que “debían hacer es agradecerle”; que no sabían lo que estaban haciendo, que “vayan a leer primero las leyes”, que en “las cadenas el Gobierno ya dijo que el agua no se privatizaría”. Los indígenas, inicialmente, se limitaron a escuchar, luego respondieron, y aquí el segundo momento. Alguien que decía ser empleado municipal inquiría a gritos: ¡¿cómo saben ustedes que el agua está privatizada y que el Gobierno no está haciendo nada?! Porque yo solo tengo agua dos horas cada semana, mientras las florícolas tienen todos los días y porque llevamos ya más de dos años en un juicio por eso y hasta ahora los del Gobierno no solucionan nada, contestó una mujer de Cayambe. Y esta vez la lluvia fue de respuestas, preguntas y contrapreguntas y contrarrespuestas. El momento final llegó cuando los increpadores, después de abundar en preguntar sobre el agua y sus problemas, terminaron disculpándose y agradeciendo la información: es que estas cosas no sabemos aquí en la ciudad, se justificó uno de ellos, una señora de avanzada edad felicitó la fuerza de la organización, pero advirtió, “¡no más, no le vayan a botar a mi Presidente!, sólo eso les pido”.
La movilización pasada, al parecer, restableció algunos vínculos sociales últimamente rotos.

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