Algo más que un instinto
En 1981 la francesa Elisabeth Badinter causó revuelo mundial con la publicación de su libro L´Amour en Plus. Histoire del amour maternal en el cual negó la existencia del instinto maternal como un factor genético y lo atribuyó a una construcción cultural.
¿Es el amor maternal algo puramente biológico? ¿Se puede hablar de un instinto innato arraigado universalmente en la mujer? Creo que una multiplicidad de factores converge en el fenómeno de la maternidad. No ha de ser solo instinto. Es sobre todo una construcción cultural y social, diferente en cada mujer dependiendo de sus circunstancias, edad, raza o religión.
En los primeros días de la humanidad el macho buscó instintivamente a la hembra para reproducirse. Debido a ese mismo instinto, la hembra se avino a los deseos del macho, quien proveería comida y seguridad al hogar. La hembra quedó a cargo de las crías, pasó a ser “la madre” y limitó sus relaciones sexuales a un solo macho, pues éste no deseaba proveer seguridad y alimento a hijos ajenos. Bajo este ‘contrato sexual’ las mujeres quedaron sujetas a una desigualdad primigenia de carácter ontológico. Por lo tanto, no es ninguna locura aseverar que la familia, según este esquema capitalista y patriarcal de madre pasiva corazón-padre cerebro protector, fue/es la fuente primaria de inequidad de género.
“La necesidad de reconocer la maternidad como una opción posible es indispensable…”
En el mundo actual algunas mujeres todavía siguen teniendo poco poder económico y escaso acceso a trabajo remunerado. Pese a esto y en general la mujer ha conquistado su derecho a estudiar, trabajar, controlar su natalidad, adquirir independencia. Hoy la mujer necesita menos de un proveedor-protector que piense por ella y más de un compañero con quien compartir, entre otras cosas, la crianza de los hijos. Por lo tanto, aún a contracorriente del pensamiento imperante, deberíamos replantearnos el tradicional rol de madre.
En nuestro medio la publicidad por el día de la madre continúa repitiendo ad nausean estos caducos estereotipos de madre santa, abnegada, sufrida, la reina del hogar. “Llevemos a mamá a comer fuera en su día, para que no haga el almuerzo”. Pero le regalamos electrodomésticos que la mantendrán encadenada a la cocina el resto del año. “Mamita, te llevo a París porque soy tu hijo hombre, quien cumple tus sueños”. Ya que la madre, por serlo, tuvo que renunciar a cumplirlos por sí misma.
La necesidad de reconocer la maternidad como una elección posible, entre otras muchas, es indispensable, no solo para conseguir una igualdad real entre géneros sino para que la mujer viva su maternidad con alegría y plenitud. Lejos de esa sufrida abnegación que nos posterga como personas.
Basta ya de aseveraciones cursis como que la maternidad es la esencia de la identidad femenina, la meta fundamental en la vida de toda mujer, su destino incuestionable. Ni la sociedad, ni la iglesia, ni la tradición pueden seguir endilgándonos a las mujeres un rol anacrónico en nombre de la ciencia o de un supuesto plan divino. Una cosa es un rasgo tal vez biológico y otra bien jodidamente distinta es querer mantener cadenas que no corresponden al paso de los tiempos y, peor aún, mantenerlas como verdades morales.