Tomada de la edición impresa del 29 de abril del 2009

La revolución como praxis

Jorge Núñez Sánchez

jorge.nunez@telegrafo.com.ec


Las revoluciones requieren de un paralelo ejercicio de la teoría y la práctica. Una revolución que se quede en la teoría y no se interese por la directa y cotidiana práctica de sus principios, terminará por incomunicarse con el pueblo y minar sus propias bases de sustentación. Pero una revolución que se olvide de la teoría y crea que basta con ir haciendo camino al andar, puede terminar errando reiteradamente, bajo el peso de un empirismo entusiasmado.

Nuestra Revolución Ciudadana es un rico espacio para la teoría y la práctica. Y hasta hoy la correspondencia entre uno y otro campo aparece totalmente fluida y eficiente. En el campo de la teoría, resulta evidente que la mayor parte del pueblo ecuatoriano ha entendido bien el discurso presidencial y ha hecho suyas las ideas de cambio del Presidente Correa, aunque hay sectores recalcitrantes al cambio. Claro está, este no debe extrañarnos en cuanto se refiera a sectores privilegiados, que por conciencia e instinto de clase están contra la Revolución Ciudadana. Pero si debe motivarnos el hecho de que se opongan o resistan a la revolución ciertos sectores sociales tradicionalmente explotados, marginados y excluidos, que son precisamente aquellos que buscamos sean los principales beneficiarios del cambio social.

Hablemos claro: importantes sectores indígenas han votado contra el Presidente Correa y las listas de Alianza País, y a favor de Lucio Gutiérrez y las listas de Sociedad Patriótica. Así lo revelan los altos porcentajes de votación obtenidos por Gutiérrez en las provincias de gran población indígena y los triunfos de Sociedad Patriótica en Cañar y algunas provincias orientales.

Esto debe analizarse con atención. De una parte, nos muestra la capacidad organizativa de la CONAIE, pero también la desorientación política de su dirigencia, que, al verse marginada del poder, terminó respaldando bajo la mesa a la peor de las opciones políticas, aunque públicamente decía respaldar a Roldós. De otra parte, este resultado electoral revela la insuficiencia con que la revolución ha llegado hasta ahora a esas provincias.

Es hora, pues, de enfrentar ambos problemas con una adecuada praxis revolucionaria. Hasta ahora, los indígenas se habían erigido en referente moral del país, aprovechando la mala conciencia de la sociedad blanco mestiza. Y, bajo ese manto, sus dirigentes jugaron a la política muy sueltos de huesos, tanto apoyando a Gutiérrez o asumiendo negocios con Fernando Aspiazu. Eso ha terminado. El país se ha liberado de ese complejo de culpa y ahora ve a los indígenas como lo que son: un actor político independiente, que juega con sus propias reglas, defiende sus propios intereses y también se equivoca, a veces gravemente.

Es hora de que la izquierda asuma teóricamente ese cambio de juego de la CONAIE. Pero también es hora de que la Revolución Ciudadana llegue con más fuerza al campo indígena y rompa la vieja tradición clientelar que ahí reina, antes bajo el mandato del patrón o el cacique político y ahora bajo el mandato de sus dirigentes étnicos.

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