In memorian
"Coherencia, verticalidad y creatividad”. ¿Las tres grandes virtudes de la política? ¿O más bien de la unión entre pensamiento y acción, en general?. Según quienes lo conocieron, esas eran las características del gran pensador latinoamericano, el colombiano Orlando Fals Borda, quien acaba de morir, hace apenas una semana, a los 82 años. Cuando la muerte se lleva a gente como Fals Borda, uno se pregunta primero “por qué” y luego, más calmo y resignado, sobre qué lecciones podemos sacar de la vida de hombres como éstos. Habrá que decir entonces, que fue un pionero en muchos sentidos. Junto con el cura revolucionario Camilo Torres fundó la primera facultad de Sociología en Latinoamérica, en la Universidad Nacional, hace medio siglo. Fue uno de los fundadores del método de Investigación Acción Participativa (IAP) útil para “agrupar esfuerzos para transformar la realidad con base en las necesidades sociales” y mejorar la vida de los más pobres y excluidos. Escribió, junto con Monseñor Germán Guzmán Campos y el abogado Eduardo Umaña, “La Violencia en Colombia”, una obra clave para la comprensión de lo que sigue sucediendo más arriba de nuestra frontera norte. Corría el año de 1962 y por supuesto eran otros tiempos y eran otros sacerdotes.
“Eran tiempos de brutal intolerancia conservadora ante cualquier intento por…”
La repercusión de las élites aludidas en el libro fue inmediata. Sául Franco narra que “si bien el blanco de los ataques fue Monseñor Guzmán por su carácter de sacerdote católico, el joven sociólogo –es decir Fals Borda, no escapó al oleaje y desde el periódico El Siglo se llegó a sugerir el 5 de octubre del mismo año que no deberían admitirse decanos protestantes en la Universidad Nacional”. Eran tiempos de brutal intolerancia conservadora ante cualquier intento por mejorar y dignificar la vida a través de lo que Fals Borda llamó “un angustiado grito de denuncia y atención”. Durante su enorme trayectoria como pensador fue coherente en el pensamiento y en la relación entre éste y la acción, así como entre la acción y el sentimiento. En el prólogo de la última edición de esta obra desafiante del “statu quo” y los violentos poderes ocultos, se puede leer su credo: “Creo que el nuevo ethos humanista y no violento del socialismo autóctono, que es el paradigma de la apertura, la participación, la tolerancia y la paz, podría resolver por fin nuestro conflicto de medio siglo, y abrir un futuro satisfactorio para las próximas generaciones de colombianos. No veo otro camino cierto y recto”. Lamentablemente debió haber muerto con la tristeza de que su mirada esperanzadora no se compadece con la cruel realidad colombiana de la doctrina de la “seguridad democrática” uribista. Sin embargo, en otra de sus grandes huellas mundanas, “La subversión en Colombia”, escrita en 1967, dejó bien asentada su voz a favor de la propuesta praxiológica de la “subversión moral”, válida no sólo contra el guerrerismo uribista sino contra una Iglesia conservadora que “come de la mano de los ricos”, y que pretende que los más débiles, estigmatizados y explotados hagan una genuflexión ante la dogmática que paraliza, enmudece y mata la vida digna.