Imágenes y violencias
Una y otra vez se pasan en la televisión las largas imágenes de la golpiza recibida por una adolescente ecuatoriana en España. Las imágenes son en toma directa sin comentario externo, sólo se escuchan las invectivas de las agresoras. La filmación ha sido generada por una aficionada que las acompañaba con el objetivo de registrar la agresión. Se podría pensar que la golpiza existe sólo porque es filmada, que se da para ser filmada. Registrar escenas de desencarnada violencia es un dispositivo que se repite con mucha frecuencia en los últimos años y que nos plantea una problemática entorno a la producción de visibilidad y a su disfrute. Ya no es suficiente la utilización de la violencia física en la relación conflictiva con el otro, hace falta, en estos tiempos, que la violencia sea exhibida en imágenes “directas” y “objetivas”, que puedan circular y ser consumidas libremente. Frente a imágenes como esas se tiende a establecer un juicio moral sobre quien arremete o sobre quien es agredido, descuidando la complicidad de aquel que las registra, del medio que las reproduce y de los televidentes que las consumen. En cada uno de estos “roles” se pierde de vista la dimensión ética que es aquella que hace referencia a la responsabilidad en cuanto a las consecuencias que pueden desprenderse en la ejecución de cada acto. Preguntémonos qué significa esto. El régimen audiovisual instaurado por los medios televisivos podría pensarse como co-responsable de la pretensión de que todo lo visible es real y que todo real debe ser visible. Sin embargo, lo que resulta más problemático, es que cada vez que se vuelve a pasar esas imágenes en la televisión es como si se justificara el acto de registro realizado por la aficionada. Es posible pensar que ésta sabía de antemano que el medio televisivo habría reproducido - sin más - su filmación. Del lado del espectador, si bien las reacciones pueden ser múltiples, es muy probable que se produzca en él un sentimiento de lástima hacia la víctima y de rabia hacia la agresora por tratarse de una escena en la que no entran en juego otros elementos a observarse. Un oportuno comentario del periodista podría agregar elementos significativos para que los televidentes reflexionen sobre lo que ven y no simplemente especten imágenes. Las formas mediáticas de la representación de la violencia proyectan a los sucesos sin una contextualización adecuada, prescinden de las condiciones estructurales, económicas, sociales y culturales que hacen posible las violencias y que las sustentan. La agresión a la adolescente ecuatoriana se transforma de este modo en un hecho fortuito o al máximo como la expresión de un racismo imperante en la sociedad española hacia los latinoamericanos, es decir en una peligrosa generalización. ¿Existe el interés de parte de los medios televisivos de saber más sobre las complejas relaciones entre adolescentes y jóvenes en los momentos actuales? No, lo que importa de esta información, lo que hace noticia, son las imágenes violentas, “reales” e indiscutibles, repetidas una y otra vez, para el asombro y disfrute de los espectadores.