Tomada de la edición impresa del 23 de julio del 2008

Libertad de expresión


La libertad de expresión nace de aquellas guerras maravillosas que un día se llamaron revoluciones. Es parida en la Francia cruenta del siglo XVII que segó a la realeza y fundió en la historia un recipiente para echar todo lo que hasta entonces había detenido a los pequeños y grandes burgos. La libertad era un valor que sobrepasaba los límites de lo socialmente atendido, disfrutado, ampliado. Libertad para hacer. Libertad para despreciar a la corona.

Libertad para decir. Esa es la gran explosión de dignidad que nacía con la revolución francesa a pesar de los horrores que hubieron de darse para que su luz cayera de verdad encima de todos los libres, los fraternos, los iguales.

La libertad de decir nacía, no faltaba más, para darle substancia política e ideológica a un proceso revolucionario que sobrepasaba lo que hasta entonces se tenía por cierto y absoluto: lo divino en el trono de hombres salvajes.

“La libertad de expresión aún apuesta por la libertad económica y política de la burguesía...”


La libertad de decir era un tributo a las razones que impelían transformar ese mundo que los ilustrados trazaron con sus teorías de modo distinto y humano.
La libertad de decir nace como una necesidad de darle al proceso revolucionario la razón social de lo colectivo y, más que nada, la unidad en torno a un nuevo sistema económico que planteaba una lógica nueva y menos restrictiva.

Así se fue delineando y consolidando el liberalismo económico y el liberalismo político. Así se fue desgajando esa libertad de decir en libertad de expresión.
La nueva sociedad necesitaría siempre un ‘consejo de libres’ que aplique la libertad de decir de acuerdo al canon del sistema implantado: la libertad de expresión. Pronto, en el siglo XIX, las democracias nacidas del contrato social serían los grandes modelos de libertad controlada, afinada por el sistema económico que las soportaba y la ideología que las legitimaba.

Ese es el nido de la libertad de expresión. Y aún hoy, doscientos años después, la libertad de expresión sigue apostando por la libertad económica y política de la burguesía. Por supuesto, no ya en libelos y pequeñas hojillas que circulaban como volantes para difundir las ideas de libertad de la revolución francesa, verbigracia. No.

Hoy el país vive uno de los debates más tristes sobre la libertad de expresión. Debate ramplón que obliga una imposible extracción quirúrgica de un concepto, libertad de expresión, de todo el cuerpo social, político y económico. La libertad de expresión es la voz del establecimiento. Es la voz de la ideología dominante. Es el discurso que legitima ese invisible ‘consejo de libres’ en que se han convertido los medios de comunicación de los grupos económicos duros.

Libertad de expresión que se enuncia a través de las empresas privadas de comunicación y conduce la información pública. Libertad de expresión que monta la agenda de lo público desde la mesa de lo privado.

Para decirlo bien: con los años la libertad de expresión se convirtió en la libertad de expresión del poder.

Ahora, cuando aparecen en el escenario dos medios públicos, difíciles de consolidar frente a una lógica de información y diversión con fines de lucro, el debate se vuelve necesario pero nunca funcional a ese concepto de libertad de expresión que propugnan los mercaderes del establecimiento.

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