Tomada de la edición impresa del 23 de julio del 2008

Embrollos y chanchullos

Rodolfo Bueno
Matemático, columnista invitado


Toda la rancia aristocracia que hasta hace pocos años detentó el poder político y económico del Ecuador, se convirtió en chira pelada en comparación con la actual, que ha construido su fortuna sobre la base de desplumar al Estado. La comilona fue inaugurada cuando las empresas estatales comenzaron a realizar sus adquisiciones mediante procedimientos que debían  garantizar el manejo honesto del bien público, pero que, en realidad, permitieron a la partidocracia y a quienes financian sus gastos, enriquecerse a costa de hambrear al ciudadano común que los elige. Todos los puestos públicos importantes, fueron ocupados hasta ahora por los representantes de los que más aportan para las campañas electorales, y no por quienes poseen otros méritos.

El método, mediante el cual rehacían con creces “la inversión”, es el de los sobreprecios en todo tipo de adquisiciones. Yo no refunfuñaría si nuestros  saqueadores se contentaran con un “honorable” diez o quince por ciento, pero esas cantidades son nimiedades para los sobreprecios que encontré la única vez que investigué a fondo sobre este endiablado tema. Un buen amigo de la infancia, que fue designado gerente de una importante institución del Estado, me nombró a su vez Jefe de Compras Nacionales de la misma. Quería que con ayuda de mis conocimientos matemáticos le optimizara el proceso de adquisiciones que tenía (muy engorroso por cierto).

Cuando rompí todos los escollos burocráticos, me puse manos a la obra y ordené cifras y nombres. Fui descubriendo entonces que detrás de tanto enredo, algo olía mal en aquel lugar y que el dilatado embrollo existía sólo para ocultar un grueso chanchullo. Un mes más tarde, se transparentó que había muchas empresas fantasmas, esto es, que  pertenecían a un mismo proveedor y que sólo en apariencia se hacían la competencia con ofertas que serían desechadas por sus altos precios, así encubrían la patraña y favorecían a la que enmascarada mente aparentaba ser la mejor, pero que en realidad tenía sobreprecios hasta del quinientos por ciento. También encontré que había distribuidores exclusivos que cobraban lo que les daba la regalada gana, pues sus altos precios estaban garantizados por un decreto presidencial, amén de una serie de trucos, imposibles de describir en tan pocas líneas.

(Esto explicaría una parte del por qué de la calamitosa situación que nos agobia).

Feliz de haber develado el arcano tras el que se ocultaba el chanchullo, fui en busca de mi amigo para notificarle mi hallazgo. Me recibió con el rostro acongojado por el pesar de lo que me comunicaba: “¡Hermano!, ya no soy nadie en esta institución. El Ministro acaba de despedirme del cargo”. Al día siguiente, y para no alargarles el cuento, el nuevo gerente me informó que mi presencia no era bien vista en ese sitio. Sin más que hacer, y un poco amargado por lo absurdo de la vida, regresé a mis clases de matemática.

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