Cuando vi a jóvenes de distintas regiones encabezados por Tania Hermida proponer un debate sobre los símbolos nacionales, me emocioné, porque pensé que sería bien recibido y que el cambio le había llegado ¡al fin! a los contenidos excluyentes de identificación de los/as ecuatorianos/as. La propuesta era pertinente si consideramos que la identidad no es una esencia estática sino un proceso cambiante y, sobre todo, porque entraña un ejercicio de poder.
Históricamente el poder político construyó una ecuatorianidad negando otros núcleos étnicos que no fueran el blanco-hispano-europeo-occidental, lo que se expresa incluso en la noción contemporánea de mestizaje como “blanqueamiento”. Más aún, constituyó a indios/as, negros/as y cholos/as en los “Otros” que los/as ecuatorianos/as jamás debíamos ser. Mitos y símbolos de la ecuatorianidad expresan eso. ¿Cómo podemos construir el concepto de nación plurinacional con esas concepciones? Es indudable que hay que construir nuevos significados de lo que es ser ecuatoriano/a.
“La propuesta de “transformación simbólica” visualiza un momento fundacional…”
De ahí que la propuesta de “transformación simbólica”, orientada a representar de nuevos modos nuestra antigüedad y diversidad aprovechando la nueva correlación de poder, haya tenido mucho sentido.
Empero, la recepción y difusión distorsionada por parte de los medios de comunicación privados des-orientó el debate y lo trivializó, centrándolo en invenciones generadas por los propios medios en torno a las cuales ha girado la opinión ciudadana. En este escenario manipulado, la gente se ha manifestado mayoritariamente en contra de la iniciativa con argumentos contradictorios: por una parte, plantean que es irrelevante o una “pérdida de tiempo”, o se burlan, ironizan y hasta lo satirizan, al mismo tiempo que defienden los símbolos como “sagrados”, como herencia de los “ancestros”, planteando su inmutabilidad y total identificación con ellos. Hay también quienes expresan un velado racismo en sus opiniones. La encarnación de la simbólica tradicional en la mentalidad de los/as cibernautas que han polemizado en el blog de la asambleísta es apabullante y evidencia un conservadurismo ideológico que, preocupantemente, puede constituir una corriente mayoritaria.
Tal resistencia sugiere una percepción distinta del momento que estamos viviendo. La propuesta de “transformación simbólica” visualiza un momento fundacional, profundo, de resignificación identitaria; la ciudadanía, en cambio, lo percibe como un momento de simple ordenamiento que no debe alterar su cotidianidad simbólica. Este desencuentro, que llevó finalmente al archivo de la iniciativa, ilustra, en todo caso, la urgente necesidad de convertir a esta coyuntura en un momento pedagógico, de ruptura con la hegemonía ideológica conservadora, fuertemente encarnada en el imaginario ciudadano, de modo de sostener la perspectiva estratégica de cambio en el largo plazo.