Cartas al director
La encomienda del adoquín
En los inicios de la conquista española, la Corona estableció como una de las primeras estructuras económico-social de dominación la encomienda. Esta estaba conformada por “encomenderos”, a quienes se les había “encomendado” un grupo importante de nativos indígenas, para que se hicieran cargo de percibir los tributos que debían pagar estos (los indígenas) a la Corona. La gestión municipal de Guayaquil implementada por el alcalde Jaime Nebot, en mucho se asemeja a dicha estructura económica, ya que cual “encomendero mayor” ha delegado sus responsabilidades de gestión directa municipal, en las competencias que esta tiene, a un grupo de “encomenderos menores” llamados “fundaciones”.
Pero a diferencia de la encomienda española, que tenía finalmente que rendir cuentas al Rey de España, estos encomenderos ecuatorianos no rinden cuentas a nadie de lo que hacen con su presupuesto y su gestión, fruto de los aportes de los guayaquileños y de los aportes del Gobierno central; a no ser que estas cuentas se las haga en forma secreta y solamente al encomendero mayor, en este caso el Alcalde de Guayaquil…
Mucho se ha hablado de la “gestión exitosa” de la Municipalidad actual, pero nada se dice de la gran carencia de servicios básicos de los sectores de la periferia de Guayaquil, y tampoco se ha dicho nada de las prioridades en el gasto del presupuesto municipal, donde no existe una participación de los sectores involucrados.
Hemos oído, incluso a concejales, obviamente de la oposición, decir que ni ellos conocen el monto del presupuesto municipal ni su distribución. Los guayaquileños queremos conocer precisamente esa “entelequia” llamada presupuesto municipal, ya que tanta bulla se causó por él, convocando a una marcha que terminó siendo una marcha política para desestabilizar al Gobierno. Buen pretexto, en todo caso, para los fines políticos de la derecha.
Los encomenderos socialcristianos, llámense como se llamen ahora, deben saber que la verdadera ciudadanía guayaquileña sabe perfectamente que mucha parte de los recursos para financiar la obra municipal la paga el propio guayaquileño en sus planillas de agua, luz y teléfono a través de las tasas para alumbrado público, recolección de basura, bomberos, alcantarillado, CEM, y los llamados cargos fijos, que no entendemos a qué cuentas se dirigen, además del pago anual de los predios urbanos, es decir, el ingreso municipal es cuantioso y no sabemos su destino.
Finalmente, también nos damos cuenta de que toda esta contribución de la ciudadanía solo ha servido para la regeneración urbana del “adoquín y la baldosa”, mientras los sectores populares siguen careciendo de servicios básicos, a pesar de que los pagan.
Transparencia en el manejo de los recursos y “rendición de cuentas” es lo que pide la verdadera ciudadanía guayaquileña.
La “gestión exitosa” no existe, solo existe “la encomienda del adoquín”.
Marco W. Ricaurte Luzuriaga