Sábado, 25 Febrero 2017 00:00 Palabra Mayor

Los adultos mayores viven otra realidad

Los adultos mayores viven otra realidad
AFP

La humanidad vive un hecho inédito en la historia: el aumento en número y en porcentaje de los adultos mayores en el mundo.   

Esta nueva realidad empezó a notarse a partir de la segunda mitad del siglo pasado y la prospectiva demográfica indica su crecimiento, por lo menos en los próximos 25 años, en medio de cambios rápidos y profundos.

La nueva población, mayoritariamente conformada por personas adultas mayores, no está incluida en el mercado laboral habitual.

En las últimas dos décadas se produjo un cambio profundo en el sistema económico mundial y en la escala de valores.

Esto originó la caída de una de las grandes potencias con diferente sistema económico, el violento boom de desarrollo tecnológico de las comunicaciones, los incrementos del gasto en servicios, el cambio ideológico de la concepción económica, el acceso a la educación, a la adquisición y conservación del empleo, a la vivienda digna, a la salubridad ambiental. Es decir, se pasó a un sistema económico social que los considera una responsabilidad individual.

Si esto es así, si ya no son un derecho de las personas sino una responsabilidad individual, la sociedad y, por ende los gobiernos, ya no se sienten obligados a asegurar salud, educación, vivienda, trabajo, inclusión y salubridad.

A partir de la caída del sistema soviético, el capitalismo que impera en el mundo está representado por tres grandes modelos: el japonés, el del mercado común europeo y el norteamericano. Los dos primeros son fuertemente proteccionistas para su economía interna y mantienen aún una fuerte red social.

En cambio, el modelo norteamericano apunta a liberalizar la circulación de bienes y servicios. Hace un rígido seguimiento de su intercambio, pero tiene poco en cuenta la necesidad de una red social y un compromiso oficial asumido por el gobierno federal.

Lamentablemente, los países de América Latina seguimos este último modelo, que desembocó en la disminución del nivel de salud poblacional y en el incremento de patologías que venían con tendencia decreciente; en un estancamiento del sistema educativo general; en la marginación y expulsión de una gran cantidad de personas de los trabajos, que los transforma en ‘parias’, sin un lugar en la sociedad, indignos en la práctica de la consideración y estima familiar, que los conduce, en poco tiempo, a una sociopatía difícilmente recuperable.

La atención

En este marco, el acceso y la conservación de una vivienda digna es una utopía, en especial para los jubilados que pasaron a constituir una nueva categoría social: los pauperizados o nuevos pobres.

Tampoco la salubridad ambiental puede recibir en este contexto los cuidados e inversiones adecuadas.

De persistir este modelo, conducirá a mayor exclusión social, lo que lleva a más gente fuera del ámbito laboral y de aporte previsional, con población sin jubilación ni recursos futuros, con deficiencias de salud, educación y vivienda.

De manera urgente debemos cambiar el modelo, recrear la solidaridad, que la producción esté al servicio de las necesidades de la gente, que la formación del talento humano sirva para paliar las necesidades y requerimientos de la población, para incentivar la capacitación, producir bienes y servicios a un costo y con una tecnología que se adquiera y mantenga.

Esto exige capacitarnos en creatividad, en imaginación, en conocimientos y en actitudes, donde los valores no sean solo un discurso ni la solidaridad algo para ser buscado solo en los diccionarios, ni la participación convocada solo cuando se necesita electoralmente.

Debe ser una práctica cotidiana, a la que se alimenta con información, con canales de escucha adecuada, que lleva a la puesta en marcha de las acciones que satisfagan los requerimientos expresados y seriamente estudiados y trabajados.

Todo este discurso, ¿es solo una utopía? Hay muchos ejemplos que prueban lo contrario: trabajos de chicos en los que son modelos de solidaridad, de concienciación del cuidado y saneamiento del ambiente, de no tan chicos en los que muestran la viabilidad de construcción de barrios dignos a población de escasos recursos, de adultos y adultos mayores que construyen día a día mutuales, cooperativas y entidades de bien general, que proveen información a sus pares y apoyo en sus necesidades.

También desde distintos ámbitos institucionales, oficiales y privados, surgen esfuerzos traducidos en acciones que intentan articular una red de agrupamientos espontáneos de adultos mayores, crecer en actividades participativas, crear objetivos de vida, conocerse e intercambiar apoyos.

La idea es formar a personas e instituciones que trabajen para conformar esta red solidaria, que empiece a modificar la sola visión competitiva de uno contra los otros, donde hay ganadores y perdedores, y estos quedan en este modelo como parias, deshechos, marginados.

Todo el esfuerzo y el trabajo social mencionado es sumamente auspicioso como posibilidad de cambio de una política global. El desafío es cómo unirlos en un movimiento que tenga coherencia y capacidad de cambio.

Los pobres estructurales

Hasta la década del 70 solo se conocía a los pobres estructurales, con N.B.I.(Necesidades Básicas Insatisfechas), con viviendas precarias, alto índice de analfabetismo y deterioro de todos los indicadores sociales de bienestar. Este grupo constituyó entre el 4% y el 13 % de la población total, según las épocas y las regiones. A partir de esa década, se agregan los pauperizados.

¿Quiénes lo constituyen? Principalmente los que se quedan sin trabajo y los jubilados y pensionados sin ingresos adicionales. Gente por lo general mayor, que difícilmente consigue insertarse en un esquema de producción remunerada, que lo que cobra no le alcanza para cubrir las necesidades mínimas.

Gente afectada por el deterioro de las condiciones de confort básicas: vivienda propia, posibilidad de paseos, sostenimiento de la salud por el no fácil acceso a servicios y medicamentos.

En este contexto, el sistema de salud también presenta grietas cada vez mayores, ya que sus dirigentes privilegian solo el aspecto económico del cuidado en vez de la calidad de vida del beneficiario, (o cliente como gusta decirse en algunos ámbitos). Esta población, desde fines de la década del 70, constituye entre el 15% y el 25 % de la población total, según las provincias y los distintos momentos de estos últimos veintidós años.

Dicen que la necesidad es la madre de todas las virtudes. Pero antes es útil observar cuál era el rol social de los ‘viejos’ hasta hace 60 años.

El rol principal de las personas adultas mayores en las ciudades era el de consejero familiar. Pocos eran los que tenían una actividad de otro tipo.

Los cambios que advienen en las décadas siguientes mueven el piso a todas las generaciones.

Los años 50, 60 y 70 (influenciados por una sensación de prosperidad creciente, de confianza en el accionar del ser humano, del progreso indefinido de los avances acelerados, del cambio de roles de la mujer adulta y, por ende, del varón) dejaron descolocados a ambos. Les planteó la necesidad de aprender a ubicarse en relación a ellos mismos, a su mutua interrelación, a la que tenían con sus hijos. En esta línea, la relación con sus padres quedó desdibujada, relegada a ser pensada después, más adelante, cuando estuvieran asentados.

A esa generación ese más adelante se le vino encima, sin darse cuenta de una serie de factores.

El desarrollo de la urbanización con el mayor soporte y provisión de servicios a grupos vulnerables, el avance tecnológico, el Estado benefactor, la prosperidad creciente, posibilitó que grandes capas poblacionales accedieran a edades cada vez más avanzadas.  

De golpe, los adultos se encontraron con la responsabilidad de cuidar de los hijos, que también cambiaban y a los que casi no los conocían. La responsabilidad hacia sus padres, los que, a medida que aumentaba su envejecimiento, comenzaban a presentar con más frecuencia necesidades y requerimientos distintos, a los que tampoco sabían cómo enfrentar.

Fue la época del desarrollo de los geriátricos, de ciudades y sectores exclusivos para viejos. No fueron la solución. Ni para los adultos mayores ni para el resto de la sociedad.

No fue grato para las personas mayores porque significó sacarlos de su contexto vital, amputarles su historia familiar y social y, con ello, empobrecerlos psíquicamente. De ahí al deterioro hay un paso muy estrecho. Para el resto de la sociedad significó quitarles su historia viviente, su testimonio y su espejo futuro. El corte a sus padres era el corte a sí mismos. En esta nueva realidad, los adultos mayores se encuentran definiendo un rol que les permita ser valorados y respetados, como seres humanos. (O)

¿Qué actitud deben tener los adultos mayores frente a los cambios?

Los adultos mayores comenzaron a juntarse según sus inquietudes y aspiraciones. Un grupo se lanzó a reivindicar un ingreso jubilatorio que cubriera las necesidades mínimas, que respondiera a la esperanza depositada en el ahorro previsional y en los años de productividad laboral, y que les sirviera para no depender de sus hijos en un momento de la vida en el que no pudieran seguir generando ingresos suficientes para sostenerse.

El colectivo se unión para que ellos no tuvieran que sentir la violencia de pedir, con el agravante de ver que, en muchos casos, sus hijos apenas pueden sostener a sus propios descendientes.

Otro grupo, el de las Abuelas de Plaza de Mayo, pidió despertar las conciencias sobre el reclamo a la propia identidad. Logró hacer trascender algo casi ignorado.

En una época lejana y oscura de la vida como país, hace casi 25 años, unos hombres se arrogaron el derecho de ser dioses, de ser dueños de la vida, de la opinión y hasta de la descendencia de otros, les arrancaron a sus hijos de las entrañas y se los dieron a desconocidos.

Las abuelas consiguieron hacer público lo oculto y, al inundarlo de luz, lograron una toma de conciencia social del pasado reciente argentino, conocimiento que sirve para el presente y el futuro.

Un tercer grupo se sintió comprometido con las actividades cotidianas de sus pares. Pensó que era importante asumir realización de actividades, pero poder elegir las que querían hacer.

Así surgieron los conjuntos de bochas o de otras actividades en parques y plazas, los grupos de abuelos o de jubilados y pensionados o de la tercera edad para reivindicar el derecho a reunirse, a realizar actividades que les resultaran gratas, por ejemplo turismo, recorridas, gimnasia, bailes, juegos y tertulias. Agruparse para conocerse, sentirse vivos, activos, con objetivos.

Pocos alcanzaron a insertarse en la actividad laboral remunerada o explorar campos que en algún momento de sus vidas ansiaron y, por el trabajo o las obligaciones familiares, no las pudieron realizar esas actividades. En este lapso de sus vidas, con un bien preciado llamado tiempo, empiezan a vivir la posibilidad de utilizarlo en forma creativa y que les resulte gratificante para sí y para los demás. Cuando se hace algo para bien ajeno, termina volviendo hacia uno.

Las personas de la tercera edad encontrarán otros roles y funciones, y esto es así porque, sencillamente, la misma acción del grupo etario logró que la sociedad vaya aceptando que esta es una etapa más de la vida, con sus limitaciones y sus potencialidades.

Pero la comunidad no podrá prosperar  si no se integran todos. Que las diferencias por edad, sexo, nacionalidad, grupo étnico, social, sirvan para enriquecernos. (I)

Datos

Pese a las diferencias entre países, América Latina y el Caribe experimentan un proceso de envejecimiento poblacional con implicaciones para los gobiernos y sociedad.

En 2040, según cálculos mundiales, se espera que haya 73 economías envejecidas. Entre ellas, las de Brasil, Uruguay, Chile, Costa Rica y Cuba.

En las sociedades actuales hay dos hechos en torno al tema del envejecimiento: las personas viven en promedio más años que antes y hay un importante crecimiento en el número de personas en edades avanzadas.

Se define como envejecida a aquella economía en la que el consumo de las personas de 65 años y más supera el de los niños y adolescentes (de 0 a 19 años).

Los análisis económicos permiten estimar y proyectar el consumo de ambos grupos etarios.  (I)

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