Domingo, 14 Septiembre 2014 00:00 Mundo

“Los funcionarios no buscan a las personas desaparecidas... Yo no me rendiré”

Leticia Hidalgo trabajó con antropólogos forenses en la primera exhumación independiente de restos de desaparecidos, lograda con la organización Fundenl. Foto: Paula Mónaco Felipe
Leticia Hidalgo trabajó con antropólogos forenses en la primera exhumación independiente de restos de desaparecidos, lograda con la organización Fundenl. Foto: Paula Mónaco Felipe
Paula Mónaco Felipe. Corresponsal en Ciudad de México

Sabe rastrear teléfonos con tecnología de geolocalización. Pudo encontrar un auto que había pasado por cinco dueños en dudosas transacciones. Delimitó los 16 lugares por donde circulaba frecuentemente un secuestrador. Con trabajo meticuloso, valiéndose de un GPS y una computadora, ubicó un sitio donde narcotraficantes escondían a personas secuestradas. Tres fueron rescatadas gracias a su esfuerzo.

Leticia Hidalgo es una maestra jubilada y nunca pensó en ser investigadora. Hasta que un grupo armado secuestró a su hijo Roy, en enero de 2011 en Monterrey.

¿Qué hacer cuando desaparecen a un hijo? Buscarlo es la respuesta obvia, pero ¿dónde? ¿Cómo empezar y cómo seguir? El mundo parece gigantesco, abrumador.

“Ya nunca estás en paz”, dice Letty arrastrando lentamente las palabras. La zeta se hace larga entre el acento norteño y el pesar que aprisiona su alma.

Llora y llora pero sigue hablando con precisión, eligiendo cada palabra. Muchas veces las esperanzas se esfuman. “Cierro los ojos y esa oscuridad que veo es la misma que veo con los ojos abiertos”.
Pero la fuerza le gana al dolor y sigue adelante. Porque Roy pudo haber sido asesinado, pero también podría estar vivo. Muchos piensan que cientos -o miles- de desaparecidos viven cautivos, trabajando forzadamente para el crimen organizado.

Escucha, piensa y anota con su redondeada letra prolija. Letty registra hasta el más ínfimo detalle y así ya llenó seis libretas. Igual apunta respuestas de policías, nombres de funcionarios, pistas, datos, hipótesis que se le ocurren. En su vida no hay pausa, son 24 horas de pensar y hacer, más de 1.700 días buscando a su hijo.

“Siempre hay una pista que no me permite rendirme. Siempre hay algo que necesito indagar. Aunque ellos (funcionarios y policía) digan ‘ya se topó’, yo sigo y sigo”.
Es la única opción que tiene porque, en su experiencia sabe que, los funcionarios no buscan a las personas desaparecidas. “Mientras nosotros investigamos, se avanza. Nomás intervienen ellos y ya no avanzamos. Ellos están sentados en ese lugar porque lo que les interesa es el siguiente puesto y el siguiente. Estoy segura, casi los veo, que cuando nos vamos agarran el papel y lo meten en un cajón.

No entienden un carajo de lo que estamos diciendo. Parece que habláramos lenguajes completamente distintos”.

“Siempre les he dicho ‘no necesitamos más papeles. Necesitamos sus piernas, sus manos, sus ojos’”.
A fuerza de frustraciones, Letty divide el mundo entre “ellos” y “nosotros”. De un lado pone al gobierno, funcionarios, policías, militares y narcotraficantes. Del otro a las víctimas, sus familias y una sociedad indefensa.

Cuenta un sinfín de anécdotas que dan fe de sus reclamos. Por ejemplo, recuerda que confió en el Ejército mexicano y le entregó muchas pistas. “Pero después de tres semanas, ¿sabes qué nos dijeron? ‘Nosotros no somos investigadores, no investigamos nada. Usted díganos dónde está y nosotros vamos’”. 

Se ha transformado en una madre incansable que domina procedimientos legales y enfrenta a la prensa. Forma parte de la organización Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos de Nuevo León (Fundenl). Ha tocado todas las puertas: Procuraduría General de la República, marina, policía, Ministerio Público, alcaldía de Monterrey e incluso llegó hasta el expresidente Felipe Calderón, quien le contestó una carta, pero tampoco hubo avances.

No se pierde en los laberintos burocráticos. “Nos ven con esa mirada de ‘estás loca’, con esa mirada que nada más uno ve. Dicen que son ocurrencias de la nada, ‘señora eso solo pasa en la tele, señora deje de ver tanta televisión’. Al principio nos sentíamos locas, pero ahora nos damos cuenta de que estamos más cuerdas que ellos”.

Locas también llamaban, tres décadas atrás, a las Madres de Plaza de Mayo (Argentina). 

El secuestro

Fue la madrugada del 11 de enero de 2011. Leticia y sus hijos -Roy y Ricardo Rivera- dormían en su casa, en el municipio de San Nicolás de los Garza, zona de Monterrey.
Despertaron por fuertes ruidos. Pensaron que eran balazos, pero en menos de un minuto había cerca de diez hombres con armas largas dentro de la casa. Tenían playeras negras y uniforme oficial de la policía, chalecos que decían ‘Escobedo’ (municipio vecino).

Luego llegó el jefe de la banda con el rostro descubierto. Entre insultos, patadas y culatazos, robaron todo cuanto encontraron. En un camión custodiado que esperaba fuera se llevaron los objetos y también a Roy, de 18 años.

En ese momento, dice Letty, se destruyeron las vidas de toda una familia. Fueron extorsionados y aunque pagaron el rescate nunca más supieron del muchacho. Solo pudieron escucharlo por algunos segundos durante las negociaciones. Su voz tímida y temerosa diciendo palabras de amor hasta que los captores soltaron carcajadas entre el bullicio de fondo. Todo indica que en el lugar había muchas personas, probablemente secuestradas, lo que se conoce como una ‘casa de seguridad’.
Minutos después del secuestro, una patrulla pasó frente al hogar. No se detuvieron aunque estaban completamente abiertas las puertas, ventanas y el portón, dejando ver luces encendidas y desorden anormal.

Otros dos jóvenes fueron secuestrados en ese barrio durante esa semana, casi de la misma manera y solo una de esas familias presentó denuncia formal.
Expertos y militares les han dicho que probablemente se trató de una banda de policías en activo. “Ya no son nada más los narcotraficantes comunes sino ayudados por la policía y el gobierno. (Desde hace algunos años) empezamos a no poder distinguir entre narcotráfico y gobierno”.

El líder de la banda, el hombre que entró con la cara descubierta, ha sido apresado por otra causa. Sin embargo, las autoridades aseguran que no les ha brindado información apropiada para dar con Roy Rivera ni con ningún otro desaparecido. 

Las víctimas

“Daños colaterales” llamó el expresidente Felipe Calderón a las personas asesinadas y desaparecidas en su criticada Guerra contra el narcotráfico (2007-2012). Los muertos fueron más de 121.000, según datos oficiales, y los desaparecidos cerca de 20.000, aseguran organizaciones no gubernamentales.

La llegada de Enrique Peña Nieto al gobierno no se ha traducido en una reducción significativa de la violencia. Aunque el mandatario insiste en que los asesinados se redujeron en un 30%, la prensa local contabilizó más de 57.000 durante los primeros 20 meses de su gestión, contra los 43.694 en el mismo período de la administración anterior (semanario Zeta, agosto 2014).

En cuanto a desaparecidos, el Centro de Análisis e Investigación Fundar ha denunciado que hay registros de 9.790 casos en lo que va del gobierno de Peña Nieto, un 78% más que en la administración anterior.

Pero las autoridades entregan números cambiantes y ni siquiera utilizan el término desaparecidos, hablan de “personas extraviadas”.
Roy es uno de los miles. Su familia no dejará de buscarlo.

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