Sábado, 05 Agosto 2017 00:00 Cultura

Entrevista / ray loriga / escritor, guionista y director de cine español

“Probablemente una de mis mayores pasiones previas al rock fue el jazz”

Ray Loriga, escritor, guionista y director de cine español
Ray Loriga, escritor, guionista y director de cine español Foto: Marco Salgado / El Telégrafo

El ganador del último premio Alfaguara de Novela, por la obra distópica Rendición, estuvo en Quito, donde habló sobre sus preferencias más elevadas: la música y la poesía que lo acompañan en sus viajes.

Redacción Cultura

Ray Loriga (Madrid, 1967) llegó por primera vez a Quito para presentar una novela en la cual no hay rastros de salvación. El futuro que plantea Rendición, obra ganadora del Premio Alfaguara de Novela en su última edición, es tan claro que hasta la mierda se puede ver, literalmente. 

Autor de novelas como Héroes o Tokio ya no nos quiere, que han sacudido a toda una horda de lectores que escuchaban rock mientras leían a la generación beat, Loriga se convirtió en una de las voces más frescas de la literatura española.

“Como lector, nunca he hecho distinciones entre la literatura española y latinoamericana. Me llega en iguales condiciones de impacto la lectura de una obra”, dice Loriga en la cafetería del hotel donde se hospeda. Tras la primera pitada del que será su tercer cigarrillo Camel durante la entrevista, el escritor de Caídos del cielo habla de sus ídolos.

¿Cómo ha marcado la muerte en los dos últimos años de toda una legión de músicos –como David Bowie, Chris Cornell o Leonard Cohen– que lo han influenciado?

En el caso de Bowie me tocó muy dentro. Él ha sido un compañero mental durante todos estos años, desde mi adolescencia y fíjate que ahora ya tengo 50 años. Además tuve la fortuna de conocerlo brevemente, en una fiesta, lo cual me hizo mucha ilusión porque en mi novela Héroes yo soñaba que hablaba con Bowie. Incluso su despedida ha sido sublime.

El hombre tenía su último personaje bien pensado (en el disco  Blackstar) y era un fantasma que se va, que sabe que se va a ir. Lo mismo pasó con Leonard Cohen cuando escribió You Want It Darker; él ya está hablando desde el otro lado. Y me alegra que ambos hayan muerto en perfecto estado de lucidez, produciendo hasta el último día de sus vidas, con la mente bien clara.

Con el devenir del tiempo, ¿se ha distanciado o refugiado más en la obra de esos músicos?

Han sido una compañía más que un refugio. Pero bueno, también muere más gente que respetas y tienes que habituarte a eso, a ver desaparecer a la gente que admiras, como el magnífico poeta estadounidense Mark Strand, de quien traje un libro para este viaje. 

¿Ahora qué escucha?

En mi spotify soy muy ecléctico. Puedo ir del vals peruano a Oasis y, de ahí, a Caetano Veloso. También escucho mucho jazz, que es una de mis más grandes pasiones. Probablemente una de mis mayores pasiones previas al rock, fue el jazz. Siempre he sido un buscador de discos de jazz, sobre todo de la época del bebop, con Charlie Parker, Thelonious Monk, Bud Powell, y luego con John Coltrane, Miles Davis, Billie Holiday o Sarah Vaughan.

¿Escucha música mientras escribe?

A veces sí y otras, no. Antes escuchaba más música mientras escribía, pero últimamente tiendo a escribir en silencio y escuchar música en otros momentos.

Usted es un autor que se ubica por fuera del canon de autores españoles –como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina o Arturo Pérez Reverte– que tanto se consumen en América Latina, ¿se siente un escritor disonante?

No tengo nada contra los escritores que has citado, que son amigos míos y que nos leemos mutuamente, pero sí estoy de acuerdo que mi línea siempre ha sido otra; he escrito de otros temas, con otros intereses y, quizás, con otros objetivos.

Uno de los temas que más se ha escrito en España es sobre la  Guerra Civil, pero usted toma distancia de aquello en sus obras, aun cuando de niño vivió la muerte de Franco...

Sí, hasta en mi último libro (Rendición) hay como esa especie de limbo que no habla de nada en concreto, pero sí de lo que podríamos llamar la condición humana. Desde el principio, cuando escribí Lo peor de todo, pensé hacer una novela de lo que me pasaba. No tenía referentes políticos, ni costumbristas, ni nada, todo fue muy orgánico. Nunca he hecho un estudio de mercado, de posicionarme intelectualmente o de interesarme en cómo va la corriente literaria para tratar de distanciarme de ella. Simplemente he ido por mi propio camino y da la casualidad que no era como el de los otros.

Esa ausencia de tratar un tema que esté vinculado con su entorno, se manifiesta en Rendición,  en donde aborda la guerra desde el anonimato...

Desgraciadamente las guerras son muy parecidas. Todas conllevan, casi siempre, el mismo dolor, la diáspora, el traslado obligatorio y es ahí, en ese territorio, donde me interesaba escribir. No quería hacer una novela periodística ni documental. Me propuse hacer una fábula con un estilo, quizás, surrealista. Partí un poco de la idea de Los viajes de Gulliver, del asunto da la identidad. Es decir: ¿quiénes somos más allá del reflejo que nos dan los demás, en contextos diferentes?            También hay esta idea de que siempre tenemos que estar contentos, aun cuando hay injusticias sociales y desigualdades. Pero si no estás contento, pues te compras otra cosa y ya, todo está basado en el consumo... 

En tus libros, el papel de las mujeres ocupa un lugar clave en la narración. En Rendición, por ejemplo, ella es la que conduce al protagonista al mundo letrado, lo que provoca que él tenga más consciencia del inminente derrumbe de su vida...                                         

Él tenía habilidades prácticas, había sido jornalero, capataz y cuando se convierte en el marido de la dueña de la hacienda, ella lo educa y le enseña a entenderse a sí mismo, a reflexionar. Ella lo conduce a la paradoja de intentar reflexionar, pero él no sabe muy bien cómo hacerlo y ahí está la clave de la novela. Él va reflexionando mientras le suceden las cosas, pero conoce muy bien sus limitaciones. (O)

La literatura debe alejarse de dogmas y de cualquier ‘obligación didáctica’

Ray Loriga presentó la novela Rendición en Quito, el miércoles pasado, ante decenas de sus lectores. Al hablar sobre el futuro, el autor español explicó que el miedo le parece un “recurso neurológicamente sano”. Y bromeó diciendo que si supiera predecir lo que va a ocurrir, apostaría en las carreras de caballos. “Así no tendría que escribir ni siquiera para vivir”, dijo en la librería Mr. Books, entre títulos de varios géneros y autores.

El escritor Óscar Vela definió a la novela como “distópica, llena de laberintos y puntos ciegos que permiten a los lectores llenarse de interrogantes, preguntándose incluso a cuál situación refería tal o cual metáfora”. El lugar de la historia habla de una ‘ciudad transparente’, en que sus habitantes están expuestos, incluso en sus acciones más íntimas. ¿Qué pasaría con nuestras máscaras habituales en este escenario?, preguntó el autor de Todo ese ayer y Loriga respondió que “la exhibición excesiva de la sociedad (real), su vanidad ha conseguido lo que no lograron mostrar el espionaje, la extorsión ni las torturas”. Esa vanidad, fama de unos pocos es explotada, explicó el narrador, quien estuvo pocos días aquí.

Hay partes de la novela que repiten en tono desenfadado del autor en Tokio no nos quiere, incluso para escenas brutales. “Pienso que es muy juicioso no hacer juicios, sobre todo en literatura”, sostiene el narrador, para quien el que la escritura empezara a tejer dogmas, como una obligación didáctica, sería un despropósito. “La escritura, si acaso, tiene un punto de vista, trata de observar y compartir con los lectores, pero nada más”.

El dejar de añadir juicios, florituras e hipérboles a lo narrado se explica porque “cuando los hechos exageran por sí mismos, el que los cuenta no tiene por qué hacer ese trabajo”. Como una confesión, el autor de Héroes dijo  que tuvo muy presente durante la escritura al libro Si esto es un hombre, de Primo Levi, y su tono para contar algo estremecedor, real, inenarrable como el dolor del Holocausto judío. “Esa narración mecánica de lo espeluznante que sucede es suficiente, incluso para mi tragedia fabulada, para que se sienta como propia, lo cual es el trabajo de la ficción”.

Con sus tatuajes a la vista, después de sacarse su chaqueta de cuero, el también guionista prefiere usar las palabras disensión, distancia o independencia para referirse a la rebeldía porque esta última “ha quedado como marca de consumo; sonaba muy bien pero hoy sirve lo mismo para vender (pantalones) vaqueros, que telefonía móvil o gafas de sol. Me interesa una sociedad que deje, al menos un margen individual de discrepancia”.

Para Ray Loriga, el término clave es la libertad, aunque se use mucho y comprenda poco porque la posibilidad de ser o no ser está inscrita allí. “Tengo la sensación de que la trampa es más perfecta en cuanto menos se ve y el demonio nunca se presenta dos veces con el mismo rostro; entonces, si algo aprendimos de los viejos totalitarismos es que, ahora, no se van a presentar con tanta desfachatez como antes”.

El agua es un elemento central en la novela más reciente del ganador del Premio Alfaguara. El narrador no llega a ser un héroe, ni siquiera pretende serlo porque está consciente de que sus razones no son las del mundo ni del todo buenas.

En su adolescencia, concluyó Loriga, seguía a autores anarquistas, “por la hermosura que conlleva esa idea. El problema de la anarquía es cuando se juntan dos y se organizan. Ahí se termina todo, aunque sea contradictorio y entre muerte y susto prefiero lo segundo”. (I)

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Rendición
El autor español hizo una gira por 12 países para presentar la novela ganadora.

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