Miércoles, 13 Septiembre 2017 00:00 Cultura

Entrevista / genoveva mora / crítica de artes escénicas

"La crítica, una forma de creación que tiene el impulso del arte"

Genoveva Mora, crítica de artes escénicas
Genoveva Mora, crítica de artes escénicas Foto: Carina Acosta / El Telegrafo

Por un nuevo aniversario de la revista El Apuntador, único medio especializado en la danza y el teatro ecuatorianos, su fundadora presenta una página web.

Redacción Cultura

La labor como crítica escénica de Genoveva Mora (Cuenca, 1964) empezó cuando vio la obra Ofelia o el juego, de Santiago Roldós e interpretada por Pilar Aranda. Desde ese momento un impulso por escribir la poseyó, aunque todo estaba en su contra: no pertenecía a ningún círculo de la danza o el teatro, no era de Quito y había ingresado a la universidad tardíamente, donde estudió literatura.

Luego de 20 años de escritura sostenida, Genoveva Mora se ha convertido en una de las voces más autorizadas de la crítica nacional. En 2004 fundó la Revista El Apuntador, la cual, pese a las adversidades económicas, ha seguido funcionando hasta ahora. Ayer, en una velada donde diversos artistas pusieron su cuerpo en escena, se lanzó la nueva página web de la revista.

¿Cómo asume la crítica escénica en un país donde, en términos generales, no hay crítica?

Leí una ponencia que hizo Santiago Roldós en la última edición del Fiartes-G, en la que hacía alusión a una pregunta que formuló el crítico cubano Jaime Gómez Triana, quien  decía: ¿qué de lo teatral te mantiene en el teatro? Yo trasladaría esa pregunta y plantearía: ¿qué de lo crítico nos mantiene en la crítica? Creo que la crítica es una forma de creación que tiene el mismo impulso del arte, aunque muchos piensen lo contrario. Hay quienes llegan a decir cosas como: ‘es crítico porque no pudo con el teatro’ o ‘hace crítica porque nunca pudo ser bailarina’. Y no es así.

Luego de 2 décadas de dedicarse a este trabajo, ¿cómo ha ido evolucionando su labor crítica?

Al comienzo escribía con mucha audacia. Miraba la obra y aplicaba las herramientas de la literatura sobre esa puesta en escena, que también es un texto. Escribía entre la emoción y el atrevimiento, pero siempre era muy cuidadosa porque pisaba un terreno desconocido. Luego entendí que tenía que estudiar y leer mucho. La lectura es la gran herramienta para escribir. Desde ese entonces llevo 20 años viendo teatro y danza todas las semanas, trazando ese camino entre dejar de ser público y convertirme en espectadora.

¿Ha ideado algún método?

En la crítica está la interpretación a partir de lo que te ofrece una obra. No es una interpretación arbitraria que a mí se me ocurre o una lectura por fuera del texto, que es la puesta en escena. Parto de lo que la obra propone y no de lo que yo hubiera querido ver.

Además del dinero, ¿cuál ha sido la principal limitación para sostener El Apuntador?

Cuando empezó el Ministerio de Cultura se abrió un rayito de sol y nos dijeron que nos apoyarían en cuatro revistas, pero la gloria solo duró dos meses hasta el día de hoy (ríe). De ahí siempre ha sido autogestionada. El Apuntador sí ha trascendido porque no solo estamos en Ecuador. Pero cuando se han dado conversatorios o congresos en otros países donde nos invitan regularmente, me he sentido huérfana, porque todo el mundo llega con respaldo estatal o de la academia. He tratado de enlazar la revista con la universidad, pero tampoco ha funcionado por esa vía.

De su experiencia en el medio local, ¿cuáles siente que son los principales obstáculos a los que se enfrentan las artes escénicas?

He sido jurado en algunos de los fondos concursables del Ministerio de Cultura y también de Iberescena. En el caso del Ministerio, hubo una primera instancia de fondos que fueron un desperdicio y lo digo abiertamente porque se dio tanto dinero sin saber para qué se entregaban esos recursos. Luego se pusieron más ordenados, pero hubo una especie de direccionalidad para que se trabaje bajo ciertos requisitos y ahí todos tenían que justificarse. Eso no debe ser así.

A la par hubo una pobreza de proyectos de gente que no sabía ni escribir sus propuestas. Alguna vez le dije a un ministro de turno: ¿por qué en vez  de otorgar fondos a gente que ni siquiera sabe escribir,  no destinan dinero a capacitación,  o hacen fondos para residencias, o se los manda afuera para que miren lo que pasa en otros países?

Además de los fondos, ¿siente que ha cambiado en algo la política  en cuanto a las artes escénicas?

No puede ser que alguien que lleva un festival como Escenario del mundo, por decir un nombre, con una larga trayectoria, tenga que concursar cada año por fondos. Esa no es la forma. Además, ¿qué haces con $ 20.000 o $ 30.000 para un festival? Nada. El Fiartes-G, por ejemplo, no tuvo el anterior año dinero y fue una cosa sacada del bolsillo, entonces decae. Pero por otro lado, frente a esta realidad, se dan seis millones de dólares para hacer el Festival de Loja y ahí tienes la respuesta de lo que están pensando como ‘política cultural’.

¿Cuál siente que es la principal debilidad del Festival de Loja?

Tenemos la manía de borrar todo lo que se trabaja. Supongamos que mañana viene el Estado y dice ‘yo tengo la plata y vamos a hacer la gran revista de crítica de este país’. Con eso estarían borrando todo lo que hemos trabajado. Siento que el Festival de Loja representa eso y además plantea una competencia desleal. Así como también es desleal la gratuidad de los espectáculos, que precariza el trabajo de los actores, de los bailarines. No es un tema de queja, sino de lógica.

 ¿En qué cree que el Estado pudo intervenir desde que se creó el Ministerio de Cultura?

Algo que pudieron haber hecho al  segundo día de inaugurado es darle utilidad a tantos edificios desocupados que tienen. Los artistas andan mendigando espacios para ensayar. Creo que el gremio es lo suficientemente chico para que les hayan dado espacios dignos. Ahora estoy haciendo un libro de pedagogías y veo los espacios en que trabajan los artistas y me muero de la rabia. Hay gente que hace danza en pisos de baldosas, el mismo Jorge Parra trabaja en su departamento y ahí ya lleva muchos años.

De lo que ha visto últimamente, ¿qué le ha llamado la atención?

Comprometido responder eso, pero te voy a decir. Lo que más me ha impactado en el último año que pasó fue Tazas rosas té. Siento que hay un trabajo muy serio en el grupo Mitómana, quienes hacen otro tipo de teatro por llamarlo de alguna manera y eso hace falta porque, como decía alguna vez una colega, Juana Guarderas, el teatro ecuatoriano es muy predecible. En danza, el grupo de Jorge Alcolea, El pez dorado, es el que más me ha llamado la atención. (O)

Una de las portadas de la revista
 El Apuntador cumple en 2017, 13 años de labor ininterrumpida desde su fundación.

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