Crónica a pie

El sitio donde puede hallar la vieja tecla con la letra M

- 26 de octubre de 2016 - 00:00
Foto: Lylibeth Coloma / El Telégrafo

A las 8 de la mañana de cualquiera de los siete días, los espacios ya están cubiertos casi en su totalidad. Desde la calle 25 hasta la 21 y desde la B hasta F, en el Suburbio oeste, la rutina es igual desde hace 12 años, cuando los vendedores aparecieron por primera  vez con todos sus bártulos habidos y por haber.

Rosa Gómez, de mirada hosca y sin arrepentimientos, no se moviliza de ningún lado, pues vive en la zona desde hace 25 años. La idea de vender alguna que otra cosita la sedujo desde que vio que los ‘afuereños’ -que llegaron expulsados de la calle Pedro Pablo Gómez (PPG)- al final del día contaban unas cuantas monedas. Entonces lo demás fue tender una lona en su portal y colocar, primero, zapatos de mujer y, luego, lociones ‘Coco Chanel’ y ‘Carolina Herrera’ de colores y estuches diferentes, pero que olían igualito.

“Como vi que tenían salida, comencé a reunir más mercadería”, recuerda la mujer mientras la calle es un hervidero de gente que pregunta por esto y por aquello. Tal como ella, cientos de comerciantes han hecho de las vías su almacén al aire  libre, uno que lo recogen al caer la tarde y lo vuelven a instalar por las mañanas, uno carente de facturas y sin cargos de conciencia tributarios.

Los clientes, que se confunden con los propios vendedores, saben que allí lo único que no se encuentra es lo que no está buscando. Después, todo lo demás existe.

Tanto arriba de la calle, en los portales, como en las aceras, los productos apilados se exhiben por miles y a precios inverosímiles: una blusa puede costar desde un dólar hasta 5; hay televisores, ventiladores, planchas, triciclos, diccionarios de francés y alemán, celulares, cables para conectar cualquier cosa, herramientas, patas de conejo para la buena suerte, toallas de segunda mano, muñecas desmembradas y de un solo ojo, como para un hechizo, y hasta pelucas para aquellos a quienes la edad ha comenzado a pasarles, a ellos sí, factura.

¿Una rueda para un triciclo viejo? ¿Una sartén sin mango para los muchines o los patacones? ¿Una sábana sin rastro de amores clandestinos? ¿Una aguja para el tocadiscos que dejó el abuelo? ¿Una peinilla de dientes fieros para cabellos indomables? ¿La tecla con la letra M que le falta a la compu?... Pues sí, allí se pueden conseguir sin mucho tranco y con casi nada de sudor.

Danilo Vera tiene un puesto de libros y revistas desde que las carpas ocupaban dos cuadras a lo sumo. Metido en una bvd curtida que deja ver sus axilas con estrías y pocos vellos, afirma que no todo lo que se vende allí es de mala procedencia. “Es verdad que aquí muchos pillos vienen a vender sus cosas, en especial del lado de la E, al fondo. Allí sí casi todo es robado”.

Difícil saber si las Aventuras de Robinson Crusoe o una enciclopedia jurídica española, que ofrece en primera fila, algún día ocuparán alguna biblioteca, lo cierto es que Vera, sentado en un taburete, cada ciertos minutos, arregla su muestrario editorial con entusiasmo. Los tiempos, para él, están duros. “Ya casi nadie lee”, se lamenta como si, a su edad, le fuera posible cambiarse de negocio.

A pocos metros de él, pero del lado de al frente, una mesa de tabla de poca altura, casi a ras de piso, exhibe cordones con luces de colores navideñas en medio de tres arbolitos de Navidad que semejan pinos verdecitos. La época es propicia para ofrecerlos a los transeúntes, pero nadie se acerca siquiera a preguntar cuánto cuestan. Al parecer, tienen otras prioridades, menos festivas, más al paso.

Desde la esquina de la 24 y la CH el olor de unos chuzos humeantes se esparce entre las narices cercanas; una mujer delgada, bajo una carpa multicolor, filetea un lomo de res con habilidad, un hombre mayor ofrece pollos patas amarillas y un hombre barrigón, con el ombligo brotado, como una pequeña nariz, ofrece CD de música y películas de ‘estreno’, pero de hace 5 años.

En medio del tumulto desorientado, un brazo con la Biblia en alto se mueve de un lado a otro. Su dueño, un hombre de poca altura pero de voz abigarrada, llama al arrepentimiento porque estos son los últimos tiempos. A él tampoco nadie parece escucharlo. El pecado es cosa de cada cual y, cuando hace sol, ni se lo siente.

La vida continúa mostrando sus goces y quebrantos, sus contrastes y sus matices. Algunos clientes consiguen lo que buscan y llaman a las tricimotos que, por 50 centavos, los llevarán a sus destinos cercanos. No se puede ir más allá de la ‘pista’ porque ninguno de los conductores, a tono con el sector, tiene papeles.

A pocos metros de allí, hacia las calles A y la 24, están los comerciantes de la Asociación San Vicente de Paúl, los que tienen todo en orden, los organizados, los que reciben el apoyo de la iglesia del barrio, los que no se mezclan con la ‘chusma’, los que, si les dicen ‘cachineros’, se sienten ofendidos... (I)

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