La instrumentalización de la justicia

- 09 de febrero de 2018 - 00:00

El barón de Montesquieu nos dejó una de las construcciones jurídicas más grandes de la contemporaneidad: la separación de poderes. Consciente de la arbitrariedad de épocas precedentes, el genio de la Ilustración advirtió fabulosamente la necesidad de crear un equilibrio institucional, de manera que no se acumulara excesivo poder en las mismas manos y se evitara así que su ejercicio se tornara totalitario. Esta visión de equilibrio se reflejaba de manera categórica en su máxima: “Un poder termina por devorar a todo lo demás; dos por enfrentarse; tres mantienen el equilibrio”.

Dentro de esa separación de poderes, el Poder Judicial se ha convertido probablemente en el más estratégico de los tres. Principalmente porque vigila el cumplimiento del Estado de derecho, siendo la salvaguarda de la legalidad, por encima de los otros poderes, dominados principalmente por unos partidos políticos enfrentados fratricidamente. Por lo tanto, sin la existencia de un Poder Judicial independiente que se eleve sobre la lucha política, el ideal de sociedad justa de Montesquieu fenecería, ya que, como alertaba, “no existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia”.

Desde la formulación de estos servicios, se libra una guerra de dominación por parte del poder político sobre el judicial; contienda en la que el segundo ha desarrollado gestas memorables de resistencia frente al acoso constante de la fuerza política dominante en cada momento histórico. En muchos países hay dirigentes políticos que han comprendido que lo más democrático para preservar la defensa de la sociedad y de las víctimas es dejar al Poder Judicial que sea independiente y responsable.

La destrucción de lo ganado por meros intereses ideológicos degrada a la democracia hasta hacerla desaparecer. Montesquieu advertía del peligro que suponía someter al Poder Judicial al indicar que “una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad”.

Por lo tanto, si como sociedad se avala este perverso revanchismo desde la justicia, olvidando lo conseguido con tanto esfuerzo por las víctimas de una dictadura feroz y por los organismos de derechos humanos, durante años, al margen de los colores políticos, se desarticulará el equilibrio de poderes y estaremos poniendo en riesgo de debacle a toda la sociedad. (O)

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