Cómplices de su extinción

04 de septiembre de 2013 - 00:00

Por haber vivido un poco más de dos años en la Amazonía, en la provincia de Sucumbíos, he visto con inmensa tristeza y profundo dolor la progresiva extinción de las nacionalidades amazónicas. El ejemplo de Sucumbíos es claro: hace 45 años cuando salió petróleo por primera vez de Lago Agrio, había unos 30.000 indígenas de 5 nacionalidades; desde esta fecha han invadido esta provincias unos 130.000 colonos, los indígenas quedan muy minoritarios con más o menos el mismo número de habitantes y han perdido sus territorios. Por lo mismo, están perdiendo su identidad, su cultura, sus idiomas, su manera de vivir y subsistir, en particular la pesca y la cacería. La deforestación avanza inexorablemente y la contaminación petrolera, maderera, turística y agrícola también. ¿Hasta cuándo?

¿No será que somos bien tranquilos y poco críticos con la extinción progresiva de las nacionalidades ecuatorianas de la Amazonía?


Allá descubrí, sobrecogido, lo que era la selva virgen con descendientes de civilizaciones milenarias; descubrí que había existido, grandiosa, sobre 1.000 kilómetros del río Amazonas, la civilización de los omaguas; descubrí también que era hijo de “indígenas”. Antes de Napoleón, Francia era como una confederación de nacionalidades indígenas dominadas por los reyes de Francia, que vivían en la región de París. Mis padres y los vecinos hablaban el “occitano”, idioma del sur de Francia. Nací y crecí en esa civilización, pero en la escuela, por la centralización impuesta desde Napoleón, nos castigaban por hablar este idioma… así dejé de ser “indígena” y desde la muerte de mis padres y de los vecinos no escucho más hablar el idioma occitano. ¡Cuánta pérdida!

En estos tiempos, donde el imperio yanqui-europeo está arrasando con países árabes, es fácil lamentarlo, criticar y denunciar. Pero, ¿no será que somos bien tranquilos y poco críticos con la extinción progresiva de las nacionalidades ecuatorianas de la Amazonía? La extracción de sus riquezas, al precio de su desaparición, hace nuestro desarrollo: la muerte lenta y violenta de estos indígenas, extranjeros en su propia tierra, nos saca de la pobreza. ¿Hasta cuándo seguiremos cómplices de este genocidio silencioso?

Monseñor Alejandro Labaca y la hermana Inés Sarango murieron para que no se avanzara más en la invasión de los territorios indígenas y no murieran los pueblos del Yasuní. ¡Qué fácilmente olvidamos cuando nos conviene!

Nos hemos olvidado, los cristianos, que Jesús se identificó con los más atropellados hasta reclamarnos en el Juicio Final: “He sido extranjero (en mi propia tierra), y no me han acogido… ¡Malditos! Aléjense de mí y vayan al fuego eterno”.