¡Viva Quito!

- 07 de diciembre de 2017 - 00:00

Soy quiteño, hijo de quiteños, lo cual hace de mí uno de los pocos y verdaderos quiteños. Decir esto era la mejor manera de empezar a discutir en diciembre de hace muchos años, con todos mis amigos y compañeros chagras, que se creían más quiteños que nadie.

Vivir en Guayaquil por cuatro décadas me hizo más mercantilista y emprendedor que la mayoría de mis congéneres. Y no es que en Quito no se trabaje, pero las abundantes oficinas públicas hacen que su fuerza laboral sea muy diferente al resto del país. Leo con algo de sorna comentarios de que las fiestas de fundación se han opacado por la falta de la feria taurina, que le quitó hispanidad a su celebración. Bueno, la tauromaquia está perdiendo adeptos hasta en España y no es por culpa del Gobierno anterior, sino consecuencia social de una diferente apreciación del arte y la bravura.

Es cierto que la feria taurina de Jesus del Gran Poder en la Monumental Plaza de Toros Quito, con un aforo de 15.000 espectadores, daba trabajo a unos cuantos cientos de personas. Pero también es cierto que paralizaba la ciudad por más de una semana. No sé dónde entraban las decenas de miles de funcionarios que pedían permiso para ir a los toros, con una plaza de muy pequeña capacidad. Pero bueno, esa es una de las leyendas de mi ciudad.

Lo cierto es que mi Quito, con su sol grande y sus noches estrelladas, creció y se desparramó por los valles aledaños y con sus 9 distritos metropolitanos, 32 parroquias urbanas y 33 parroquias rurales, tiene una población de 2,7 millones de habitantes. Y es muy largo comunicarse de norte a sur y peor de este a oeste. Su tráfico endiablado no ha podido ser optimizado por ninguna de las medidas que se han tomado y se espera que el discutido sistema subterráneo del metro solucione este problema.

Solo queda suspirar por aquellos años 1959 cuando la iniciativa de un locutor chagra en una popular radio, hizo que se arrancara con la ahora famosa fiesta de Quito para rescatar la "quiteñidad". Pero ya no se puede tener una fiesta unificada. Ya ni siquiera se pueden poner de acuerdo acerca de la belleza de su reina, peor sobre dónde mismo se hace el pregón y los varios desfiles de confraternidad.

En una ciudad metropolitana que tarde o temprano tendrá diferentes alcaldías zonales, y eventualmente un gobierno autónomo, se tendrá que pensar en nuevas formas de celebrar la pluriculturalidad que tiene esa bella ciudad. Pero por Dios, no se olviden, como yo no me olvido, de la mezcla de legados y herencias ancestrales que nos han llevado a amar, así sea a la distancia, a la muy noble y leal ciudad de San Francisco de Quito. (O)