Una ojeada a las elecciones (I)

- 11 de enero de 2017 - 00:00

El progresismo ecuatoriano ha hecho de la victoria presidencial en la primera ronda el mantra, o sea la concentración del esfuerzo en ese anhelo, convencidos en el efecto del ‘cambio de época’. El segundo desafío es no perder la mayoría en la Asamblea Nacional. Atención, se escribe progresismo y no Alianza PAIS, porque si el resultado es adverso el desaliento traspasará los límites de esa organización política.

Ciertas conversaciones se polarizan en lo fácil y en lo difícil de los resultados electorales para el progresismo. Aquello de fácil (optimismo peligroso) o difícil (y hasta imposible) depende de quien haga su rutina analítica; para el primer segmento el listado de obras es el fundamento del convencimiento al electorado, el segundo tiene como ariete neutrónico el anticorreísmo. Aquí se utiliza eso de ‘neutrónico’ porque, aunque no se ignoren las realizaciones de la Revolución Ciudadana, se privilegia la tirria al líder. ¿La infraestructura sin la gente que la planificó y cumplió?

El progresismo latinoamericano se apoyó en la fuerza política personal de sus líderes: Lula da Silva, Cristina Fernández, Hugo Chávez o Rafael Correa. En el menú de la politología se sirven explicaciones: caudillismo, populismo, paternalismo y otras parecidas. Los politólogos consumen en abundancia el eurocentrismo para fijar sus análisis comparativos y disfrazados por el caudal teórico. Ahí está el error, buscar fórmulas (con pretensiones físicas o matemáticas) para explicar el proceso civilizatorio y diverso de los países de las Américas, por fuera de su historicidad, “esa complejidad de condiciones” (Lidia Girola, dixit) inevitables cuando se buscan vías propicias y alternativas para no desamparar a inmensas mayorías populares.

El candidato presidencial Lenín Moreno, continuador de la línea progresista ecuatoriana (él aclara que no es ‘continuista’), con descensos, según las encuestas, tiene una reserva favorable imprevista por el cordón de analistas opositores, de Miami a Quito, es ese correísmo pasivo, menos dispuesto a cantar elogios a Rafael y más calculador de las pérdidas sociales ante una eventual derrota.

Ese correísmo no tanto impasible, pero algo pragmático, sin alardes analíticos, combina aciertos y errores del gobierno de la Revolución Ciudadana; observa la ampliación de los márgenes de consumo y la próxima gestión de la crisis a la antigua (aumento de la pobreza) o más creativa (justicia social en las dificultades); continuará la profundización de la inclusión de la diversidad en la vida económica ecuatoriana o se retornará al discurso racista de la ‘unidad en la unidad’.

Este jazzman cree (sujeto a errores) que no hay un pensamiento teórico al que se podría calificar de ‘correísta’, como no hay chavismo o lulismo, son liderazgos rupturistas, que dejaron de transitar “las vías más andadas” (valgan los antonio-preciadismos) y ‘arracimaron’ emociones colectivas por sus hechos. (O)