Las fabulosas farmacéuticas y el toque de Midas

- 09 de agosto de 2017 - 00:00

Midas fue un famoso rey griego, supuestamente capaz de convertir en oro todo lo que tocaba. Esos poderes parecen haber heredado las empresas farmacéuticas multinacionales. El escándalo más reciente sobre esta capacidad ha sido protagonizado por Martin Shkreli, de apenas 34 años. Este empresario estadounidense fundó la empresa farmacéutica Retrophim.

Hace dos años, él apareció en los titulares por haber subido el precio de un medicamento de vida o muerte (para quienes padecen VIH/sida) en un 5.000%. En otras palabras: hasta 2015, los pacientes con inmunodeficiencia pagaban $ 13,50 por pastilla diaria para controlar su mal; esto ya era grave, pues equivalía a más de $ 400 mensuales. Pero la compañía de la cual Shkreli es el mayor accionista subió el precio por pastilla… ¡a $ 750! O sea, $ 22.500 mensuales.

Ese fue su mayor crimen contra la humanidad. Pero el sistema no hizo nada contra la ‘libertad de empresa’. Hace pocos días lo condenaron por robar a su propia empresa.

Las farmacéuticas invierten en llegar a fabricar cada medicamento: investigaciones, fabricación del prototipo, experimentación en laboratorios, pruebas con animales y con humanos voluntarios, aprobación de la medicina en la FDA o en otra agencia, según el país de fabricación, promoción y publicidad que incluye la actividad de los visitadores médicos, congresos médicos, etc. A pesar de esa millonada de inversión, en caso de éxito, el medicamento se paga después de un corto tiempo de ser vendido, dependiendo de la demanda, y luego cada venta es ganancia. Porque la réplica del medicamento cuesta muy poco y el valor adicional que paga el paciente es lucro.

La propiedad intelectual es un derecho, pero tiene límites, como el plazo de 20 años de explotación, tiempo suficiente para amortizar la inversión que condujo a la creación del producto. Esta batalla perdida en la guerra contra el VIH/sida motivó a países como Brasil, India y Sudáfrica (con millones de pacientes) a enfrentarse con las transnacionales farmacéuticas.

Sudáfrica, en 2014 (según ABC de España), introdujo una nueva política de patentes que impide la exclusividad y permite encargar la fabricación a terceros, compensando al propietario de la patente. El Gobierno sudafricano ya empezó a usar este medicamento en cinco millones de pacientes, el 80% de la población infectada con VIH/sida en el país más rico de África.

Los procedimientos inescrupulosos de algunas farmacéuticas han sido el tema de fondo de algunas novelas de estos tiempos. Dos ejemplos me vienen a la mente. El Jardinero Fiel quizá es más conocido por su versión cinematográfica de 2005, pero su origen está en la novela del mismo título de John le Carré. El escenario es Kenya y en ese país africano una multinacional farmacéutica está probando Dypraxa, un medicamento contra la tuberculosis, en la población de una aldea, sin importarle los riesgos.

La otra novela, que trata la encrucijada que viven los visitadores médicos, es Karaoke, del ecuatoriano Luis Zúñiga. Eso sin contar con el asalto de algunas multinacionales a nuestra biodiversidad, pero esa ya es otra historia. (O)