La noche boca arriba

- 09 de Junio de 2017 - 00:00

Aún recuerdo, con la misma ilusión, la primera vez que hice radio. Estaba en tercer año de la universidad -en la gloriosa Central- y con María Elena Araujo y Cony Carranza, entre otros, heredamos un programa semanal en Radio Quito, que se emitía los domingos, después de la transmisión del fútbol.  Grabábamos los sábados y nos demorábamos -para desesperación del recordado Jaime Moya y Terry Williams- toda la mañana. No solo fue un gran aprendizaje en mi proceso de formación sino que marcó mi vida, pues desde entonces no he dejado de hacer radio.

Y recuerdo este inicio justo ahora en que acabo de cerrar una nueva temporada del programa La noche boca arriba, que se emite por Pichincha Universal, en el cual cada noche, de lunes a viernes, entrevisto a artistas, creadores y gestores culturales. Diálogos que me han permitido conocer de cerca no solo la obra de nuestros creadores, sino su pensamiento y también sus problemas, sus conflictos e incluso el abandono, y la soledad, en que deben vivir y trabajar.

Pero fue en una cobertura en el entonces Congreso Nacional que decidí ejercer el periodismo cultural; me sentía tan frustrado y decepcionado acudiendo cada día a las sesiones legislativas que un día me dije: “Basta, no más”. Fue una acertada decisión, a pesar de las dificultades para financiar programas, revistas y proyectos culturales, pues siempre será más fácil -y lucrativo- dedicarse a la farándula o a contar chistes. Por eso, cada vez me resulta más difícil encontrar ‘voces inteligentes’ en la oferta comercial radiofónica de la ciudad.

Y ya que estamos en los recuerdos, no olvido mi paso por la Nueva Emisora Central, del querido Carlos Efraín Machado, quien acogió un programa cultural -auspiciado por el Banco Central de entonces- que se emitía justo antes de la programación deportiva del mediodía. Enorme audiencia, lo que desmentía que a los oyentes no les interesa un programa dedicado a la cultura. A tal punto que los viernes transmitíamos en vivo desde el bar del hotel Real Audiencia -en plena plaza de Santo Domingo- hasta donde acudían los artistas invitados para charlar animadamente mientras contemplábamos -y admirábamos- nuestro precioso Centro Histórico.

Pero La noche boca arriba nació -como un tributo al gran Julio Cortázar- en la añorada radio La Luna que renovó la producción y programación radiofónica de Quito. Una parrilla de primera, con coproductores que innovaron y entusiasmaron a los oyentes. Una gran diversidad de propuestas, siempre alrededor de la cultura, condimentadas con dosis de humor y un profundo ejercicio crítico.

En La Luna generamos diversas propuestas con emisiones en vivo desde su café: conciertos acústicos, debates, homenajes, un club del libro para niños y jóvenes -en alianza con Alfaguara- y el Premio Nacional de las Artes Quitsato, que se entregó durante cuatro años a lo mejor de la cultura, y cuya ceremonia de premiación realizábamos en el Teatro Nacional Sucre.

Estos recuerdos se agolpan ahora en mi memoria al cierre de la séptima temporada de La noche boca arriba, a la que -en los últimos dos años- acudieron cerca de 500 invitados, sin contar las transmisiones en vivo. Y son esos invitados los que me han permitido aprender y crecer cada noche. Y la compañía diaria de los oyentes ha consolidado mi pasión por la radio; esa radio cercana, ciudadana y crítica. (O)

 

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