Columnista invitado

EE.UU., Cuba y la pueril provocación

- 07 de Octubre de 2017 - 00:00

De los supuestos ataques acústicos mediante ondas ultrasónicas contra personal de la embajada de Estados Unidos en La Habana, Washington no ha podido ofrecer la menor evidencia. Ni siquiera algún indicio, por frágil que fuese, de esas acciones y de sus ignotos autores. Solo decires sin sustento. Incluso nadie, ni la Casa Blanca ni las muchas agencias de espionaje a su servicio, se han atrevido a acusar a Cuba de esos improbables actos.

Pero con el pretexto de unas supuestas lesiones auditivas o audioneurológicas a su personal en La Habana, EE.UU. simplemente ha decidido reducir drásticamente la plantilla de la embajada de Cuba en Washington y hacer lo mismo con su propio personal en la embajada de EE.UU. en La Habana.

Estas dos acciones de la Casa Blanca significan simplemente un boicot, un entorpecimiento a las relaciones diplomáticas entre ambos países. Un freno al deshielo iniciado hace unos meses entre los presidentes Barack Obama y Raúl Castro. Este es hasta el momento el saldo neto de la mala novela de ciencia ficción de los ataques ultrasónicos.

Y si este es el saldo neto, es decir, resultado final de esa puesta en escena, se puede colegir con facilidad que tal era y es, también, el propósito de los ideadores de aquella patraña.

Y cabe preguntar entonces a quién o a quiénes puede beneficiar o interesar el deterioro en las relaciones cubano-estadounidenses. Y la respuesta no puede ser más sencilla y obvia: a aquellas personas que a lo largo de los últimos sesenta años han tenido y mantenido ese propósito: los sectores más radicales del exilio cubano, sobre todo en la Florida.

De ese modo aparecen ciertos nombres: Mario y Lincoln Díaz-Balart, Marco Rubio, Ileana Ros-Lehtinen, Bob Menéndez y muchos otros de ideología anticomunista y práctica terrorista. Son los miembros más prominentes del poderoso lobby anticubano que día tras día a lo largo de décadas han buscado impedir el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y de todo tipo entre Estados Unidos y Cuba.

Como es del dominio público, con los años esos esfuerzos fueron perdiendo gas. Desde el gobierno del presidente James Earl Carter hasta el mandato de Barack Obama. Ahora, sin embargo, y con Donald Trump en la Casa Blanca, vuelven a tomar fuerza, y con improbable éxito final, los propósitos de sabotaje de los nexos Cuba-Estados Unidos.

La convicción del muy improbable éxito final del boicot de relaciones en curso obedece a diversas y poderosas razones. En primer lugar, la documentada pérdida de influencia del lobby anticubano de la Florida, por su probado historial de terrorismo, criminalidad y corrupción. En segundo término puede anotarse la inconsistencia política y gubernativa de Donald Trump. Hoy hace una cosa y mañana la contraria. Una cosa es darle gusto a su porra ultraderechista con actos discursivos y estrambóticos, y otra muy distinta perjudicar a los muy poderosos grupos económicos, comerciales y financieros que miran en Cuba las posibilidades, reales y ya probadas, de buenos negocios y mejores ganancias.

El tercero y más importante factor del fracaso final de esta tentativa de boicot en los nexos de la potencia con la pequeña isla es la actitud serena y la reacción calculada del Gobierno cubano. Nada de estridencias, nada de sobrerreacciones, nada de recoger el fantasioso guante. Calma y a esperar con paciencia que se desmorone la pueril provocación. (O)

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