Lunes, 20 Junio 2016 00:00 Cartón Piedra

Sublenguar el vertije: El verbo de Jorgenrique Adoum

Jorgenrique Adoum en la Muralla China en 1965.
Jorgenrique Adoum en la Muralla China en 1965.
Redacción cartóNPiedra

Gabriel García Márquez recordaba en sus memorias, Vivir para contarla, un poema de José Manuel Marroquín (presidente de Colombia entre 1900-1904): «Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan/ [...] vengo a suspirar mis lanzos, ventano de tus debajas». Un disparate genial llamó el Nobel a estos versos.

Unos años antes de publicar este libro, García Márquez fue al primer Congreso de la Lengua Española, realizado en Zacatecas (México) en 1997, donde leyó su discurso ‘Botella al mar para el dios de las palabras’, en el que sugería enterrar las haches rupestres, firmar un tratado de límites entre la ge y la jota y poner más uso de razón en los acentos escritos, «que al fin y al cabo, nadie va a leer lagrima donde diga lágrima». Era su propio disparate genial, que hablaba de ese elefante en la habitación con el que aún carga nuestra gramática. A la academia, esa botella al mar le cayó como una bomba. Al día siguiente, García Márquez decía en una entrevista que «es increíble que a la hora de la verdad hasta los más liberales sean tan conservadores».

Al mismo encuentro acudió Jorgenrique Adoum para pronunciar un discurso más serio, pero que, en el fondo, le daba base teórica a un ejercicio que puso en práctica en muchos de sus poemas: la subversión del lenguaje —sí, otro disparate genial—, un experimento, cuando menos, liberador. O tal vez la palabra precisa sea «decolonizador». ‘La lengua y el libro’ se tituló esa ponencia en la que hablaba del papel que había cumplido la lengua española como herramienta de dominación en la Conquista de América.

Mas, por una jugada de la dialéctica, el habla dominadora —la de la administración, la de la justicia cuando la hubo, la de la educación reservada, al comienzo, a los hijos de conquistador o encomendero— fue martillada y moldeada aquí, en las siembras y en la almohada, entre dos latigazos o entre dos rezos. A diferencia de lo que ocurre con el proceso, a veces empobrecedor, de la aculturación, y con el otro, no siempre terminado, del sincretismo religioso, América le devolvió a España un habla diferente, mestizada, enriquecida por todos los aportes que fueron a parar en su cauce. Y en literatura se produce un doble descubrimiento simultáneo: el de un mundo en donde para el poeta, como para el descubridor de países, todo estaba por nombrar, y para el novelista todo estaba por contar.

Jorge Enrique Adoum, Zacatecas, 1997

En su adolescencia, Jorgenrique intentó unirse a las filas del Partido Comunista, pero lo consideraron demasiado joven. Tratándose de una persona con ese tipo de inclinaciones, era natural que subversivas fueran sus líneas. Si no en fondo, en forma.

Uno de sus poemas empieza con un «Te número te teléfono aburrido», para desencadenar imágenes como «te pelo te cadero me cinturas». ‘En el principio era el verbo’, se llama el poema, y ese título que suena a génesis mitológico —o bíblico, que todo empieza siempre por el caos—, tiene todo el sentido del mundo: el verbo no existe más, todo acto se expresa ahí con un sustantivo, para contar una acción, pasión o estado cuyo eje narrativo se encuentra más allá del lenguaje: alterar el idioma es, quizás, una forma más natural —más sensible, para el que lee y el que escribe— de hablar aquí.

En su obra, cada palabra se convierte en una imagen que, por sí misma, dice aquello que no se puede expresar de otra forma.

Este discípulo de Neruda, que ejercía uno de los trabajos más vanguardistas de su generación en cuanto al uso —y el abuso— de la semántica y la morfología, alcanzó en la última etapa de su obra, que empieza más o menos alrededor de la publicación de su libro Prepoemas en postespañol —ya este título resulta sugestivo—, una voz que parecía haber estado buscando desde el inicio (cuando era el verbo).

En el artículo ‘Juego de parodias en Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum’, publicado en 2006 por la revista andina de letras Kipus, se afirma que en esta novela —que en 2016 cumplió cuatro décadas de haber sido publicada por primera vez—, se puede apreciar en toda su extensión la estética subversiva de la obra de Jorgenrique. Esos rasgos se dejan rastrear a través de la manipulación que ejerce el autor en tres elementos principales: la parodia (eje fundamental de subversión), la construcción textos y discursos de diversos estilos de lenguaje, y la construcción polifónica de héroes y personajes.

El uso de estos elementos «son fuerzas centrífugas que sirven y servirán de nueva pauta a futuras producciones novelísticas latinoamericanas de género anti-canon, en el siglo XXI», remata el artículo, que coloca a «texto con personajes, como él lo definía» en una corriente de obras por un espíritu de rebeldía (por eso aquello de «anti-canon»), iniciado con la aparición de novelas fragmentarias, de estructura híbrida y paródica como Rayuela, de Julio Cortázar y Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.

Los textos de Adoum están repletos de esa lingüística rota, de esa destrucción del lenguaje que aparece como único camino para volverlo a construir. Se trata de una tarea que ya solo se puede emprender desde un dominio casi erudito del idioma. Lo fónico aquí es significativo, tal como ocurre con este otro poema subversivo que viene a continuación:

Pasadología

a contrapelo a contramano

contra la corriente

a contralluvia

a contracorazón y a contraolvido

a contragolpe de lo sido

sobreviviendo a contracónyuge

a contradestino y contra los gobiernos

que son todo lo absurdo del destino

a contralucidez y contralógica

a contrageografía (porque era

contra pasaportes dictadores continentes

y contra la costumbre

que es más peor que nuestros dictadores)

contra tú y tus tengo miedo

contra yo y mi certeza al revés

contra nosotros mismos

o sea contratodo

y todo para qué

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