El huevo de la serpiente

- 29 de Abril de 2017 - 00:00

Demasiadas veces se ha evocado ya en el mundo el nombre de la película del sueco Ingmar Bergman, que simbolizó con esa frase su recreación del ambiente de siembra de miedo, mentiras y odio que dio lugar al nazismo, experiencia histórica cuya impronta de horror debería haber dejado lecciones definitivas a la humanidad.

Pero no solo se repiten a distintas escalas experimentos de manipulación social con fines perversos, sino que surgen versiones llenas de la prepotencia de una derecha que ‘regresa’ con afanes de control y protagonismo totales, de unas élites arrogantes que consiguen sumar por intimidación, engaño, compra, o arribismo, a gentes de clase media y popular, a grupos cuya trayectoria errática no deja de sorprender.

Si la exhibición de la riqueza, del ‘ocio ostentoso’ para inducir a la emulación fue, como estudió Veblen en su tiempo, clave en la configuración y hegemonía de las élites en el norte, hoy parecería que la exhibición sin tapujos de tramas de falsedad y engaño social, de abuso político, de asalto a bienes públicos e instrumentalización de protestas sociales vaciando su contenido es la forma de dominio de las élites de estos lares.

Desde la Caracas de estos días, Marco Teruggi reporta el modus operandi de los grupos opositores que asolan con su violencia las calles, en general decenas de personas encapuchadas, entrenadas para maximizar su presencia destructiva ocupando grandes áreas, utilizando bombas molotov, otras armas y recursos, “son la base de la derecha golpista, vestida con estética de rebeldía”, nos dice. Variadas formas de violencia se despliegan para desgastar a un gobierno, atacar bienes y servicios públicos, acosar a un pueblo y falsear mediáticamente los hechos.

En Brasil, luego de un año de haber destituido a la presidenta Dilma Rousseff sin ninguna prueba de las falsas acusaciones, el principal derrocador, Eduardo Cunha, ya preso por su prontuario de corrupción, admite la evidente trama de conspiración con Michel Temer para dar ese golpe. La Presidenta identifica los móviles de tal acción: alinear a Brasil en el neoliberalismo, frenar las investigaciones sobre las redes de corrupción de los golpistas, y una misoginia que abarcó todas las esferas del golpe y fue utilizada como base del discurso para destruir su imagen ante la opinión pública.

Demasiado lejos está llegando ya esta arremetida en la región, con el añadido del repunte guerrerista e intervencionista norteamericano. Demasiado lejos llegaron las pretensiones de la derecha local, sus anuncios de deslegitimación y caos que, como vivimos en estas semanas, perjudican al país como un todo. Si en el episodio del recuento de votos se logró hacer prevalecer la verdad, los efectos colaterales de su estrategia corrosiva van avanzando mientras pasan a nuevos capítulos. Es inaplazable ponerle un freno a esta siembra perversa.

En estas décadas, desde iniciativas de los gobiernos progresistas han avanzado esfuerzos de siembra de democracia, igualdad y paz que han beneficiado a toda la región -y a casos tan críticos como el de Colombia, cuyos acuerdos de paz están en marcha-. Esta es la línea de convergencia inequívoca, la que hemos de fortalecer sin miramientos para evitar ser arrastrados hacia el camino sin retorno de la violencia que siembra la derecha. (O)

Magdalena León