Domingo, 02 Octubre 2016 00:00 Séptimo día

Los entretelones del proceso de paz desde la óptica de una periodista

Cientos de colombianos salieron a las calles para celebrar el acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) que pone fin  a medio siglo de conflicto. Algunos portaban banderas, pancartas y letras de colores.
Cientos de colombianos salieron a las calles para celebrar el acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) que pone fin a medio siglo de conflicto. Algunos portaban banderas, pancartas y letras de colores. Foto: AFP
Marisol Gómez Giraldo. Editora Diario El Tiempo

En exclusiva para Ecuador, EL TELÉGRAFO publica, con autorización de Intermedio Editores, este adelanto del libro de la periodista Marisol Gómez Giraldo, editora de Paz del diario El Tiempo, que cuenta los entretelones del proceso de paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC. La Historia Secreta del proceso de Paz comenzará a circular este lunes 3 octubre en Colombia.

Primer Capítulo

El fin de 52 años de guerra con las Farc comenzó a incubarse bajo la sombra de la casona donde murió Simón Bolívar, en la veraniega tarde del 10 de agosto del 2010, cuando Juan Manuel Santos llevaba sólo tres días como presidente de Colombia.

Fue el día en que el mandatario venezolano Hugo Chávez llegó hasta la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, para intentar superar la enemistad que tenía con el presidente colombiano desde que este era ministro de Defensa de su antecesor, Álvaro Uribe.

Al mediodía, poco antes de tomar el camino hacia la antigua hacienda del Libertador, Chávez había dicho a los periodistas en el aeropuerto de Santa Marta: “Vengo a hacer la paz con el presidente Santos y vengo en un día muy especial: el día que cumple 35 años, creo”.

Santos, que había estado pensando en cómo iba a ser el encuentro entre los dos después de tantos años de “tratarse duro”, escuchó las declaraciones del mandatario venezolano mientras lo esperaba en un salón de la Quinta San Pedro Alejandrino, y de inmediato supo la forma en que rompería el hielo con él para recuperar las relaciones entre los dos países, que estaban rotas, y para abrirle una ventana a la paz con las Farc.

De Abraham Lincoln y Winston Churchill, dos personajes a los que admira, el Presidente colombiano había aprendido la utilidad del humor en situaciones políticas complejas, y ese día el mandatario del vecino país le había dado el pretexto para usarlo.

--¿Cómo está, Presidente? –le dijo Chávez a Santos ya en las afueras de la casona de Bolívar, mientras sonreía y le extendía efusivamente los brazos.

--Presidente -le respondió Santos en tono de reclamo-, ¡acaba usted de dar unas declaraciones que me ponen en serios problemas!

--¿Pero qué hice? ¡Lo único que dije era que venía con la bandera de la paz! –exclamó, sorprendido, el mandatario venezolano.

--Es que usted dijo que yo cumplía 35 años. Cumplo 58, y si mi señora cree que tengo 23 años menos, ¡me va a demandar mucho más!

Santos recuerda que Chávez “casi se muere de la risa”.

--Desde ese momento hasta el día que falleció, gracias al humor, tuvimos una excelente relación. Con nuestras diferencias, que las hacíamos explícitas --dice el Presidente colombiano en entrevista para este libro.

Esa tarde, roto el hielo, los dos mandatarios ingresaron a la sala principal de la histórica hacienda de Santa Marta, y tras acordar el restablecimiento de las relaciones entre Colombia y Venezuela, hablaron de la posibilidad de dialogar con las Farc.

--He pensado en ver si puedo hacer la paz con las Farc --le dijo Santos sin rodeos a Chávez.

--¿Usted está en eso?

--Sí. Estoy en eso.

--Pues cuente conmigo –afirmó el mandatario venezolano--, con mi total y absoluto apoyo. Creo que eso es lo mejor que le puede pasar a Colombia.

Así, ese 10 de agosto del 2010, sin que Colombia lo supiera, quedaron echadas las primeras cartas del proceso de paz que 6 años y 15 días después habría de terminar más de medio siglo de enfrentamiento armado con la guerrilla de Timoleón Jiménez, Timochenko, y en cuya génesis Chávez jugaría un papel determinante.

II.-

El 29 de agosto, tres semanas después de reunirse con Chávez, Santos llamó a Henry Acosta, un economista de la Universidad Nacional y empresario quindiano que vivía en el Valle desde los 18 años y que desde finales de los 90 hizo amistad con el jefe guerrillero Pablo Catatumbo. El economista lo conoció en un área rural cuando hacía un trabajo para el Fondo de Solidaridad del Valle.

Santos había recibido una carta de Henry Acosta en julio, cuando apenas era Presidente Electo. En ella el empresario le hablaba de los contactos que en su momento él facilitó entre las Farc y el expresidente Álvaro Uribe y el punto en el que estos quedaron.

Habían comenzado en el 2002, con Comisionado para la Paz Luis Carlos Restrepo, y continuaron con Frank Pearl, quien lo sucedió en ese cargo en el 2009.

Henry Acosta fue el puente con Pablo Catatumbo, y a través de él, con el entonces máximo jefe de las Farc, Alfonso Cano, para concertar unos eventuales diálogos exploratorios de paz en Brasil con el gobierno de Álvaro Uribe.

Había llevado y traído mensajes para Uribe hasta marzo del 2010, pero todo quedó en el aire cuando Iván Márquez hizo públicos esos contactos y notificó que no dialogarían con un presidente que estaba a punto de terminar su mandato.

--Yo llamé a Henry Acosta –relata Santos- y le dije: ‘cuénteme cómo es la cosa (de sus contactos con las Farc), porque estoy pensando en la paz’. Y a todos los que estaban conmigo se les abrieron los ojos.

El Presidente recibió al economista y empresario en el Palacio de Nariño ocho días después, el 6 de septiembre.

--Le dije que tenía que ser muy discreto –recuerda Santos--, y mandé con él un mensaje para ver si había algún interés por allá, pero con unas reglas. 

Henry Acosta redactó entonces una carta para las Farc de parte del Presidente en la que el mandatario comunicaba a esa guerrilla que sus delegados personales en unos eventuales diálogos serían su hermano Enrique Santos, porque conocía personalmente a Alfonso Cano, y Frank Pearl, a quien el Presidente nombraría después Ministro de Medio Ambiente.

El 15 de septiembre, Henry Acosta ya había puesto el mensaje en manos de las Farc.

III.-

La decisión de Santos de buscar la paz con las Farc parecía contradictoria con el papel que había jugado como Ministro de Defensa de Álvaro Uribe, entre el 2002 y el 2009, cuando encabezó la ofensiva militar más contundente contra esa guerrilla en toda su historia.

Pero el Presidente, y así lo cuenta para este libro, consideraba que el comienzo de su mandato coincidía con un momento histórico en el que estaban ya dadas tres condiciones que debían cumplirse para una negociación con el grupo armado. Él dice que las tenía claras desde hacía 13 años, cuando impulsó la iniciativa ‘Destino Colombia’[1].

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[1] Destino Colombia fue un proyecto alrededor del cual, en 1997, se congregaron 43 personajes de todas las ideologías políticas del país para perfilar los escenarios de pacificación. Su asesor era el canadiense Adam Kahane, quien había apoyado a Nelson Mandela en la búsqueda de la reconciliación en Sudáfrica.
Ese grupo plural de colombianos había comenzado a reunirse por invitación de Juan Manuel Santos, que para entonces era director de la Fundación Buen Gobierno y quien, con apoyo de la Fundación Carvajal, trajo al país al canadiense, quien para la época estaba asesorando el proceso de paz de Irlanda del Norte.
Transcurría el gobierno de Ernesto Samper (1994-1998) y las Farc comenzaban a golpear como nunca a las Fuerzas Armadas, con violentos ataques a bases militares y policiales y el secuestro de uniformados, pero en Colombia solo se hablaba del proceso 8.000 y del callejón sin salida en el que parecía haber quedado atrapado el gobierno de Ernesto Samper.
A Juan Manuel Santos se le ocurrió que Adam Kahane podía dar ideas para superar el conflicto y lo primero que hizo fue reunir a personas como el entonces alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, al ministro de Defensa, Juan Carlos Esguerra, al expresidente Alfonso López, a dirigentes comunistas como Aída Abella y al esmeraldero Víctor Carranza. Por teléfono, unió a ese diálogo a delegados de la guerrilla y los paramilitares.
Juan Manuel Santos era entonces precandidato liberal a la Presidencia y se dedicó luego a su campaña, pero siempre estuvo al tanto del proyecto Destino Colombia que perfiló cuatro escenarios futuros posibles muy parecidos a lo que ocurrió luego en el país: el fracaso de unos diálogos con las Farc (Los del Caguán: 1999-2002); la llegada de un nuevo gobierno que haría la guerra total y debilitaría a esa guerrilla (el de Álvaro Uribe), y otro que tendría un escenario propicio para la paz (el de Juan Manuel Santos).

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--La primera condición –explica Santos— era que la correlación de fuerzas estuviera a favor del Estado, pues mientras la guerrilla pensara que podía tener la victoria nunca iba a negociar seriamente. La segunda, que los miembros del Secretariado de las Farc se sintieran vulnerables, y que para ellos fuera buen negocio meterse a la paz. Y la tercera, que hubiera apoyo regional para la búsqueda de la paz. Y esas tres condiciones estaban dadas.

El Presidente recuerda que como Ministro de Hacienda de Andrés Pastrana, entre el 2000 y el 2002, tomó distancia de los diálogos del Caguán porque no les vio futuro. Pero sí apoyó desde esa cartera el Plan Colombia, en especial la modernización de las Fuerzas Militares.

En esa coyuntura tuvo una fluida comunicación con el entonces ministro de Defensa, Gustavo Bell –embajador de Colombia en Cuba durante la negociación de paz con las Farc--, y con los comandantes de las Fuerzas Militares, el general Fernando Tapias, y del Ejército, el general Jorge Mora. A este último lo llamaría años después para ser parte de la mesa de negociaciones en La Habana.

Ya como Ministro de Defensa del presidente Álvaro Uribe, Santos reorientó la guerra contra las Farc hacia objetivos de alto valor de esa guerrilla, entre ellos los miembros del Secretariado. En esa nueva estrategia, los servicios de inteligencia y la política de recompensas jugaron un papel central. 

Y comenzaron a darse golpes de gran impacto, como las muertes de Raúl Reyes e Iván Ríos –integrantes del Secretariado-- y de otros 63 jefes guerrilleros. También la Operación ‘Jaque’, que devolvió a la libertad a Íngrid Betancourt, a tres contratistas estadounidenses y a 11 miembros de las Fuerzas Armadas.

La experiencia adquirida por las Fuerzas Militares en estas operaciones especiales le dio un viraje definitivo a la guerra y varios miembros del Secretariado de las Farc optaron por replegarse a territorio venezolano.

Fue cuando Santos, como Ministro de Defensa, recriminó públicamente a Hugo Chávez por permitir la presencia de los jefes guerrilleros en su territorio. Y el mandatario venezolano lo llegó a tachar de “francotirador”.

--Pero ya elegido Presidente, yo digo: tengo que hacer las paces con Chávez, que había sido mi enemigo también –cuenta Santos--. No fue coincidencia que yo en mi posesión dijera que la llave de la paz estaba en mi bolsillo, y por eso a los tres días me reuní con Chávez, que fue fundamental. Él ayudó muchísimo a ambientar el proceso de paz.

IV.-

Santos nunca creyó que su decisión de buscar la paz con las Farc con el apoyo de Chávez lo distanciaría de su antecesor Álvaro Uribe.

--El distanciamiento de Uribe –dice el Presidente-- fue por cosas mucho más mezquinas, porque nombré en el gobierno gente que a él no le gustaba. Lo de Chávez, él lo sacó como excusa.

Es más, Santos pensó que la búsqueda de la negociación con las Farc no reñía con la continuación de la guerra al grupo armado, que tantos éxitos le había dado al expresidente Álvaro Uribe, y que él decidió mantener a la par que exploraba la paz con esa guerrilla.

Tan es así, que solo 20 días después de que acordó con Henry Acosta enviarle un mensaje al grupo guerrillero para explorar unos diálogos de paz, ordenó el bombardeo en el que murió el ‘Mono Jojoy’, el hombre de las Farc con mayor poder militar.

--Desde un principio –cuenta el Presidente- les dije a las Farc la famosa frase de Isaac Rabin (exprimer ministro israelí): ‘vamos a negociar la paz como si no hubiese terrorismo y vamos a combatir el terrorismo como si no hubiese negociación de paz’. Esas eran las reglas, y me dijeron: ‘listo’.

Pese a la muerte del ‘Mono Jojoy’ y al choque emocional que esto le causó a Pablo Catatumbo, quien le había enseñado a leer, el 15 de octubre del 2010 el jefe guerrillero le hizo llegar una USB a Henry Acosta con un mensaje para el presidente Santos. Decía que las Farc aceptaban hablar con los dos delegados del mandatario para explorar unos diálogos de paz.

El Presidente comenzó a trabajar entonces con un grupo de asesores de toda su confianza en el que incluyó desde el principio a Sergio Jaramillo, quien había sido su viceministro en el Despacho de Defensa y a quien, ya como mandatario, había nombrado como su Consejero para la Seguridad Nacional.

Otra persona a la que Santos buscó desde ese momento fue al ex canciller israelí y directivo del Centro Internacional de Toledo por la Paz (CIT), Shlomo Ben Ami, a quien había conocido antes de ser Ministro de Defensa.

--Yo le dije a Shlomo que estaba pensando en el proceso de paz –relata el Presidente--, y él me dijo: ‘qué bueno, el Centro te ayuda’. Él fue una persona fundamental para mí.

La historia del conflicto armado colombiano y la de sus procesos de paz tienen su origen en la segunda mitad del siglo XX, cuando una serie de hechos marcaron el rumbo que tomaría el país vecino. Foto: AFP

V.-

Las gestiones para unos futuros diálogos comenzaron en el mismo 2010, pero ese año no hubo mayores avances. Entre otras cosas, porque los desastres de la ola invernal y los 2.3 millones de damnificados que dejó se robaron la atención oficial.

Los primeros encuentros directos con las Farc ocurrieron finalmente a partir de marzo del 2011, y para ellos fueron comisionados el alto consejero para la Reintegración, Alejandro Eder, persona de confianza de Frank Pearl y quien sabía de los acercamientos con esa guerrilla desde el gobierno del presidente Álvaro Uribe, y el funcionario de la Presidencia Jaime Avendaño, quien había participado en la logística para las liberaciones unilaterales de políticos, militares y policías secuestrados que hizo esa guerrilla en el gobierno de Uribe.

El 15 de marzo de ese año los dos lograron reunirse con los jefes guerrilleros Andrés París y Rodrigo Granda en un campamento de las Farc, en la frontera con Venezuela, tras tres intentos para transitar, en medio de fuertes lluvias, por un camino que debían tomar. Dos veces tuvieron que devolverse hasta el caserío donde los había dejado una lancha porque el paso estaba cerrado.

En ese encuentro y otros dos que hubo en el 2011 en La Orchila, isla de Venezuela donde está una base aeronaval y a la que solo tienen acceso personal militar y altos funcionarios de ese país, los delegados del Gobierno y la guerrilla acordaron las condiciones de los futuros diálogos exploratorios, el lugar donde se llevarían a cabo y cuáles serían los países garantes.

Los acercamientos parecían ir por buen camino, pero el 4 de noviembre de ese año el presidente Santos fue informado de que el Ejército tenía cercado en el Cauca al entonces máximo jefe de las Farc, Alfonso Cano. Tras evaluar por un largo rato los pros y los contras, el mandatario dio la orden de continuar la operación en la que el jefe guerrillero habría de morir.

--Cuando me contaron que lo tenían cercado pensé: ¿qué significa esto para el diálogo? –recuerda el Presidente--. Si decía que no hicieran la operación, habría dado una señal terrible a las Farc y dentro de nuestras fuerzas. Yo había sido muy claro desde el principio y había dicho: estamos en guerra hasta que firmemos la paz. De hecho, a Carlos Antonio Lozada le habíamos descubierto un computador donde tenía un plan para matarme. Entonces estábamos dentro de las reglas del juego, y no podían decir que yo estaba jugando sucio. También necesitaba mantener a mis Fuerzas Militares cohesionadas y alineadas. Me habían dicho que Cano era el más difícil para negociar. Yo soñaba con que lo capturaran, pero si había que darlo de baja, también.

--¿Y ahí dio la orden de que continuaran con la operación?

--Dije: ‘hagan la operación’, y sucedió lo que sucedió. Lo habrían podido capturar si él no hubiera creído que podía escaparse otra vez --asegura.

--¿Usted toma ese tipo de decisiones solo o las consulta con sus asesores?

--Solo. Es un diálogo personal. Trato de unir el corazón y la cabeza, porque muchas veces no me dan el mismo consejo. Pienso: ¿qué es lo correcto? Muy racional, a la larga. Si yo hubiera pensado que eso rompía el proceso de paz, de pronto lo pienso dos veces, pero dije, ‘esto lo va a fortalecer’. Fue un riesgo alto, y lo asumí.

VI.-

La muerte de Alfonso Cano estremeció en lo más profundo a las Farc y motivó un gran debate sobre la conveniencia de enterrar o mantener los diálogos exploratorios con Santos.

En lo personal, a Timochenko, quien asumió la jefatura de esa guerrilla tras el ataque contra Alfonso Cano, le costó mucho decidir si mantenía los acercamientos con el Presidente que dio luz verde al operativo militar en el que había muerto el comandante en jefe de la organización guerrillera.

--¡Es que yo iba a ser el delegado de Alfonso en los diálogos! –dice Timochenko en entrevista para este libro--. Sinceramente, si no hubiera estado Hugo Chávez de por medio, si él no hubiera hablado conmigo, ¡quién sabe si esos diálogos se hubieran mantenido!

Timochenko, quien asegura que no solía titubear ante las decisiones más complejas que debió tomar como comandante máximo de las Farc, admite que la muerte de Cano lo hizo dudar mucho. En especial, porque estaba convencido de que lo mataron en estado de indefensión.

--Mantener el diálogo después del asesinato de Alfonso no fue fácil para mí –afirma--. Yo estaba seguro de que esa era la regla que había que seguir, pero es que ese hecho cambió todo. Incidió mucho en los sentimientos, y aunque en las decisiones políticas uno no puede guiarse por los sentimientos, sí hay que tenerlos en cuenta.

--¿Chávez lo convenció a usted de persistir en la búsqueda de una negociación?

--Sí. Después de la muerte de Alfonso hablamos un día desde las ocho de la noche hasta las cuatro y media de la mañana.

En ese encuentro en Caracas, el presidente Hugo Chávez, quien habría de morir de un cáncer terminal el 5 de marzo de 2013, alentó al jefe de las Farc a mantener los diálogos exploratorios y le hizo saber que un eventual proceso de paz tendría todo el apoyo de Venezuela.

Con esa reunión, el mandatario venezolano le demostró al presidente Santos la seriedad con que tomaba el compromiso que asumió con él el 10 de agosto del 2010 en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta.

Había sido el Presidente colombiano el que le había pedido a Hugo Chávez que se reuniera con Timochenko para evitar que las Farc rompieran los diálogos exploratorios por la muerte de Alfonso Cano.

Tras conversar ocho horas y media con Chávez, Timochenko se despidió del presidente venezolano con el convencimiento de que mantener los diálogos con Santos era el mejor camino.

--¿Qué de lo que le dijo el presidente Chávez lo convenció a usted de manifestarle al Secretariado que había que negociar a pesar de la muerte de Alfonso Cano?

--Varias cosas –afirma el jefe de las Farc--, pero la principal era la seguridad de que tendríamos el apoyo del presidente Chávez. Que no nos iban a hacer una jugada que pusiera en riesgo nuestras vidas, por lo menos las vidas de la gente que se iba a involucrar en el proceso de paz.

El 23 de junio de 2016, cuando el máximo jefe de las Farc y el presidente Santos firmaron en La Habana el acuerdo del cese del fuego definitivo, Timochenko recordó a Chávez. “Sin su gestión --dijo--, no estaríamos presenciando este histórico acto”.

Santos entendió muy bien el sentido de esas palabras. El Presidente siempre ha reconocido la importancia del fallecido mandatario venezolano para impulsar la negociación con las Farc en momentos en que las dudas asaltaron a esa guerrilla.

--Chávez –cuenta Santos-- los reunía (a los jefes guerrilleros) y les decía: ‘echen pa’lante’. Ayudó muchísimo, y gracias al humor, mantuvimos una amable relación. Yo le decía a Chávez: ‘usted y yo somos como el agua y el aceite, usted con su revolución Bolivariana va a fracasar’. Y él me decía: ‘usted es un neoliberal’, y se reía.

Del prolongado encuentro que mantuvo con Hugo Chávez en Caracas, Timochenko salió pensando que, al final de cuentas, negociar también era una forma de rendir homenaje a la memoria de Alfonso Cano, quien estaba decidido a dialogar para terminar la guerra.

Ese fue uno de los argumentos que el jefe de las Farc expuso en la difícil discusión que se dio dentro de la organización guerrillera sobre la conveniencia o no de seguir apostando por una salida negociada del conflicto armado.

--Entre nosotros –dice Timochenko-- muchos opinaron que había que dialogar, pero no en ese momento. ‘¿Cómo vamos a hacerlo sobre la sangre caliente del camarada Alfonso?’, decían algunos. No fue una decisión tomada a la ligera, sino el fruto de un análisis que nos llevó a decir: ‘bueno, se nos abrió esta ventana, vámonos por ahí’. Llegamos a la conclusión de que la clase dirigente representada en Santos estaba necesitando también el proceso por el desgaste militar que tuvo durante diez años sin ser capaz de derrotarnos.

En enero del 2012 se dio por fin el último encuentro entre los delegados de las Farc y del presidente Santos para terminar la preparación de los diálogos exploratorios que, por acuerdo de las partes, se llevarían a cabo en La Habana, la capital cubana, y tendrían como países garantes a Cuba y Noruega.

La reunión fue en Venezuela, muy cerca de Cúcuta, en una hacienda del capitán de navío retirado Ramón Rodríguez Chacín, un miembro destacado de la cúpula cívico-militar chavista y quien desde años atrás era el operador de confianza del presidente Hugo Chávez para los asuntos relacionados con la guerrilla de Timochenko.

Allí los representantes del Gobierno y las Farc terminaron de acordar cómo sería el traslado a La Habana del jefe del Bloque Oriental y miembro del Secretariado, Mauricio Jaramillo, ‘El Médico’, quien encabezaría la delegación de esa guerrilla en la fase exploratoria de los diálogos.

El traslado del jefe guerrillero hacia La Habana era un tema sensible y había entorpecido esa fase inicial de acercamientos porque las Farc consideraban absurdo que el Gobierno propusiera un traslado por tierra desde el Guaviare hasta Venezuela, con el riesgo que esto representaba para Mauricio Jaramillo por la abundante presencia de militares en el suroriente del país.

“La extracción de Mauricio Jaramillo fue uno los momentos más difíciles y tensos porque los militares no se podían dar cuenta”, recuerda una de las fuentes del Gobierno consultadas para este libro.

Finalmente, el jefe de la delegación de las Farc en los diálogos exploratorios llegó a Cuba con Sandra, la compañera del líder histórico de las Farc, Manuel Marulanda, ‘Tirofijo’, y con Rodrigo Granda, Andrés París y Marcos Calarcá.

El 24 de febrero del 2012 se iniciarían, por fin, en la capital cubana, los diálogos exploratorios.

Por el Gobierno, hacían parte de la delegación el periodista Enrique Santos, hermano del Presidente; el Consejero para la Seguridad Nacional, Sergio Jaramillo; Frank Pearl, Alejandro Éder y Jaime Avendaño.

La fase de diálogos exploratorios, en la que el Gobierno y las Farc elaboraron la agenda de seis puntos que negociarían después, terminó seis meses más tarde, el 26 de agosto del 2012.

El gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las FARC refrendaron en La Habana, Cuba, un acuerdo histórico de cese al fuego bilateral. Foto: AFP

VII.-

Las oleadas de desconfianza sobre la voluntad de paz de Santos siguieron asediando a Timochenko durante todo el tiempo de la negociación.

Todavía en marzo del 2016, cuatro años después de que las Farc y el Gobierno se sentaran por primera vez en La Habana, persistían las dudas del máximo jefe de esa guerrilla sobre el compromiso del Presidente de terminar el conflicto.

--¿Cuándo se sintió usted tranquilo frente a Santos, sin desconfianzas? –le pregunté ese mes.

--Yo no le he dicho que estoy tranquilo. Todavía no –respondió Timochenko.

La carta del Presidente para aligerar las aprensiones del jefe de las Farc a lo largo de la negociación fue su hermano Enrique Santos, quien tras el fin de la fase exploratoria se marginó de la negociación.

Lo hizo de común acuerdo con el Presidente. Los dos pensaban que era inconveniente para el proceso de paz dar una señal de nepotismo.

--Nosotros –dice el Presidente-- crecimos en un ambiente muy escrupuloso desde el punto de vista de usar el clientelismo familiar. Por ejemplo, yo salí de EL TIEMPO (diario del cual fue subdirector entre 1982 y 1991) y nunca volví, eso es una cosa como de tradición familiar. Entonces hay una separación del poder de la Presidencia con la familia.

Enrique y Juan Manuel Santos eran dos hermanos más bien distantes cuando el Presidente electo de Colombia comenzó a pensar en la búsqueda de la paz con las Farc.

El periodista se había quejado muchas veces ante su hermano menor por haberse convertido en candidato presidencial sabiendo lo que eso significaba para la credibilidad de EL TIEMPO, el diario familiar que Enrique Santos dirigió hasta noviembre 2009.

Luego de dejar el cargo, el periodista se fue a vivir a Miami y los contactos entre los dos hermanos eran escasos.

Pero Enrique Santos, que de joven desconcertó a su papá, Enrique Santos Castillo, con su militancia en la izquierda, y que había animado todos los intentos de paz con las guerrillas colombianas, se entusiasmó cuando desde la distancia comenzó a percibir en “cierto discurso” del Presidente electo la intención de buscar una negociación con las Farc.

--Me opuse a que mi hermano fuera candidato –dice Enrique Santos en entrevista para este libro--, pero ya era Presidente electo, hablaba de la paz, y yo, que había estado buscando la paz desde antes del intento de Belisario Betancur (con las Farc, en 1982), me dije: ¡Cómo no voy a decirle que lo apoyo!

En su siguiente viaje a Bogotá buscó a Juan Manuel, como le dice a su hermano.

--¿Y esto de la paz qué es? –le preguntó.

--Écheme una manito en eso –le respondió el mandatario.

--Cuente conmigo, para eso sí le sirvo. Estoy listo.

La primera ‘manito’ que Enrique Santos le dio a su hermano fue un texto con algunas ideas para su discurso de toma de posesión como Presidente de Colombia, el 7 de agosto del 2010. Algunas líneas quedaron textuales en el primer mensaje del mandatario al país, en el cual señaló que no estaban cerradas las puertas del diálogo con la guerrilla.

Además de su pasado izquierdista, Enrique Santos había conocido personalmente a los líderes históricos de las Farc Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, con los que tuvo largas conversaciones sobre la realidad colombiana.

--Por eso –afirma el Presidente--, cuando necesitábamos a alguien que inspirara confianza para encabezar el grupo que iba a negociar la agenda con las Farc mandé a Enrique.  Los conocedores de esto me decían: ‘usted tiene que mandarles (a las Farc) a alguien que les dé la confianza de que realmente está metido en este proceso de paz’. Mandar a Enrique era perfecto.

Al fin de cuentas su hermano no solo era un hombre de toda su confianza, sino que, como pocos, tenía entrada e interlocución con personajes de las más variadas posiciones políticas e ideológicas de Colombia, así como un profundo conocimiento del país. Lo mismo fue director de la revista de izquierda Alternativa que director de un diario tan tradicional como EL TIEMPO.

Cuando quedó embarcado en la fase exploratoria y secreta de los diálogos de paz con las Farc, Enrique comenzó a pasar más tiempo en La Habana y Bogotá que en Miami. El libro autobiográfico que estaba escribiendo desde su retiro en esa ciudad estadounidense quedó congelado por esos días en la página 70.

De los encuentros que transcurrieron en La Habana entre el 24 de febrero y el 26 de agosto del 2012 para elaborar la agenda de las negociaciones de paz surgió el libro de Enrique Santos ‘Así comenzó todo’, publicado en el 2014. Pero el periodista nunca se desvinculó del todo del proceso de paz.

--A Enrique –dice el Presidente— lo consultaba en momentos de dificultad. Y si había algo de lo que él había estado muy pendiente, me hacía sugerencias. A veces le paraba bolas y a veces no. Enrique y yo nos respetamos mucho. En ocasiones lo envié a hablar con Timochenko. Eso lo apreciaban las Farc enormemente, y fue muy útil para generar confianza.

El 5 de septiembre de 2012, un día después de anunciar al país su decisión de iniciar un diálogo de paz formal con las Farc, el mandatario dio a conocer los nombres del equipo de negociadores que lo representaría en Cuba y que sería encabezado por un político creíble y con gran capacidad comunicativa como Humberto de la Calle.

Este político liberal y abogado caldense era el que tenía la última palabra dentro de la delegación del Gobierno en La Habana y el que hablaba directamente con el presidente Santos.

Como estratega quedaría Sergio Jaramillo, un filósofo, filólogo y experto en cultura griega que había estudiado durante años a las Farc y el conflicto en Colombia y que hacia adelante se convertiría en el Alto Comisionado para la Paz.

El grupo de negociadores se completaba con Frank Pearl, un hombre de empresa con vocación para la función pública; Luis Carlos Villegas, representante de los empresarios y presidente de la Andi en ese momento, y dos generales fogueados en la guerra y el manejo de los servicios de inteligencia contra la guerrilla: Jorge Mora Rangel y Óscar Naranjo.

VIII.-

En medio de una de las turbulencias de la negociación se dio el primer encuentro secreto y hasta ahora desconocido entre Enrique Santos y Timochenko. Fue en Venezuela, cuando el proceso de paz estaba a punto de cumplir un año.

A Timochenko lo estaban perturbando seriamente dos cosas. La primera era el discurso de guerra que mantenía frente a las Farc el entonces ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, quien públicamente llamaba “terrorista” a esa guerrilla.

Y la segunda era que el Presidente, en sus intervenciones públicas, solía recordar los golpes militares que le dio al grupo guerrillero como Ministro de Defensa y mandatario. Por esos días, comenzaban a tomar vuelo las campañas políticas para las elecciones presidenciales de 2014, en las que Santos buscaría su reelección. Y el caballo de batalla del uribista Centro Democrático era el rechazo al proceso de paz.

El caldeado ambiente político en Colombia y los discursos de Santos resaltando su papel en la guerra, exacerbaban las dudas y el escepticismo del jefe de las Farc, quien se preguntaba si el Presidente estaba realmente comprometido con el proceso de paz.

En esas circunstancias, solo alguien de la entraña del mandatario, como su hermano Enrique, podía darle a Timochenko las certezas que buscaba.

--Yo sabía qué representaba Enrique –afirma Timochenko- y él sabía qué representábamos nosotros. La primera pregunta que yo le hago cuando nos encontramos en Caracas es: ‘¿De verdad Santos está dispuesto a jugársela por la paz? ¿Podemos tener confianza en él?’

Enrique Santos le explicó al jefe de las Farc que el discurso del Presidente y de su Ministro de Defensa no podía ser distinto en ese momento, cuando el país estaba polarizado frente al proceso de paz.

El expresidente Álvaro Uribe insistía en que los diálogos de La Habana eran una “claudicación del Estado frente al terrorismo” y el 50 por ciento de los colombianos, según Gallup, no creía que la negociación con las Farc llegaría a buen puerto. Esto obligaba al Gobierno a endurecer su discurso sobre esa guerrilla frente al país.

En las tres horas largas de conversación que tuvieron en noviembre del 2013 el hermano del Presidente y Timochenko en Venezuela, durante las cuales compartieron un almuerzo, el jefe guerrillero pareció entender las necesidades políticas que obligaban al mandatario de Colombia a hablar duro.

Timochenko admitió, además, que dentro de las Farc también había debates muy fuertes sobre el proceso de paz y que a él, lo mismo que al presidente Santos, a veces le tocaba enviar mensajes para tranquilizar a la tropa.                                                                      

IX.-

A pesar de su disciplina militar, dentro de las Farc siempre hubo un sector más proclive a negociar que otro.

Y así como el presidente Santos armó su delegación en La Habana para la fase de la negociación con personalidades tan heterogéneas como representativas, Timochenko puso a la cabeza de su equipo a un jefe guerrillero ortodoxo y suspicaz como Iván Márquez.

Este excongresista de la Unión Patriótica que llegó a las Farc en los 80 sacudió el proceso de paz cuando apenas se lanzaba, el 18 de octubre del 2012 en Oslo, la capital noruega, con un discurso que resultó inquietante para el Gobierno y buena parte del país.

Dijo que las Farc no llegaban para capitular, que quien tenía que someterse a la justicia por sus delitos graves eran los agentes del Estado y que el grupo guerrillero no tenía prisa en sacar un acuerdo porque la paz exprés solo conducía a precipicios.

Timochenko explica que la decisión de poner a Iván Márquez como jefe de la negociación fue producto de “necesidades internas de las Farc”.

--Podría haber sido Pablo (Catatumbo), Pastor (Alape) o Carlos Antonio (Lozada) --dice el jefe de las Farc--. Cada uno tiene su estilo particular de plantear las cosas, pero el que estuviera ahí tenía que cumplir el mandato de un colectivo. En las etapas duras había reunión en la mañana y en la noche para evaluar alternativas. Y el que iba de jefe exponía la línea, no lo que se le viniera a la cabeza.

Solo seis meses después de iniciadas las negociaciones, las Farc integraron a su equipo de diálogos a Pablo Catatumbo, un hombre sereno y conciliador. Y apenas dos años después de que comenzó oficialmente el proceso de paz, en octubre del 2014, estaba en La Habana el 60 por ciento del Secretariado.                                                            

A Pablo Catatumbo e Iván Márquez se sumaron Pastor Alape, un comandante guerrillero de la entraña de Timochenko, y Carlos Antonio Lozada, el jefe militar del Bloque Oriental. Y en diciembre de ese año se integró a la mesa Joaquín Gómez, la cabeza del Bloque Sur. Todos ellos eran miembros del Secretariado.

Mauricio Jaramillo, ‘El Médico’, quien había encabezado en La Habana los diálogos exploratorios y quien también era parte del Secretariado, había regresado a Colombia al terminar esa fase del proceso de paz.

Durante más de medio siglo de duración, el conflicto colombiano ha causado más de 220 mil muertos y 6,9 millones de desplazados internos. Foto: AFP

X.-

Mayo del 2015 fue determinante para el rumbo definitivo que tomaría el proceso de paz. Ese mes, el presidente Santos no solo reforzó su equipo de negociadores con las Farc incorporando a la canciller María Ángela Holguín y al empresario Gonzalo Restrepo, sino que hizo un enroque táctico en dos de los cargos de mayor peso en la administración pública colombiana: el de Ministro de Defensa y el de Embajador en Estados Unidos.   

El 19 de mayo, el Presidente anunció que Juan Carlos Pinzón, el ministro de Defensa que había hecho el papel de ‘malo de la película’ frente a las Farc, dejaría esa cartera para asumir como embajador de Colombia en Washington en reemplazo de Luis Carlos Villegas, quien a su vez vendría al país como Ministro de Defensa.

Desde hacía cinco semanas el proceso de paz atravesaba su peor crisis porque la guerrilla había matado a 10 militares -el 14 de abril- mientras descansaban en una unidad deportiva del Cauca.

Y antes de irse a Washington y de que Luis Carlos Villegas llegara al Ministerio de Defensa, Juan Carlos Pinzón desplegó la mayor ofensiva militar contra las Farc desde el comienzo oficial de la negociación en La Habana. Entre el 21 y el 25 de mayo los bombardeos a campamentos en Cauca y Chocó dejaron 40 guerrilleros muertos.

--Sabemos que un Ministro de Defensa no actúa como rueda suelta. Lo que hace el señor Pinzón no lo hace porque tenga un poder por encima del Presidente, él lo orienta --le dijo Pastor Alape a EL TIEMPO en medio de la tormenta militar de finales de mayo de 2015.

Los bombardeos, la salida de Juan Carlos Pinzón hacia Washington, la llegada al Ministerio de Defensa de Luis Carlos Villegas -quien había sido uno de los negociadores en el inicio de las conversaciones de paz en La Habana-- y la incorporación de la canciller María Ángela Holguín a la mesa de diálogos eran parte de un replanteamiento estratégico del presidente Santos para conducir el proceso de paz a su etapa definitiva.

La canciller María Ángela Holguín sería, hacia adelante, una ficha fundamental del mandatario en la negociación con las Farc.

--María Ángela –afirma el presidente Santos-- tiene habilidades diplomáticas que fueron muy importantes para ciertos momentos. Y en la mesa de La Habana tenía, lo mismo que Enrique, un peso específico tanto para las Farc como para la comunidad internacional, porque era mi Canciller. 

Ella nunca estuvo de manera permanente en La Habana por su trabajo simultáneo como Ministra de Relaciones Exteriores, pero fue la enviada personal del Presidente para asegurar la fluidez de las negociaciones cuando estas se estancaban. Unas veces, por la dificultad de los temas. Otras, por el desgaste natural de los delegados de las Farc y del Gobierno después de dos años y medio debatiendo asuntos complejos en el encierro, a menudo agobiante, del Palacio de Convenciones de La Habana. Y algunas veces, hasta por problemas de química personal entre los negociadores.

Hubo etapas en las que Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo entraron en un diálogo de sordos con los jefes de las Farc, como cuando estaban en la discusión sobre el tipo de justicia que debía aplicarse a los máximos responsables de la guerrilla. 

En esa fase de las negociaciones, que hizo crisis en abril de 2015, cuando la guerrilla mató a 10 militares en el Cauca, y que alcanzó niveles de presión fatal con los bombardeos de finales de mayo contra el grupo armado, María Ángela Holguín intervino directamente por instrucciones de Santos.

--En estas situaciones --cuenta el Presidente-- uno tiene que reforzar los equipos y buscar sangre nueva para facilitar contactos nuevos. La primera vez que envié a la Canciller, ella me llamó y me dijo: ‘oiga, es muy extraño, allá  no se hablan, siguen como enemigos, no hay ningún gesto de confianza, no salen  a comer, no se toman un trago, están como en dos guetos’. Hablaba del equipo del Gobierno y las Farc. Y le dije a la Canciller: ‘vaya usted e invite a Catatumbo o a Alape a comer’, y eso hizo, y eso generó distensión y ayudó muchísimo. Generó confianza, que era lo importante.

El asesor de las Farc Enrique Santiago dice que cuando María Ángela Holguín llegaba a la mesa asumía de manera natural la vocería de la delegación del Gobierno y era “una ejecutiva muy eficaz”.

Podría decirse que en esa etapa crítica de abril y mayo del 2015 –cuando se conjugaron una escalada de la guerra en Colombia y un estancamiento de las negociaciones en La Habana— Santos actuó como un estratega que modifica la alineación de su equipo de acuerdo con las condiciones del momento para oxigenar la negociación, obtener resultados y aliviar la presión de la opinión pública.

A comienzos de julio del 2015, la canciller María Ángela Holguín puso sobre la mesa la fórmula ‘Desescalar la guerra en Colombia y agilizar en La Habana’, que había sido diseñada por el Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo.

Con esto comenzó a desatarse el nudo que entorpecía la negociación desde enero de ese año, cuando las Farc rechazaron rotundamente la primera propuesta del Gobierno sobre justicia, que incluía privación de libertad para los jefes de la organización armada.

Esa fórmula permitió que finalmente se pusiera en marcha una comisión de juristas nombrada por el Gobierno y las Farc –con tres representantes de cada lado- para diseñar el modelo judicial que debía terminar con el desesperante callejón sin salida en el que se habían convertido la negociación del punto de justicia.

La propuesta para crear la comisión de juristas había sido, precisamente, la razón del segundo encuentro secreto de Enrique Santos con Timochenko, casi año y medio después de su primer cara a cara en Venezuela.

XI.-

La comisión de juristas habría de poner fin a la inmovilidad en que había caído la mesa de negociaciones en la discusión sobre las sanciones que debían aplicarse a los jefes de las Farc por los delitos graves cometidos durante el conflicto.

Pero, además, marcó un quiebre en la dinámica del proceso de paz porque terminó con la exclusividad que hasta ese momento habían tenido en la negociación con las Farc Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo y el resto del equipo original del presidente Santos en la mesa de La Habana.

Y esto llegó a crear malestar. Entre otras cosas, porque Humberto de la Calle, el jefe de la delegación gubernamental, y Sergio Jaramillo, el estratega, habían llevado sobre sus hombros el peso de la negociación y habían pasado dos años y medio en desgastantes debates con los delegados de las Farc.

Distintas personas cercanas al proceso de paz fueron testigos de la incomodidad que provocaron en la delegación oficial algunas de las gestiones que hicieron Enrique Santos y la canciller María Ángela Holguín en ese y en otros momentos intrincados de los diálogos en La Habana.

Las largas permanencias en la capital cubana y los constantes viajes entre La Habana y Bogotá habían tenido un costo personal alto para los delegados del Presidente. Entre idas y vueltas, hicieron no menos de 125 vuelos desde el 19 de noviembre del 2012, cuando arrancaron formalmente las negociaciones, hasta que estas concluyeron, el 24 de agosto del 2016.

El mismo Timochenko valoraba el sacrificio personal que significó el proceso de paz para los negociadores del Gobierno.

--Al fin y al cabo los de las Farc estamos dedicados a esto, pero ellos tienen su vida y sus negocios en Colombia –decía el jefe guerrillero.

La convivencia permanente entre los negociadores de Santos fue también un reto para ellos mismos porque implicó el acoplamiento de personalidades y estilos distintos.

Todos vivían en la misma casa en La Habana, la número 25 del complejo habitacional de El Laguito. Durante los ciclos de conversaciones, que se prolongaban varias semanas, desayunaban, almorzaban y comían juntos.

Esa coexistencia los convirtió en una familia. Pero como en toda familia, la obligada vida en común llegaba a ser abrumadora.

--A veces, al final de un ciclo, esa casa estaba ¡como una olla pitadora! –cuenta Humberto de la Calle en entrevista para este libro.

Como líder de la delegación del Gobierno en los diálogos, él asumió la tarea de armonizar al grupo de negociadores oficiales. Y no siempre fue fácil.

--Parecía una tontería –afirma De la Calle--, pero como era una casa, tenía ritmo de casa. El desayuno, el almuerzo y la comida eran a cierta hora. Todo estaba programado. Si fuera un hotel hubiera sido distinto porque cada uno come a la hora que quiere, va a la piscina, se sube al bar y se toma un trago. Pero siempre todos ahí metidos…

--¿Era agobiante para ustedes?

--¡Era como la restricción efectiva de la libertad que negociamos (en el acuerdo de justicia) con las Farc! –dice el jefe de la delegación del Gobierno con su fino y punzante sentido del humor.

El presidente Santos estaba al tanto del ambiente de tensión que a veces se vivía en la casa 25 de El Laguito y lo asumía como natural. Admite que le tocó lidiar con “muchas crisis” y meter a cada uno de sus negociadores de nuevo “al riel”. Pero le gustaba la diversidad de caracteres en su equipo.

--En toda negociación --afirma Santos-, al cabo de cierto tiempo se generan fricciones, antipatías, cortos circuitos. Eso es normal, propio de la condición humana, cuando conviven gentes supremamente diferentes una de otra. Usted coge al general Mora, al general Naranjo, a Frank Pearl, a De la Calle y a Sergio, y son todos totalmente distintos. Eso, tarde o temprano hace crisis. Pero la diversidad también era parte de la fortaleza del equipo. A mí me gustaba y me servía muchísimo. Yo escuchaba los puntos de vista y decidía.

Foto: AFP

XII.-

Las tensiones no fueron exclusivas del equipo negociador del Gobierno. Aunque las Farc son una organización militar y disciplinada, no pasaron inadvertidas algunas discrepancias entre sus delegados en la mesa de conversaciones, en especial entre Iván Márquez, considerado por sus interlocutores como el “duro” de los negociadores de la guerrilla, y Pablo Catatumbo y Pastor Alape, que eran más conciliadores y tenían una comunicación más fluida con los representantes del presidente Santos, incluso más allá de la mesa de diálogos.

Pablo Catatumbo fue el primer jefe de las Farc que reconoció públicamente, en medio de las negociaciones de paz, el “dolor” que causó esa guerrilla a las familias de sus víctimas, y manifestó su disposición a pedir perdón.

Incluso, no rechazaba rotundamente la posibilidad de pagar un tiempo de reclusión. En conversaciones con personas cercanas llegó a bromear con que para él estarían bien tres años dedicados a leer los libros que había dejado pendientes por su vida en la guerra.

Y Pastor Alape causó revuelo en una entrevista con EL TIEMPO en junio de 2015, cuando por primera vez desde el inicio de los diálogos dejó abierta la posibilidad de que los jefes de las Farc que hubieran cometido delitos graves en el conflicto pagaran esos crímenes con reclusión especial.

“No lo estamos descartando”, dijo.

Iván Márquez, en cambio, decía que ningún proceso de paz podía terminar con cárcel para los guerrilleros.

Como el hombre de las Farc que llevaba el peso de la negociación, Iván Márquez era el que tenía las posturas más rígidas en la mesa. Siempre estuvo secundado por Jesús Santrich, su amigo personal y un consejero que revisaba todos sus discursos y que solía ser tan sarcástico en las sesiones a puerta cerrada como en sus apariciones ante la prensa, en especial cuando las discusiones en la mesa se volvían más tensas.

El guerrillero sucreño, que ocultaba bajo unas gafas oscuras la ceguera que le dejó un glaucoma, jugó siempre el papel de un irónico intransigente en la mesa de negociación. No pocas veces esa actitud exacerbó las tensiones entre los negociadores del Gobierno y las Farc.

El estilo de Jesús Santrich, que quedó expuesto desde su desafortunado “quizás, quizás, quizás” al responder si las Farc iba a pedir perdón a sus víctimas, llegó a ser “irritante” y “casi insoportable” para los delegados del Gobierno en las discusiones sin salida sobre las sanciones que debían tener los guerrilleros responsables de crímenes graves.

Aun con todos estos matices, las Farc, en esencia, son una organización marxista-leninista en la que el Secretariado toma las decisiones de manera colectiva y todos caminan en la misma dirección. Esto minimizaba el riesgo de divisiones frente a la negociación con el Gobierno.  

Como toda realización humana, el proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las Farc estuvo marcado por los temperamentos y singularidades de quienes lo hicieron posible y, en algunos casos, por sus más íntimas aspiraciones personales.

Pero cada uno de ellos hizo su parte para estar a la altura de la circunstancia que lo convirtió en un actor decisivo de la negociación con la que Colombia habría de terminar una guerra de 52 años con las Farc.

Y los que estuvieron más a la altura del momento histórico fueron el presidente Juan Manuel Santos y el máximo jefe de las Farc, Timochenko, protagonistas centrales del hecho más importante para el país en el último medio siglo.

El mandatario, porque tomó la decisión de negociar con esta guerrilla y de llevar obstinadamente el proceso de paz hasta el final bajo una permanente tormenta política. Y el comandante guerrillero, porque a pesar de sus dudas y desconfianzas frente al presidente Santos, finalmente optó por apostarle al cierre del conflicto.

Fue esa suma de voluntades la que hizo posible la paz que comenzó a gestarse la tarde del 10 de agosto de 2010 en la Quinta de San Pedro Alejandrino, cuando Santos, con apenas tres días como Presidente de Colombia, le confió a Hugo Chávez su deseo de terminar la guerra con las Farc.

*Marisol Gómez Giraldo es editora de Paz del diario El Tiempo y tiene 20 años cubriendo como reportera el conflicto armado colombiano. Estudió periodismo en la Universidad Bolivariana en Medellín y tiene una maestría en ciencias políticas en la Universidad de los Andes en Bogotá. Es profesora de periodismo en la Universidad Javeriana.

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Sábado, 01 Octubre 2016 14:43

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