Domingo, 06 Noviembre 2016 00:00 Séptimo día

Cecilia castelnuovo / psicóloga e investigadora

El miedo a la soltería persiste por la presión social

El miedo a la soltería  persiste por la presión social
Foto: Álvaro Pérez / El Telégrafo

Según la especialista, hay una tendencia muy arraigada en nuestra sociedad a pensar que las personas sin pareja, en particular, las mujeres, anhelan tener una relación y sufren al no conseguirla. Además, se cree que el hombre solo disfruta más de la vida.

Andrea Rodríguez Burbano

El temor a quedarse solos o solas el resto de la vida lleva a muchas personas a iniciar una búsqueda casi desesperada por encontrar pareja.

La presión social es considerada una de las principales causantes de este temor que empieza alrededor de los 30 años.

El miedo a la soltería está condicionado por los valores, la educación y el contexto sociocultural. Mientras hay personas que se resisten a permanecer solas, otras lo asumen como una opción de vida, porque no es lo mismo vivir solo, que estar solo o sentirse solo.

Incluso es posible lograr vivir en soltería, manteniendo vínculos sociales fuertes y positivos con otras personas.

Para la psicóloga argentina, radicada en Ecuador, Cecilia Castelnuovo, es importante aprender a acompañarnos así mismos y trabajar en la capacidad de estar a solas.

¿Por qué persiste el miedo a quedarse soltero o soltera?

Muchos miedos dependen de la “normalidad” que cada sociedad construye. Se originan en la sensación de transgresión a pautas establecidas con tal firmeza, que aparecen como incuestionables. Si bien algunas de estas creencias se modifican con el tiempo, son procesos lentos y no homogéneos. La soltería alude al estado civil, más que a una condición afectiva, y es  catalogada de manera distinta cuando se trata de hombres o mujeres. En esa medida, expresa muchas de las creencias imperantes sobre lo femenino y lo masculino.

¿Esas creencias o estereotipos son más fuertes en relación con la mujer?

La soltería pone en juego, desafía, en especial el rol estereotipado de la mujer, respecto a sus funciones como madre y esposa. Y lo digo adrede en ese orden, por la importancia que se le asigna.

En el esquema más conservador y tradicional, es como si la mujer solo adquiriera existencia en función de los otros, del cuidado o rol que desempeñe para esos otros.

¿Eso ha cambiado en Ecuador?

Está cambiando, pero muy lentamente. A pesar de los importantes avances de las últimas décadas, todavía estamos rezagados en el tema respecto a otros países.

Persiste el miedo al “fracaso” y a “una vida incompleta”, vividos en los mismos términos en los que funciona la estigmatización social. La misma mirada retrógrada percibe a las mujeres como “solas”, incluso cuando están en grupo, pero cabría preguntarse ¿de qué soledad se está hablando? Una, varias, muchas mujeres “solas” alude a la ausencia de presencia masculina y refleja las demasiadas restricciones que todavía hoy existen para una vida plena de acuerdo con las opciones de cada uno, en especial para las mujeres.

¿Entonces, los términos ‘solas’  están ligados a una sociedad machista?

Sí, claro. Los términos solo y soltería, principalmente, en las mujeres están ligados a esa construcción cultural machista, en la que sin hombre a la mujer siempre “le faltará algo”.

Son necesarios profundos cambios a nivel social y personal, para lograr reconocer que cada persona es un ser humano en sí mismo y por sí mismo. Vivimos una cultura en la que se vulneran derechos permanentemente sin siquiera registrarlo, son imperativos cambios profundos en el día a día del respeto.

¿Aún se mira con buenos ojos al hombre soltero a diferencia de la mujer soltera?

¡Por supuesto! Se miden con varas diferentes las 2 realidades. La caricatura del hombre soltero lo pinta como libre, mujeriego, sin responsabilidades. Es un estado “envidiable y anhelado” en tanto es el chévere, el salsa, el gran galán que lleva una “gran vida”. En cambio, cuando se trata de mujeres, se cataloga como “vieja solterona y amargada”, con un claro tono peyorativo y descalificador.  

Existen diferencias radicales entre los 2 estereotipos sociales, lo cual es tremendo por todas sus implicaciones.

También es llamativo que en ninguno de los 2 casos se toma en cuenta la posibilidad y capacidad de establecer vínculos afectivos saludables, que son las relaciones que nos hacen bien.

¿Es posible romper con esa concepción?

No solo se puede, sino que se debe trabajar para cambiar este tipo de imperativos culturales, tan nocivos para todos.

Las soluciones se construyen en todos los niveles, desde lo macro con políticas públicas que promuevan la equidad, con modelos/ referentes públicos que eduquen en estas nuevas concepciones, y en lo cotidiano generando y criando mejores vínculos. Hay que empezar desde el principio, debemos criar gente más humana, más respetada, más respetuosa, de sus necesidades y de los demás.

Parece que no solo en los hogares se inculca a los hijos a optar por el matrimonio, sino también en el entorno estudiantil.

Es un buen ejemplo de lo que decía antes. Se educa para el matrimonio como una imposición externa, carente de sentido y vacía. En la que “se debe” formar una familia, en la que “hay que” tener hijos sin saber por qué ni para qué. En la misma lógica de posesiones hay que tener carro, trabajo y algún celular especial. Si pretendemos un mejor desarrollo humano, es importante empezar a pensar.

¿Cree que es necesario promover la capacidad de elegir?

Sí, elegir es fundamental, al igual que decidir el modo de vida, los amigos, el nombre de la mascota, el equipo de fútbol, la profesión, el trabajo, la comida, la ropa, lo que nos gusta y lo que no. Decidir en especial qué queremos y qué no queremos, para nuestra vida. El tema de la elección es clave y eso se desarrolla en la convivencia y desde pequeños, sea en la casa, la familia, la calle, el barrio y la escuela. Se define a partir de cosas invisibles y chiquitas, como reconocer y respetar si el bebé prefiere papilla de plátano o de papaya. Esas manifestaciones iniciales de la identidad, de lo que prefiere y decide cada uno, son fundantes y se extienden por todos los días de la vida. Hay que promoverlo y dejarlo ejercer, necesita mucha práctica, respeto y, en especial, cariño. Uno de los espacios importantes es la escuela, pero no como contenidos a nivel curricular, sino como un espacio de aprendizaje de buenos vínculos y, sobre todo, respeto.

Se considera, con cierta frecuencia, que la soltería es sinónimo de soledad. ¿Qué piensa usted?

Por supuesto que no. Insisto en que la confusión refleja prejuicios profundamente maltratadores, en la medida que distorsionan y nos impiden entender la realidad. Son cosas muy distintas: solo, soltero y soledad. Existen muchos niveles vinculares, además de la pareja, y todos son importantes. A todos nos sobran ejemplos, que el estado civil casado tampoco es sinónimo ni garantía de felicidad. Es frecuente que los jóvenes pongan distancia de los modelos de matrimonios gastados y tortuosos, como forma de cuestionar los roles estereotipados dentro de la pareja y la familia.  Las nuevas generaciones repudian el modelo blandiendo la soltería como un escudo protector.

¿Qué escogen los jóvenes?

Construyen parejas y familias por décadas, pero sin papeles. En un acto de rechazo a los roles rígidos impuestos, en un acto de afirmación y defensa de su proyecto y felicidad. Los “sin papeles” tampoco se encasillan en unión libre, pelean por su nuevo lugar y definición. No son amantes ni esposas. Son parejas con la convicción de que el compromiso deberán construirlo y conquistarlo todos los días. Intentar entender la vida afectiva de la gente exige mayor apertura y reflexión. Hay que mirar más allá de los esquemas (soltero-casado, solo-acompañado, aburrido–feliz) porque la vida es mucho más compleja.

Es llamativo que sigamos sin mencionar el tema central que es la necesidad y capacidad que tenemos todos, de construir vínculos afectivos a lo largo de la vida. Esto se debe a que acostumbramos mirar el mundo desde los mandatos e imposiciones externos, y no desde los zapatos de cada uno de sus verdaderos actores.

Todavía se cree que los solteros tienen una vida social más activa que los casados. ¿Por qué esta percepción se ha afianzado más?

Creo que todo parte del mismo mito: la idealización de los solteros mujeriegos. Esto también refleja, como habíamos dicho, un sesgo machista, pero lo que es aún más preocupante, los micromachismos. El problema de esta concepción es que afianza la idea de que el único propósito en la vida es divertirse, lo cual es erróneo. Me parece que detrás de esto hay un concepto que denigra la vida en pareja, pero ¿quién conoce la realidad de un soltero? Esto también es una construcción social que resulta ser peligrosa.

¿Por qué?

Porque parecería que la única vida deseable es esa construcción social que da importancia a las fiestas y a la superficialidad, y es irreal. Desde la crianza de los hijos, desde los hogares y escuelas donde se reproducen estas pautas culturales, se va configurando esa forma de ver la vida. Esa banalización de la vida siempre resultará peligrosa, porque va en detrimento de construcciones a largo plazo y familiares. Si bien los solteros pueden tener una vida social activa, los casados también tienen una vida social y cuando no la tienen es porque viven ricas experiencias hacia dentro, es decir, en el hogar. Los casados no son unos aburridos que están en la casa cambiando pañales. Además, entre otras cosas, los que cambiamos pañales, lo hicimos con mucho gusto y lo disfrutamos. Hay que decir que a muchos países, sobre todo  los más desarrollados, el tema de la soltería como opción de vida les trae fuertes consecuencias sociales: la reducción de la tasa de natalidad, por ejemplo.

¿Entonces la reproducción es el tema que más les preocupa?

Sí. Por ejemplo, en Dinamarca hay campañas publicitarias que buscan aumentar la natalidad y para lograrlo ofrecen una serie de incentivos para las personas, sean solteras o casadas.   Suecia mantiene políticas desde fines de los años setenta, para promoción y respaldo de la maternidad/paternidad. Fueron los primeros en ampliar significativamente la licencia materna, en incluir al padre y ahora, luego de 45 años, siguen encabezando la ampliación de derechos. El problema de la reducción de la natalidad es un problema en todo el primer mundo. Más allá de los análisis y consecuencias económicas monetarias, que están en el centro de la discusión, reflejan cambios a ser pensados desde las economías afectivas.

¿Cree que es posible hacer una diferenciación entre los tipos de solteros y solteras?

Tal vez se podría, pero nuevamente corremos el riesgo de caer en los mitos, por ejemplo, el soltero triste o el soltero que vive la vida loca.

En la realidad, no existen estas figuras preconcebidas.

Hay que tener cuidado con reproducir esos esquemas tan rígidos, porque hacen mucho daño. Más allá del tema de la soltería que resulta casi anecdótico, en general, el ser humano no debería ser concebido como un ladrillo, es decir, algo totalmente definible y hermético. (I)

Datos sueltos

La soltería, opción de vida

Una psicóloga especialista en terapia de pareja

Cecilia Castelnuovo estudió Psicología Clínica en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA).

Efectuó un curso de posgrado en Teoría y Técnica Psicoanalítica. Psicoanálisis y Tercer Mundo.

Su trayectoria

Una fructífera carrera en temas de la infancia

La especialista realizó un posgrado en Psicología Materno-infantil en la Asociación Interdisciplinaria para el Estudio y Prevención del Filicidio en Buenos Aires. Investigadora y asesora de organismos nacionales y foráneos  en temas de Infancia.

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