Miércoles, 05 Octubre 2016 00:00 Séptimo día

Ciudadanía

El crecimiento urbano deforestó a medio Guayaquil

Grandes árboles de ceibos se yerguen en una ciudadela del norte de Guayaquil. Ellos han sobrevivido al avance de las construcciones de cemento, cada vez más acelerado.
Grandes árboles de ceibos se yerguen en una ciudadela del norte de Guayaquil. Ellos han sobrevivido al avance de las construcciones de cemento, cada vez más acelerado. Foto: José Morán / El Telégrafo

Hace algunas décadas, en el centro de la ciudad era posible ver árboles frutales como ciruelos, mangos y guayabos.

Jorge Ampuero

El dicho aquel de “el que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, en Guayaquil, está quedando solo en eso: en un dicho.

El avance de la modernización urbana ha puesto a los árboles en plan de sobrevivencia extrema. Tanto así que, hace poco, la tala de 44 samanes en la ciudadela La Atarazana, por parte del Municipio, agitó la conciencia de la ciudadanía y de los defensores de la naturaleza.

El argumento del Municipio porteño fue que debía completar la repavimentación de la avenida Democracia y ofreció replantar los árboles. Con este antecedente que involucra a árboles, si se quiere, “corrientes”, vale preguntarse cuál ha sido la suerte de los llamados árboles patrimoniales.

De acuerdo con el criterio del Ministerio del Ambiente, se considera árbol patrimonial al  que se caracteriza por ser nativo o endémico, rareza en la zona de estudio, tener avanzada edad y porte magnífico, ser un ejemplar histórico o estar ligado a la tradición del lugar, ser generador de semillas y crear interés científico. Además, sirven de hábitat a la fauna del lugar.

No deben confundirse con los llamados árboles emblemáticos, ornamentales o de interés local.

Buena parte de estos se encuentran ubicados en los parques más antiguos de la ciudad, tales como el Centenario o Bolívar, en el Cementerio Patrimonial o en ciudadelas como el Barrio del Centenario, en donde tienen presencia las palmeras.

Según el ingeniero forestal Robert Acosta, responsable técnico de la Dirección Provincial de Ambiente, la competencia directa de cuidar los árboles dentro del ámbito urbano, según la Norma 018, expedida por el Ministerio del Ambiente en mayo de este año, es de los gobiernos autónomos descentralizados o GAD, en este caso, de la Municipalidad de Guayaquil.

“Lo que esta oficina hace es aconsejar, dar su criterio técnico para que se proceda, por ejemplo, con una poda técnica, con su reubicación o con un corte total, pero la entidad que ejecuta es el Municipio, en este caso la Dirección de Áreas Verdes”, comentó Acosta, quien hizo hincapié en que muchos de estos árboles fueron plantados sin las correspondientes previsiones en torno al crecimiento de la ciudad, lo que ha causado serios problemas actualmente.

Una petición realizada a ese departamento, sobre este tema, tropezó con el argumento de que esta debía canalizarse vía correo; luego debía ser analizada y, según el caso, la respuesta podía durar varios días. La persona que atendió la inquietud fue Julie Wohl, del Departamento de Prensa.

Árboles que están a salvo

Pese a que la ciudad tiene pocas áreas verdes, hay un lugar que, desde 1978, se ha dedicado a la preservación de parte de este patrimonio natural: El Jardín Botánico, ubicado en la ciudadela Las Orquídeas.

La bióloga Mónica Soria afirma que allí se pueden encontrar árboles de guayacán, samanes, guachapelí y otras especies nativas que, aunque no superan los 40 años de vida, representan un aporte valioso a la conservación del medio ambiente, toda vez que, algunos de ellos, como el guayacán, están considerados en riesgo. “En total, hay unos 700 árboles debidamente clasificados y protegidos”, comenta Soria.

Según ella, en Guayaquil hay árboles, como los ceibos de la calle Pedro Carbo, frente al Museo Municipal, que bien podrían tener 200 años de antigüedad. “Cuando se dio la independencia de Guayaquil, en 1820, muchos de esos árboles ya existían, estaban pequeños, pero ya estaban. Tienen esa fortaleza porque crecieron en una ciudad limpia, sin contaminación ni monóxido de carbono”. (I)

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