"Yo soy el hombre"

- 05 de Abril de 2017 - 00:00

Don Naza silenció su voz antes de arribar al primer centenario, la salud ya no le daba para más o sí, pero hay agonías que se hacen insoportables y un día de aquellos, cuando la memoria madura de golpe, la vida prefiere la santidad del ánima en lugar de las bondades humanas del cuerpo. Ya la voz, que parecía comenzar en algún tiempo remoto del Santiago o del Cachaví, apenas era un arroyo (o arrullo) debilitado en sus estéticas resonancias, sus últimos heroicos esfuerzos vocales perdonaban los recuerdos del auditorio, los brazos adicionales necesarios para subir a los escenarios conmovían porque, a pesar de los estragos, aún era ‘el hombre’ e intentaba contrapuntear con el bombo.

“Agua que cayendo va…” en las tardes más tardías de los asentamientos afroecuatorianos, se oían los retornos de la pesca fluvial o la traída de una armadía para edificar casas que por su solidez guayacánica y pericia en la construcción no tenían fecha de deterioro. Fueron tiempos cuando personas y cosas parecían, a los ojos de nuestra niñez, que siempre habían estado ahí y nunca faltarían, por eso una frase recordó la finitud biológica o temporal de ciertos seres de la comunidad: “Se está muriendo gente que antes no se moría”.

Se sabía de los males físicos de Don Naza, de cuando, con una voz no tan suya o condicionada por un préstamo de cantores bamberos, preguntaba por sus discípulos-amigos: “¿Dónde está Larry (Preciado)? ¿Dónde está Hugo (Quiñónez)?”. Aunque acababan de irse hacía unas pocas horas, su ánimo estaba surtido de esas compañías y con ellos repasaba viajes, presentaciones internacionales y el triunfo en el Festival de Marimba Petronio Álvarez, de Cali, Colombia. Todavía era el ‘hombre de la voz’ de la costa pacífica colombo-ecuatoriana. La proclamación tuvo sobradas razones y emociones reminiscentes.

Don Naza era cantor y decimero, de aquellos que hacen la palabra (o el verbo fragoroso) un acto de creación portentoso, al resonar su voz: “ae, ae, ae” o también: “¡Ay, ayayay, ay, ayayay, ay!”. Silencio para entender y absorber esa prístina oralidad musical y entonces, muchos aplausos y ruidosa emoción. El ejecutor del bombo, de no tener arte suficiente, padecía la vergüenza de no corresponder al maravilloso y vociferante desafío de la garganta de Segundo Nazareno Mina. Lindberg Valencia, maestro de percusión membranófona (tambores) y percusiva (marimba), explica que los patrones de afinación de la marimba poco tienen que ver con los europeos, por eso cantoras y cantores suelen acompañarse de bomberos y marimberos emparentados con sus voces. Así era Don Naza, así es Rosita Wila o Papá Roncón.

Don Naza calló su voz, perseguido por la injusticia de las instituciones culturales locales y nacionales, salvo el Gobierno Provincial de Esmeraldas y el proyecto Taitas y Mamas, el resto fue indiferencia. Otra biblioteca que se consume y otro nombre, empujado corriente abajo, hacia el ignorante anonimato. Aun así, Don Naza, estás breves líneas son un axê. (O)

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