Sábado, 01 Julio 2017 00:00 Columnistas

Una excelente educación: maestros con amor al estudiante, elevados conocimientos y valores

Edmundo Vera Manzo

Una excelente educación requiere de un conjunto de factores o elementos que se encuentren en el máximo nivel y el más importante de ellos es el maestro cargado de mucho amor a sus discípulos, tacto y profundos conocimientos sobre el mundo infantil y juvenil, conocimientos específicos que permitan cultivar al máximo las aptitudes y talentos en las actividades, asignaturas y disciplinas bajo su responsabilidad y elevados principios y valores que le permitan desarrollar al máximo, tanto a quienes tienen mayores potencialidades como a los que tienen escasos dotes.

Educar y enseñar a estudiantes muy capaces, maduros en lo emocional y que tienen propósitos positivos en la vida, es relativamente fácil. El gran reto para los maestros excelentes es sacar o llevar para adelante a los estudiantes considerados apáticos, perezosos, abúlicos, desmotivados. Se debe ayudar a superar los bloqueos, obstáculos y problemas en el proceso de aprendizaje e inculcar valores. Merece citar al pedagogo latinoamericano Willian García Nodarse quien señala lo que debe hacer un excelente y un mal profesor. Muy profundo dice: “Me preocupan aún más los “apáticos”. He conocido estudiantes que no muestran interés por nada. Cuando he buscado  las causas, las mismas se encuentran en un mal profesor que lo abochornó, lo humilló, o simplemente como he expresado anteriormente, lo ridiculizó y lo hizo sentir un incapaz sin talento para nada. Daño mortal para el estudiante.

Cuando el estudiante pierde la confianza en el profesor, pierde su confianza y sus deseos de estudiar o de realizar cualquier actividad. La despreocupación, como dicen los psicólogos, puede ser considerada como el reverso de la irritación. El estudiante aparenta que no le importa nada, que todo le da igual: aparecen las malas notas, las malas contestaciones, no le importa por lo general la opinión de sus compañeros de aula, cambia hasta la forma de comportarse, de manifestarse, lo hace todo con desvergüenza y en el fondo solo trata de ocultar su irritación constante y su dolor por la humillación a la que fue sometido. Todo esto por un mal trabajo. En el fondo dirige su rabia hacia la institución, a los profesores, a sus compañeros, a la sociedad en general.

No se puede permitir que un profesor por su rango humille bajo ningún concepto a un estudiante. Hay que conocer el mundo de cada estudiante, en la interrelación diaria, no desde su mesa de trabajo, sería una visión muy limitada.

Donde más conozco a mis estudiantes es conversando con ellos fuera del aula, sentado en un parque de la institución o en una escalera. No se puede ser un buen profesor sin conocer a los estudiantes, sus aspiraciones, motivaciones, el medio bio-psico-social donde se desarrollan. El buen profesor debe ser justo con todos. Su justeza está en la comprensión ante la vida personal de cada estudiante. No podemos excluir a nadie. Nuestra misión es unificar el trabajo para que todos los estudiantes promuevan limpiamente, orgullosos de sus resultados académicos”. Lo citado anteriormente debe estar siempre presente en todo excelente profesor.  El amor al trabajo y en especial a los estudiantes es la condición más importante del trabajo docente. Es lo que Daniel Goleman denomina la inteligencia emocional que es más importante que la cognitiva.

Es la que permite llegar a los sentimientos y alma del estudiante. Como alguna vez expresó Robespierre “cómo quieren que aprenda, si no me quiere”. Bruno Bettelheim dice  en su libro “Con el Amor no Basta”. Sin embargo es la llave que permite dialogar, comprender y ayudar. El amor y tacto del profesor es lo que permite hacer un puente con los estudiantes abúlicos, desatentos y desorientados.

Pueden existir excelentes condiciones para aprender, pero si no existen excelentes profesores no se desarrollarán al máximo las aptitudes y los valores de los estudiantes. (I)

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