"Trump, ícono de la barbarie"

- 14 de junio de 2017 - 00:00

La expresión es de un sacerdote jesuita, Jorge Costadoat, que resume el pensar de mucha gente. Efectivamente, en un poco más de tres meses ¡cuántas barbaridades hemos visto realizadas por el presidente Trump! Escribe el sacerdote jesuita: “En todos los pueblos late la posibilidad de la involución. Alemania tuvo su Hitler. Rusia padeció al monstruo de Stalin. China a Mao… Muchos norteamericanos están avergonzados de él… Su negativa a asumir los compromisos medioambientales pactados en París por casi todos los países del mundo, nos indigna… Su vulgaridad con las mujeres, su misoginia, nos repele… También su xenofobia nos causa alergia… Nuestra cultura repudia el Holocausto. Trump es belicoso. El blanco norteamericano que exterminó a los pueblos originarios pareciera reencarnarse en Trump… Los seres humanos estamos en peligro…”.

Por todas partes se levantan voces de condena: la de los obispos norteamericanos: “Es un absurdo dictado por la necesidad de ganar dinero”; la del Vaticano: “Es una tragedia”; la de Leonardo Boff: “Si no hacemos nada a favor del medio ambiente, vamos a la extinción segura de la vida en el planeta”…

La gran conclusión es que una democracia sensata ya no existe, porque permite semejantes aberraciones. Lo vemos en Honduras, Paraguay, Argentina, Brasil, México… En Estados Unidos el sistema electoral favoreció la elección de Trump. La votación no es obligatoria y más de la mitad de los inscritos acostumbra no votar. Esta situación hace que el candidato electo solo recibe menos de 25% de los votos si se toma en cuenta los votos nulos y blancos, o sea, ¡el presidente es elegido por 1 norteamericano sobre 4! Además, la ley electoral no controla los gastos de campaña, que son enormes -¡unos $ 200 millones!-, lo que elimina los candidatos de pequeños partidos, en particular los de la oposición. Trump fue apoyado, por una parte, por la Bolsa de Wall Street, la mayor de Estados Unidos -por eso es que, después de la elecciones, aumentó su ganancias- y, por otra, por la industria armamentista norteamericana.

Ahora reflexionemos. Es fácil condenar a Trump y se debe luchar para que se vaya a su casa. Pero eso no nos disculpa de condenar también nuestras cotidianas destrucciones del medio ambiente. Cuánta basura botamos en los bordes de nuestras calles y carreteras que parecen verdaderos basureros. Cuánto plástico utilizamos inútilmente todos los días. Cuántas plantas, árboles y aves destruimos por nuestra irresponsabilidad en descuidar nuestro entorno. Cuánto polvo de lavar botamos y termina eliminando los peces de los ríos y los cangrejos de los manglares. Son millones los que hacen estas barbaridades a lo largo de los días y los años…

Muy abominable es Trump por el poderío que tiene a su disposición y que utiliza para destruir y matar. Pero también aberrantes somos nosotros, que colaboramos silenciosa e inconscientemente con estas destrucciones y matanzas. Comencemos a cambiar nuestras malas prácticas individuales y colectivas, así colaboraremos para detener la locura devastadora de Trump. (O)

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