Viernes, 29 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

Trump, Hobbes, y las pasiones nucleares

Sebastián Vallejo

A Donald Trump le han puesto muchos calificativos, desde “el hombre más peligroso del mundo” hasta “mejor presidente de la historia de Estados Unidos”, pasando por una larga lista de comparaciones con objetos animados e inanimados. Yo mismo durante su campaña lo comparé con un payaso. En los primeros 9 meses de su presidencia ha gobernado a la altura de lo que se esperaba, confirmando los más oscuros temores de opositores (y migrantes, afroamericanos, la comunidad LGBTI, cualquier minoría en general) y llenando las expectativas de sus aliados (muchos neonazis, por ejemplo). Su discurso en las Naciones Unidas de la semana anterior lo definió, ahora sí, como hombre político: es el protohombre natural hobbesiano.

No creo que sea una decisión consciente ni una realización después de años de contemplación filosófica y posicionamiento político. Ni siquiera es una confirmación de la idea hobbesiana de las pasiones que empujan al hombre. Es, simplemente, su entendimiento del gobierno de las cosas del estado, y la manifestación de su naturaleza; un recuerdo de que Hobbes, después de 400 años, sigue vigente. Es la idea de un mundo donde el ser humano, en su estado natural, es guiado, no por la razón, sino por sus pasiones. Todos fuimos creados iguales, según Hobbes, por todos tener la capacidad de matar a otra persona. La vida del hombre es “solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve”.

De esto sale la necesidad del Leviatán, el soberano, el juez imparcial que gobierna las pasiones del espacio político, y da seguridad y estabilidad en el espacio civil para que los hombres puedan canalizar sus pasiones, su competencia, en el mercado (Hobbes fue un materialista individualista, muy criticado por Marx y Engels). Desde esta concepción del mundo y la persona nace tanto el constitucionalismo moderno como el realismo en las relaciones internacionales. El mismo Trump definió su postura en el discurso en la ONU como una de “realismo con principios”, haciendo énfasis en la soberanía (mencionada 21 veces) y su defensa. En este mundo caótico guiado por las pasiones, por la búsqueda del poder, los países sobreviven priorizando sus intereses y seguridad.

No creo que Trump sea un realista, ni un realista con principios, como asegura. No creo que su percepción del mundo, la política y el ser humano lo hayan llevado a concluir que el mundo funciona como funciona, y él debe adaptar su política a este caos. Eso es darle demasiado mérito a un sujeto político que es impredecible, agresivo y con una línea ideológica marcada por quién sabe qué principios fundacionales. No, Trump es hobbesiano en tanto refleja al hombre natural, guiado por pasiones, por ese instinto primario agresivo e irracional. Es de miedo. Porque es un hombre natural con los códigos nucleares, amenazando la “completa destrucción” de otro país guiado por otro hombre natural que busca la construcción de más armas nucleares para amenazar la destrucción de otro país. Y si las amenazas nucleares suenan muy a Guerra Fría, pues no deberían. Son vigentes, relevantes y más diversas de lo que eran hace 40 años.

No creo tener la solución para el problema nuclear, ni creo que tenga fácil solución. Pero estoy seguro de que pararse en una plataforma de paz, como las NN.UU., y hablar sobre “destrucción total” sobre conflictos que se van “al infierno” (sic), mientras amenazan al ‘rocketman’, el presidente norcoreano, no mejorarán las cosas. Simplemente llevará al hombre natural hobbesiano, aquel capaz de matar, a mostrar sus pasiones nucleares. (O)

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