Miércoles, 02 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

¿Trabajadoras sexuales o proletarias de la noche? (II)

Juan Montaño Escobar

El bien sexual comprado es la mejor muestra de inequidad de género, aunque se escamotee el hecho como actividad empresarial a la sombra; no hay una cámara de comercio del sexo ni clubes elegantes para presumir del emprendimiento. O sí, pero este jazzman no está informado.

El discurso del trabajo sexual vuelve compinches a progresistas y neoliberales, sin querer (o queriéndolo) se cruzan las líneas paralelas cuando se sofistica el enfoque histórico de las esclavizaciones racial o de género. Las narrativas de la misericordia de clase social mimetizan toda opresión con justificaciones académicas, religiosas o políticas; así nada es su realidad lacerante sino el discurso codificado para distraer probables cimarronismos. Raquel Rosario Sánchez presta esta explicación preguntando: “¿Por qué negarnos a decir las palabras duras: explotación sexual, víctimas, sobrevivientes, violación?”.

El feminismo latinoamericano (también el más combativo) se ha comido el tramo amargo sin digerirlo, por eso discute, ¿si la labor sexual acaso no es opresión de género evidenciada como despojo de humanidad y causante de ‘víctimas’? Entiéndase, son víctimas. El mercado de consumo sexual se expande, si se cotizara en la bolsa se comprendería mejor su continua alza por la sostenida demanda de hombres compradores de ‘esos objetos’ de placer; de esas cosas denominadas ‘mujeres’, con sus leyendas compuestas para volver atractivo el mercado con su oferta y demanda. El listado de oferta no soporta academicismos, pero se perpetúa en el ‘de boca en boca’ internacional: unas son buenas para los riñones, otras tiernas como angelitos (¿?), aquellas fogosas por no sé qué vaina natural, ¡basta! El comercio de mujeres prospera, llamado deliciosamente, para prolongar el proceso opresivo, ‘trata’.

“Niña, no te alcanzará la vida para pagarme este percance”, dice la abuela a Eréndira. Este comercio criminal global no se acabará si consume vidas y toma prestadas aquellas que le hagan falta en las naciones empobrecidas o en conflictos bélicos. La lucha contra este sistema opresivo de género comienza por las vanguardias feministas y la derrota del eufemismo: trabajadoras sexuales. R. Rosario Sánchez dice: “En el discurso del trabajo sexual no hay espacios para ningún tipo de víctima ni victimización”.

Esa categorización les da una fortaleza hipotética superpuesta en una patente debilidad social y crea un ‘sujeto activo’ hostigado por todos los costados y sin tregua “por el lenguaje de la opresión (de género, JME) y los agravios”.

El cimarronismo de la diversidad está obligado a unos diálogos y debates que cuestionen y derroquen ese violento imaginario social justificado como ‘trabajadoras sexuales’ y comprender que son víctimas (sin esa estúpida victimización de novela rosa) de un sistema de opresión patriarcal, social y racista. Y aun renovar la educación sexual en las unidades educativas ecuatorianas sin los estorbos de los tabúes. (O)

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