Jueves, 24 Agosto 2017 00:00 Columnistas

Todos somos Barcelona

Juan Carlos Morales. Escritor y periodista ecuatoriano

Ahora se sabe que el plan de los integristas islámicos era atentar contra la Sagrada Familia, en Barcelona, obra icónica del arquitecto Antoni Gaudí, inspirado en lo gótico y bizantino. El ataque ocurrió en Las Ramblas, en una ciudad abierta y cosmopolita, donde perecieron humanos de 35 distintas nacionalidades, aunque la masacre estaba pensada para los ‘cruzados’ e ‘infieles’, según la mala interpretación del Corán.

Antes de la llegada del eclipse, el planeta se conmocionó con otro atentado terrorista -doméstico, le dicen- en Charlottesville, Virginia, por parte de James Alex Fields, de 20 años, quien también embistió su auto contra una multitud antirracista y ultimó a Heather Heyer, de 32 años. Younes Abouyaaqoub, el fundamentalista y conductor abatido en Cataluña, tenía 22 años.

Si por este último atentado se sabe que el imán de Ripoll, Abdelbaki Es Satty, les lavó el cerebro a los jóvenes de origen marroquí, poco se investiga a quienes inocularon veneno al joven neonazi. Los dos casos son lo mismo: odio al otro. ¿Sabía el imán la diferencia entre la autónoma Barcelona, de origen romano, o La Alhambra de Granada sitiada por los castellanos en el siglo XV? ¿Escuchó el otro, alguna vez, la riqueza del jazz?

El fundamentalismo no es otra cosa que ampararse en ideas del pasado, de muchos siglos, para tratar de entender al mundo de hoy. Umberto Eco, en su ensayo Guerras santas, pasión y razón, después de citar los aportes árabes del historiador del siglo XIV Ibn Jaldún, Saladino reconquistando Jerusalén o Hitler envuelto en sus delirios de la ‘raza pura’, llega a esta premisa: “No, el problema de los parámetros no hay que contemplarlo desde un punto de vista histórico, sino contemporáneo… La cultura occidental ha elaborado la capacidad de poner libremente al descubierto sus propias contradicciones. Tal vez no las resuelve, pero saben que existen, y lo dice”.

Cita el caso de la organización internacional Transcultura, que defiende una ‘antropología alternativa’, donde antropólogos africanos acudieron a estudiar la sociedad boloñesa y sus ‘costumbres’, bajo el signo de la alteridad.

“Imagínense que unos fundamentalistas musulmanes sean invitados a realizar un estudio sobre el fundamentalismo cristiano (en esta ocasión no se incluye a los católicos, se trata de protestantes estadounidenses más fanáticos que un ayatolá, que pretenden eliminar de las escuelas toda referencia de Darwin)”, escribe Eco con la esperanza de que se conozca al ‘otro’ y sea un espejo para cambiar.

¿Lo estamos haciendo suficientemente, por ejemplo en el caso de Marruecos, de los barrios marginales de afrodescendientes o lo que ocurre con la migración latina? Mas, hay algo que no se puede dar tregua: que se asesine a nombre de los dioses o cualquier pretexto, en cualquier lugar del mundo, a inocentes. Los señores del miedo igual se preparan en un desierto, en la esquina de un pueblo o en una metrópoli. Hay que recordar a Walt Whitman: “Cuando conozco a alguien no me importa si es blanco, negro, judío o musulmán. Me basta con saber que es un ser humano”. (O)

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