Te fuiste, Patricio, y te quedaste

- 22 de marzo de 2017 - 00:00

La muerte te sorprendió sin avisar y no tenías más de 69 años. Capuchino fiel a los pobres, te gastaste la vida con las chicas y los chicos de la calle de Quito. Te fuiste dejándonos algo huérfanos: eras solidario, animoso, fraterno, esperanzador, centrado en Jesucristo, apasionado por los pobres. Nos llamabas, nos visitabas, nos acompañabas, nos reunías, nos enviabas textos de formación e información de gran calidad en lo social, cultural, religioso y político. Querías una Iglesia samaritana y profética, defensora de los atropellados, sacudida positivamente por el papa Francisco.

Te fuiste, pero también te quedas porque nos marcaste un camino, el de la opción por los pobres y sus causas, el de una fe con dimensión política, el de una espiritualidad que nos hace contemplativos en la acción, el de una Iglesia unida con las organizaciones populares, comprometida en la construcción de una nueva sociedad antineoliberal y antiimperialista… Mil gracias por todo esto. Y gracias por tus locuras que nos entusiasmaban, como, por ejemplo, cuando recientemente te agitabas diciendo: “Ahora hay que ganar con Alianza PAIS, por todos los desastres que se nos vendrían encima con esta restauración neoliberal: pero, ¡miren en Argentina y en España!”.

Por eso, en una celebración de la Iglesia de los Pobres, tu casa y nuestra casa, leímos para ti, Patricio, esta oración de Ignacio Larrañaga:

“Silencio y paz. Fue llevado al país de la vida. ¿Para qué hacer preguntas? Su morada, desde ahora, es el Descanso, y su vestido, la Luz. Para siempre.

Silencio y paz. ¿Qué sabemos nosotros? Dios mío, Señor de la historia y dueño del ayer y del mañana, en tus manos están las llaves de la vida y la muerte. Sin preguntarnos, lo llevaste contigo a la morada santa, y nosotros cerramos nuestros ojos, bajamos la frente y simplemente te decimos: está bien.

Silencio y paz. La música fue sumergida en las aguas profundas, y todas las nostalgias gravitan sobre las llanuras infinitas. Se acabó el combate. Ya no habrá para él lágrimas, ni llanto ni sobresaltos. El sol brillará por siempre sobre su frente, y una paz intangible asegurará definitivamente sus fronteras.

Señor de la vida y dueño de nuestros destinos, en tus manos depositamos silenciosamente este ser entrañable que se nos fue. Mientras aquí abajo entregamos a la tierra sus despojos transitorios; duerma su alma inmortal para siempre en la paz eterna, en tu seno insondable y amoroso, ¡oh, Padre de misericordia! Silencio y paz”.

Así es, Patricio, silencio y paz, para ti y para nosotros, porque ves y sabes, como me dijo una mujer de la ‘Iglesia de a pie’: “No vamos a votar por Caín, sino por Abel”. Y ves ahora y sabes que entre los obispos de nuestra Iglesia unos ‘Abeles’ están despertando. También has visto que muchos seglares están comprometidos para que, por una parte, nuestro país no vuelva al pasado, sino que crezca para el empoderamiento del pueblo de los pobres y que, por otra parte, nuestra Iglesia sea cada vez más la Iglesia de los Pobres, o sea, una Iglesia pobre y para los pobres. (O)

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