Seamos valientes, curemos las heridas

- 21 de abril de 2017 - 00:00

Ni una sola prueba, ni una sola evidencia. Solo un repetir constante de fraude. Las urnas se abrieron y los resultados fueron los anunciados. Pero el candidato perdedor se niega -y se negará- una y otra vez a aceptar los resultados, como corresponde a un demócrata. Y en esa negativa se evaporará no solo su credibilidad sino también su dignidad. Y esa negativa será también su tumba política; como se evidencia en las peleas y acusaciones entre sus propios seguidores.

Pero esa negativa -y es lo grave- ha venido cargada de violencia. Un afán desmesurado de incitar y generar odio y rencor. No solo violencia verbal, sino física. Calentar las calles para agredir, separar, dividir. Lo sucedido en aquel restaurante español, al que acuden matadores, es solo un ejemplo de la violencia que, desde la derecha perdedora, se quiere instaurar, sobre todo en Quito, imponiendo no solo una condición de clase, sino un vergonzoso apartheid, que debemos rechazar y condenar.

Es cierto que, luego de la campaña, queda un país con heridas, leves y profundas. Heridas que deben sanar para recuperar nuestra condición de hermanos. Para iniciar el camino de la reconciliación, la paz y el respeto mutuo. Que nadie nos imponga ni sancione por nuestro pensar. Que nadie se avergüence por sus ideas ni su credo político. Y peor que nos acusen o señalen con el dedo por disentir.

Esta es precisamente la hora de escuchar, de volver a escuchar. De generar procesos reales de diálogo y construir todos los puentes que sean necesarios. Todos. El presidente electo, Lenín Moreno, ha dicho que el diálogo será su signo de gobierno, y ha dicho a los indígenas, a los trabajadores, a las mujeres: “Ninguna decisión se tomará sin ustedes”. Ese es el camino.  

Por eso debemos decir, alto y fuerte, no a los violentos.

El presidente electo también ha dicho: “Gobernaré para todos los ecuatorianos, fundamentalmente para los más pobres”. Tiene razón. Hay que gobernar también para ese alto porcentaje que no lo votaron. Para ese gran número de ecuatorianos que dijeron no a la Revolución Ciudadana. Por eso la imperiosa necesidad de escuchar: sí a la continuidad, pero no al continuismo. Es la hora de preguntarnos: ¿por qué ese alto número de ecuatorianos dijo no a la Revolución Ciudadana? Que la respuesta sea honesta. Y que la victoria no oculte los errores y las equivocaciones, no solo del Gobierno, sino del propio movimiento Alianza PAIS.  

Y gobernar fundamentalmente para los más pobres es la clave. No solo porque los pobres del país le dieron la victoria, sino porque es hora de generar espacios para los colectivos ciudadanos; tienen mucho que decir y proponer. Diálogo es escuchar, con atención, con respeto. Diálogo es aprender de las experiencias construidas en años de trabajo comunitario. Diálogo es respetar las decisiones colectivas de los demás. Y diálogo es caminar juntos; en la misma vereda. Por eso, para dialogar hay que ser valientes. Lo fácil es imponer desde la individualidad. Y valientes para ceder y acordar; en función del beneficio colectivo, del bien común, del país.

Esa es la valentía que necesita el Ecuador de hoy. Valientes para ver más allá de los mezquinos intereses individuales y de grupo. Valientes para curar las heridas y sanar. (O)

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