Miércoles, 08 Febrero 2017 00:00 Columnistas

Se define, se decide

Fander Falconí

¿Qué estará en debate en estas elecciones generales de Ecuador? La elección de Lenín Moreno, por más méritos que tenga este reconocido ciudadano, no es lo más importante para el país. Lo que está en debate para la ciudadanía ecuatoriana es la certeza de avanzar o el riesgo de retroceder; en dos palabras: el futuro.

Aunque la derecha pinte al país de antes como un paraíso, los recuerdos de la mayor emigración de nuestra historia están vivos. Todos tenemos un familiar o un amigo que viajó hace 17 años a España o Estados Unidos o a otros lugares, dejando a su familia y a su patria. Cuidado: con Trump echando latinoamericanos en Estados Unidos y la banca internacional desalojando casas en España, esta vez ya no tendremos a dónde huir. No queremos volver al pasado.

Tuvimos 8 presidentes en 10 años: del 10 de agosto de 1996 a fines de diciembre de 2006; en promedio, casi un presidente por año (sin contar con los autoproclamados).

Pero la tragedia empezó hace 35 años, desde los tiempos de Osvaldo Hurtado y luego Febres-Cordero. Los gobiernos neoliberales obedecieron lo que mandaba el FMI y el capitalismo internacional. Y tomaron medidas para agradar a la oligarquía que les permitía gobernar: mediante la ‘sucretización’ de la deuda y el salvataje bancario (socializando las pérdidas) y finalmente con el feriado bancario (privatizando las ganancias, impidiendo que el pueblo moviera sus ahorros, mientras ellos sacaban ese dinero a los paraísos fiscales).

Cuando este Gobierno llegó al poder, el 10% más rico de la sociedad ganaba 42 veces más que el 10% más pobre. Hoy esa relación ha bajado a 25 veces. Ahora los ricos pagan más impuestos, por eso quieren derogarlos. En las próximas elecciones no se disputará solo la Presidencia de la República o la composición de la Asamblea Nacional.

Si volviera la derecha al poder, empezaría por beneficiar a los ricos, quitando todo subsidio a los pobres: no bonos solidarios, no subsidios a los combustibles, no subsidios a la electricidad, no exoneraciones de impuesto a la renta para los más pobres, no desayuno escolar, no, no, no… Volveríamos al entreguismo en las relaciones internacionales. Regresaríamos al Estado carente de planificación y secuestrado por los grupos de poder. El gobierno del No no invertiría más en escuelas, hospitales, carreteras. Y no porque estaría en quiebra, porque además contaría con otros recursos: los que provinieran de la privatización del sector público. Venderían todo. Hasta cumplirían el viejo sueño de la oligarquía: privatizar la seguridad social.

¿Educación gratuita? Ni soñar. Peor becas al exterior. Mientras en Finlandia todos los colegios son de primera, porque no hay colegios de segunda, acá volveríamos a tener planteles de tercera, para pobres. ¿Un millón de empleos? Claro, con tercerización y maquila. Ya tienen experiencia en eso los neoliberales.

Sin embargo, el futuro que está en entredicho en estas elecciones no es solo el de los ecuatorianos. Es el porvenir latinoamericano, tras los golpes recibidos en Brasil, un virtual golpe de Estado, y en Argentina. En este último país, las falsas promesas del presidente electo Macri no solo fueron incumplidas, sino que en 2016 se tomaron las peores medidas antipopulares desde el corralito de 2001 (equivalente a nuestro feriado bancario de 1999). (O)

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