Saber lo que es olvido

| 25 de Febrero de 2017 - 00:00

Carlos Arcos, que ya ha mostrado su consistente oficio de novelista en obras anteriores, en Saber lo que es olvido (Seix Barral, Bogotá, 2016) logra, con alta calidad, describir varios personajes femeninos en diversos aspectos de sus vivencias afectivas, sus luchas para superar las incomprensiones familiares y del medio, sus sacrificios para salir adelante con sus propósitos, su valentía para expresarse en situaciones y sociedades difíciles, como la tranquila vida de Quito, la angustiosa de la Guerra Civil Española, o la terrorífica de la dictadura pinochetista chilena.

En Un asunto de familia y en Vientos de agosto describía con acierto la provinciana vida cotidiana andina. Y en El invitado mostraba personajes propios de la región andina y sus matices culturales, políticos y coyunturales. Pero es en Memorias de Andrés Chiliquinga en donde logra un aporte crucial, a través de dos personajes, sobre la realidad intercultural ecuatoriana, Andrés, un indígena otavaleño que ha recorrido el mundo europeo, y María Clara, hija de diplomático, con quien Andrés comparte la vida universitaria en Estados Unidos. Justamente María Clara juega un papel estelar, junto con Ximena, en la nueva novela de Arcos.

Con lenguaje sencillo, claro, ameno, la historia de María Clara y Ximena va mostrando los matices de otras vidas femeninas, todas ellas de la clase media y alta de la sociedad capitalina, en donde las atrevidas vidas en afán de liberación de sus mujeres, provoca desconciertos, ocultamientos, fantasmas y finales difíciles, como el de Helena en Chile, de Lolita en España, y las respectivas madres con sus roles permisivos o represivos.

Los hombres están casi ausentes porque el autor quisiera que su voz hablara solo con el lenguaje de las mujeres que viven las dificultades de su género, de su reconocimiento en términos de equidad y justicia, que casi nunca llega. Con esto, el autor, que antes tomó la voz de un indígena, criticando la visión de Jorge Icaza en su Huasipungo, y que podía recibir, justa o injustamente, críticas similares por su propia visión, se cura en salud optando ahora más por la visión reivindicativa de las mujeres.

Carlos Arcos logra una historia bien hilvanada, cargada de misterios familiares, que da gusto leerla, de principio a fin, y que apena concluirla, aunque queda la esperanza de que la relación de María Clara y Andrés continuará.

Magnífica y recomendable obra, que satisface la aspiración de que la novelística ecuatoriana tenga madurez e identidad. Ya hay representantes notables. (O)