Rubén Darío en la memoria: primeros encuentros

- 29 de septiembre de 2017 - 00:00

Mi primer contacto con Rubén Darío fue inolvidable. No sé por qué, ni cuándo ni cómo, mi padre había grabado en un muro de la piladora de arroz en la que cada mañana hacía el ejercicio cotidiano de ganarse la vida, "Lo fatal". Y si con eso no fuera suficiente, había dibujado un gran árbol cuyas ramas desquiciantes parecían implorar al cielo, caridad. Recuerdo haber sentido que era instruida con imágenes por mi padre, como lo hacían los monjes con los siervos feudales en las iglesias del medievo. Y todas las mañanas esa poesía era la oración diaria, el sustento espiritual conque al rayar la aurora mi padre ordenaba su caótico mundo de arquitecto y poeta frustrado. Y antes de que el traqueteo de la vieja piladora iniciara su ensordecedor diálogo de polvillo y ruido, mi papá, con su hermoso y pausado acento, nos había leído: "Lo fatal", y hasta ahora recuerdo los declives de su voz y su mirada como ausente al terminar aquellos versos: ¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!...

Fue una iniciación brutal a la poesía para una niña de 7 años y por eso siempre me quedó la idea de que la poesía debía ser triste, filosófica y llena de incertidumbres. En la escuela de aquel pueblo pequeño y olvidado en donde vivía, había una profesora, la señorita Gloria, que amaba a Rubén Darío, pero era el Rubén Darío de los cisnes y ruiseñores, de jardines y góndolas; de niñas que escuchaban cuentos; de los dioses del Olimpo y de princesas y mundos exóticos de Oriente, pero el hechizo que nos seducía a las decenas de niñas que seguíamos hipnotizadas la voz de la maestra era el ritmo, la música que fluía con cada palabra. Un ritmo en el que cada verso nacía como una joya preciosa, como si un orfebre fuera engarzando una perla tras otra para producir el éxtasis, el asombro, la sinfonía de las emociones.

Recuerdo que casi sin respirar nos enseñó de memoria las ocho estrofas de la ‘Sonatina’ y admirábamos la cadencia de los versos, el fluir sonoro, las bellas palabras y el sentimiento de ansiedad y tristeza de la "pobre princesa de la boca de rosa" con el que las escolares nos sentíamos identificadas. Recuerdo que la imagen de una flor desmayada hacía estragos en mi imaginación y que el final sonoro del príncipe rescatando a la princesa con un beso encendido de amor aliviaba mi imaginación infantil encendida también con los versos, pues teníamos la costumbre de, una vez terminada una poesía, seguir con una segunda parte totalmente inventada por nosotras. Nunca he vuelto a sentir aquella emoción genuina ante unos versos. No me importaba el autor, me importaba la poesía. No sabía de dónde era, lo que me importaba era que producía en mí esos sentimientos plurales en los que una descubre que la poesía tiene la virtud de revelar el mundo, de actuar como un primigenio abracadabra al hacer vibrar nuestros sentidos y afilar nuestra imaginación empujándonos a soñar; toda una sinfonía orgiástica de los sentidos que solo se siente una vez en la vida.

Rubén Darío escribió en el prefacio a Cantos de Vida y Esperanza: "Yo no soy un poeta para las muchedumbres. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas". Recordé aquello cuando años después, en mi adolescencia, en un circo, de esos circos trashumantes que van cantando sus pobrezas y soledades de pueblo en pueblo, un payaso, pretendiendo hacer reír al público, recitó de manera estentórea la ‘Sonatina’ haciendo pausa en cada verso, "La princesa está triste" y añadía con voz meliflua: "por delante"; "la princesa está pálida", y continuaba socarronamente: "por detrás". Recuerdo haberme indignado con aquel payaso chapucero de escasos recursos que osaba manipular las piedras preciosas de la poesía para conseguir la risa superficial y tonta; pero después de experimentar una justa cólera comprendí con dolor la grandeza y popularidad del exquisito poeta que hasta un pobre y mal ilustrado payaso lo podía utilizar como arcilla para su burdo trabajo. Y comprendí también que Rubén Darío no solo era el poeta nicaragüense y universal, sino el poeta de los pobres, de los mendigos y de aquellos que suspiran por un poco de amor y de poesía en un mundo que cada vez se va volviendo más insensible y sordo, más "municipal y espeso" al lenguaje de los sentimientos humanos.

Rubén Darío está vivo y nos habla al oído a un siglo de su muerte. (O)